Capitulo 1: Serendipia
Dicen que los sueños son más de lo que parecen.
Hay quienes creen que revelan partes de nosotros que no conocíamos, que son la manifestación de las dudas y conflictos que enfrenta nuestra alma. También hay quienes creen que los sueños tienen un simbolismo, que nada aparece en un sueño de forma aleatoria. Y hay quienes creen que los sueños que tenemos son un vistazo al futuro.
Lo había leído, pero no podría decir en cuál libro. Leyó tantos en la biblioteca de su abuela que ahora resultaba difícil recordarlo con exactitud. Pero nunca olvidó ese párrafo y otros más, alusivos a los sueños.
En ese entonces, le había parecido una idea maravillosa pensar qué quería decir esa flor negra con remolinos blancos que flotaba frente a ella, o qué significaba la presencia de esa alta dama enmascarada y con cuernos que la llevaba de la mano durante sus pesadillas para que no tuviera miedo. Para una niña, todas esas teorías resultaban tener el mayor sentido del mundo, al menos hasta que se hacía más preguntas que ni el libro ni nadie más podría responderle.
Ahí fue cuando se dio por vencida. Quizás nunca encontraría la respuesta que quería o la respuesta que necesitaba, pero había dejado de preocuparse por esas respuestas con el paso del tiempo. Lo mejor es dejar que las cosas pasaran, ¿no?
No se había detenido a pensar en sus sueños últimamente. En realidad, ya no soñaba mucho: cerraba los ojos en cuanto encontraba comodidad en su cama y todo el mundo desaparecía. Abría los ojos en las mañanas y todo seguía siendo lo mismo. No había sueños.
O al menos no hasta ahora.
Esta vez, Lethia soñó que flotaba, que danzaba en el cielo.
Primero había estado corriendo a través de los campos de Eonia, aquellos más allá del cementerio oeste del pueblo. Ella nunca había estado ahí y solo sabía de ellos lo que su ventana alcanzaba a mostrarle: a la lejanía, se fundían manchas verdes, amarillas, rosas y azules que estaban a merced de la luz del alba y del ocaso.
El pasto le hacía cosquillas en los pies descalzos y el viento ondeaba detrás de ella el vestido blanco que llevaba. De un momento a otro, comenzaba a correr más rápido. Era voluntariamente, como cuando uno se siente tan libre que desea casi despegar los pies del suelo por completo. Sería tan liberador abandonar tierra firme como esos insectos de alas escamosas y ojos de vidrio que comenzaron a salir de entre la hierba en cuanto ella pasó. Ellos volaron, se elevaron hacia el cielo como si trazaran un camino.
Su sueño parecía entender cómo funcionaba ese deseo, porque mientras ella seguía corriendo, ofreció un acantilado a pocos metros. ¿Era esta una forma de molestarla, haciéndole creer que iba a hacerla caer de esa manera?
Ella aceleró incluso más, como alguien que se prepara para desafiar a la gravedad con un salto de vida o muerte. En cuanto sus pies abandonaron el borde rocoso, no se detuvieron. Siguieron el mismo trazo que habían trazado los insectos voladores, elevándose hacia las nubes.
Paso a paso, se sentía como una bailarina que danzaba a través del cielo, una novia de los vientos. Debajo de ella, todo lo demás se veía diminuto, insignificante.
Podía ver el sol moverse suavemente también. Y en cuanto este se tornaba de color rojo, comenzaban a materializarse más figuras: otras siluetas flotantes como ella. Algunas más cerca o más lejos, pero todas se movían con gracia y habilidad.
Siluetas más o menos humanas, transparentes, los rayos del sol se vuelven iridiscentes al atravesarlas. Entre más atención les pone, más rasgos distingue y dejan de ser copias exactas unas de otras: algunas son más altas, otras son más bajas. Otras son delgadas, anchas, jóvenes, viejas. Otras se visten de manera elegante, otras de manera más sencilla. Incluso comienzan a adquirir un color propio, tal y como si fueran personas.
Es entonces cuando una de esas siluetas se dirige a ella.
Estaba cubierta por un tinte rojo y la luz del sol le daba un brillo cautivador. Se acerca y le tiende una mano, como si la invitara a ser su compañera en la danza que todos ahí estaban ejecutando. Ella duda un momento, como si no confiara en la silueta, pero la mano permanece tendida. Tras unos segundos, finalmente acepta.
Pero su mano atraviesa la mano contraria como si fuera una ilusión.
Y el cielo entero se transforma una especie de vórtice que comienza a caer junto a ella, la envuelve como una mortaja mientras cada parte de ella se desprende a cada segundo de su caída libre.
Lethia despierta, pero no abre los ojos. No hasta después de unos segundos, y todavía conserva la visión demasiado borrosa.
Ni siquiera terminaba de procesar el hecho de que había sido un sueño, de que seguía en su habitación. Sentía su propia respiración ligeramente acelerada, su pecho subía y bajaba. Tenía los labios secos y la sensación de que no sería capaz de mover su cuerpo. Debía tener las extremidades débiles, como si se hubiera roto los huesos al caer desde el cielo.
En cuanto fue completamente consciente, se encontró contemplando unos ojos negros y sonrisa brillante, cuya dueña se había apoyado las manos en un costado de la cama para inclinarse y ver a su hermana.
—Mi querida Lethia, despertaste.
Lethia apretó un poco los ojos, todavía adormilada. Apretó los hombros hacia adelante, como deseando aliviar la tensión de lo realista de las sensaciones que experimentó durante el sueño.
Seguía siendo difícil despertarse cuando la cama seguía brindando calidez. Sentía la necesidad de volver a envolverse entre las sábanas cuando sus manos y pies estaban fríos, por no mencionar que seguía siendo relativamente temprano, a juzgar por la poca luz que el cielo reflejaba.
Estaría de más decir que tuvo un pequeño momento de pánico que la ayudó a despertar por completo. Se sintió apresurada al ver a Lieke usando ese bonito vestido de olanes color coral que le hacía lucir brillante la piel color caoba, con su espeso cabello oscuro recogido en un montón de trenzas que mantenían su rostro despejado, haciendo que su rostro destacara tan hermoso junto a esa mancha blanca en la piel que rodeaba su ojo. Las manchas blancas en sus brazos no habían sido cubiertas con guantes el día de hoy.
Lethia sintió que se había perdido o se estaba perdiendo de algo importante. Eso era lo más seguro.
—¿Lieke? Pero hoy es-
—¿No te dijeron? Solicité que la ceremonia se realizara al atardecer.
La sonrisa de su hermana lo dijo todo.
De todas formas, seguía siendo muy temprano y Lieke estaba perfectamente vestida para un día de campo, mientras que ella no era capaz de dejar su cama todavía.
—Quiero que pasees conmigo por los jardines. – le dijo —. Apresúrate, se hace tarde.
Aunque Lethia frunció un poco el ceño preguntándose la definición de “tarde” que Lieke tenía, no la cuestionó. ¿Cómo iba a negarse a pasar tiempo con su hermana? Sus manos ubicaron la mesita de noche y contempló la taza de té que le había llevado Lieke la noche anterior. La llevaría abajo.
—No aseguro tardar poco tiempo.
—Oh, no importa. Por eso las traje a ellas.
Lieke abrió la puerta para permitirles el paso a cuatro mujeres vestidas de color lila y Lethia supo de inmediato que se trataba de estilistas. También entró una sirvienta, la cual solo tomó la taza en la mano de Lethia y se retiró de inmediato.
Durante todo este tiempo, Lethia había tenido que arreglarse sola. Sus padres no le habían permitido tener sirvientes exclusivamente bajo sus órdenes porque “de todas maneras no dirigiría un reino”. Cualquiera pensaría que era un alivio que ahora su hermana les hubiera ordenado a sus estilistas personales que la arreglaran, pero fue todo lo contrario.
Le ayudaron a lavarse la cara con agua burbujeante, un jabón de olor frutal y luego otro líquido con olor a rosas. Se preguntó si los olores no se mezclarían y resultarían en uno excesivo e insoportable, pero no tuvo tiempo de pensarlo mucho mientras le continuaban aplicando más y más cosas en el rostro. Cuando abrió uno de sus ojos para verse en el espejo, casi suspiró, viendo que no habían puesto una pizca de maquillaje todavía.
—¿Te he dicho lo mucho que me gusta lo que hiciste con tu habitación? – preguntó Lieke.
—Me lo has dicho como mil veces.
—Unas tantas más. – corrigió Lieke, divertida, mientras seguía contemplando las paredes del cuarto.
Lethia había comenzado a pintarlas desde hace unos diez años. Había pintado historias que leía o escuchaba, pintaba sus sueños o bien pintaba lo que se imaginara, no había mucha diferencia. Pero le hacían sentir la habitación más suya y sentirse a sí misma más ella.
Pasaron al menos cinco minutos para que las estilistas se acercaran con cuencos donde podía oler flores recién machacadas y mezcladas con más fragancias aromáticas.
La sensación fresca de los pigmentos adhiriéndose a su piel mientras ellas seguían discutiendo sobre lo que le luciría mejor la hizo abrir por completo los ojos y buscar a Lieke.
—¿Por qué?
—Quiero que luzcas lo más linda posible. Además, ya nadie puede negarse a mis órdenes.
Lo dijo casi divertida, como una niña que celebra haber obtenido un juguete nuevo.
—¿Cubrimos sus cicatrices? – preguntó una de las estilistas, señalando el evidente relieve que dividía secciones de la cara de Lethia por esa delgada pero evidente hendidura.
Los ojos de Lieke la buscaron a ella.
—¿Quieres cubrirlas?
—No es necesario.
Las estilistas continuaron maquillando. No cubrirían ninguna cicatriz.
Apreciaba que Lieke hubiese pedido su opinión cuando pudo simplemente ordenar algo específico y nadie, ni siquiera ella, podría oponerse a su deseo. Supuso que quizás Lieke temía algún efecto contrario en su buena relación que tenían hasta ahora si solo decía que había que cubrirlos, o solo volverían a lo mismo de siempre: “Lethia, no te hacen ver fea”.
La imagen de Lieke con tres años, que no quería apartarle las manos de la cara a su hermana de cinco, que repasaba las marcas una y otra vez, antes de decir: “son como relámpagos que iluminan tu cara”.
Por otro lado, no tenía caso molestarse en esconderlas.
No había nadie en el reino ni en los vecinos que no supiera que en Eonia había nacido una princesa maldita, la primogénita de la novena línea de sangre de los Solavita, la princesa rechazada por los dioses que nunca ascendería al trono.
¿Qué sentido tendría cubrirla si ya sabían quién era? Cualquiera diría que, al menos, nadie se quedaría viendo las cicatrices de manera irrespetuosa. Pero resultaría incluso peor que los invitados se quedasen viendo los relieves y ligeras hendiduras que había en la “piel perfecta” de la otra princesa, tratando de adivinar por qué lucía de esa manera.
Las estilistas terminaron el maquillaje, pero apenas pudo verse bien en el espejo antes de que comenzaran a darle ligeros tirones en el cabello al momento de desenredarlo.
—Siempre me ha gustado esta torre. – expresó Lieke de repente, asomándose por la ventana, inclinándose tanto que Lethia temió que fuera a caerse y por instinto quiso levantarse.
Una de las estilistas la detuvo por los hombros, otra le dio otro tirón que la hizo reprimir un quejido y la tercera resopló con disgusto.
—¿Por qué te gusta tanto? – preguntó, cerrando los ojos y manteniendo el ceño fruncido por el tironeo.
A este punto, le resultaría sorprendente que no le estuvieran arrancando cada mechón de cabello.
—La luna de da los buenos días y el sol se despide de ti durante las noches. ¿No es maravilloso?
—Nunca lo había visto.
Pero sí lo había visto. Cuando era una niña, era lo que más le gustaba, su mayor consuelo. ¿Quién más podía tener una vista tan preciosa del atardecer cuando se mezclaban el rojo, el naranja y el rosa como fondo del cielo tapizado de estrellas? O de la luna desvaneciéndose con los colores del amanecer, incluso cuando el cielo comenzaba a volverse azul de nuevo.
—Podrías hacer una continuación de la historia de Selanthor y Phoerio a partir de eso, ¿no lo crees?
Lethia hubiera querido alzar los ojos para cuestionar un poco más a Lieke, pero otro tirón en su cabello le indicó que lo mejor era no moverse si quería evitar demorarse.
—Después de todo, ya tienes una pintura así sobre el techo. – escuchó decir a Lieke.
Selanthor y Phoerio. Sí, Lieke había reconocido la escena de esa vieja historia que había escuchado de su abuela para ambas y que luego encontró en uno de los libros de la biblioteca para comenzar a pintar. Una más entre muchas historias antiguas, con seres ancestrales y más viejos que el tiempo mismo. Fueron creadas con el fin de hacer ver más como humanos a los dioses, como seres que podían sentir felicidad, tristeza, ira y amor.
Esta historia no era la más antigua, pero sí de sus favoritas.
Dicen que de la diosa de la luz, Phoeris, nacieron gemelos, que serían idénticos de no ser por las manchas en el rostro del menor. Phoeris dejó al niño manchado para morir en el bosque, sin que recibiera el don de la inmortalidad como otros dioses. “¿La luz podía ser impura?”, se había preguntado Lethia en ese momento, mientras leía que la diosa le daba tanta luz como fuera posible a su hijo favorito: Phoerio.
Pero una diosa de la oscuridad, Erenys, se hizo cargo del niño abandonado y fue ella quien le concedió la inmortalidad, además de un nombre: Selenthor. Mientras que el hijo deseado pasaba sus días observando con diversión todo lo que los otros dioses habían creado, el hijo indeseado recorría la silenciosa oscuridad y observaba con detenimiento a los durmientes, los primeros seres que se crearon antes de perfeccionarse como humanos.
El hijo deseado brillaba lo suficiente para dejar ciego a aquel que lo contemplara, mientras que el brillo del hijo indeseado era dócil y todo el mundo podía perderse en su brillo.
¿De qué sirve ser tan bello si no hay nadie que pueda contemplarte?
Ni siquiera había otros astros presentes cuando el hijo deseado aparecía, por lo que pasaba sus días solo en el cielo. En cambio, el hijo indeseado fue beneficiado por el dios de la bóveda celeste con amigos durante las noches: estrellas y otros astros. Con un brillo suficiente al que todos podían apreciar y contemplar, el hijo indeseado fue adorado por el resto.
La soledad del hijo deseado terminó cuando descubrió la existencia del hijo indeseado. Antes, él no solía prestar atención a cuando se iba del cielo, pero ahora se tomaba su tiempo mientras descendía de vuelta a la tierra para ver cómo su hermano exiliado emergía junto a las sombras. Entonces vio la belleza que su madre no pudo contemplar.
Lo contemplaba y se despedía silenciosamente. No se atrevía a entablar conversaciones con él, pues estaba seguro de que su hermano lo odiaría. Sin embargo, el hermano indeseado también había notado la forma en la que el otro había comenzado a actuar y sentía la misma curiosidad por hablarle, pero no se atrevía al pensar que su hermano lo despreciaría.
Suponer mal suele dividir a las almas.
Y se mantuvieron divididos hasta que nació la diosa del mar: Thalassa.
Ella era hermosa: un cabello era tan largo que fluía a través de los campos hasta volver a encontrarse con el resto de ella. Llenaba su reino con criaturas divertidas, con escamas y aletas. Se volvió una amiga del sol, quien disfrutaba ver cómo saltaban sus creaciones, pero quien quedó enamorado de ella fue la luna.
La luna la contemplaba con anhelo y devoción desde su lugar en el cielo, deseando poder alcanzarla algún día.
El sol se dio cuenta de esto y comenzó a contarle al mar sobre su solitario hermano, que siempre llegaba cuando él se iba. El mar escuchaba con atención y ese día esperó a que la luz desapareciera del cielo.
Cuando la luna se acercó, el mar también se acercó. Se contemplaron, se conocieron y se amaron. Tuvieron muchos hijos, todos diferentes: unos que emulaban las estrellas del cielo, pero con cuerpos rígidos como corales, llamados “estrellas de mar”. Los más pequeños jugaban alrededor de su madre, subiendo y bajando su larga cabellera para peinarla, hoy les decían olas y mareas. También hubo hijos con cuerpos espumosos, sirenas plateadas que nadan por las noches y esos peces cuyas colas parecen llevar la misma luz de luna consigo. En medio de toda su descendencia, hubo dos hijos gemelos: Myrhis, diosa de la neblina y Zepheris, el dios de los horizontes, de lo desconocido.
Zepheris nació del brillo de una de las muchas uniones de sus padres, y Myrhis de los innumerables besos que calentaban la piel. ¿Por qué no habían nacido primero? Quizás porque la pasión real no se experimenta de inmediato, o eso creyó Lethia. Quizás ya se amaban incluso más cuando los gemelos nacieron.
Todo comenzaba a tener un orden en el mundo: Phoerion estaba durante lo que se había llamado “día”, su reino, mientras que Selenthor gobernaba su “noche” mientras visitaba a su amada Thalassa.
Pero fueron los otros dioses quienes torcieron esto.
Viendo cómo el mar se erguía demasiado para alcanzar a besar a su amado, cómo las aguas inundaban todo lo que las rodeara e incluso mataban a las creaciones vivas de los dioses, decidieron ponerles un alto: no podrían estar cerca uno del otro.
Cada vez que la luna intentara acercarse, el mar siempre se alejaría. En cuanto el mar tratara de abrazar a su amado, que se acaba de sentir abatido por no poder tocarla, él se alejaría cada vez más en el cielo, un lugar que ella no podría alcanzar. Thalassa lloró tanto que sus grandes lágrimas todavía quedaron permanentemente incrustadas como lagos, u ocultas como aguas subterráneas.
Sin embargo, Phoerion no permitiría que su hermano, hasta ahora tan reluciente, perdiera su brillo por completo.
En cuanto comenzaba a atardecer, él asistía con Thalassa para preguntarle qué quería decirle a Selanthor. Lo mismo cuando Selanthor estaba por irse al amanecer: desde el otro lado, su hermano le gritaba para preguntarle qué quería decirle a Thalassa. Así, el sol se convirtió en un mensajero de ambos enamorados, que les recordó siempre lo mucho que se amaban el uno al otro.
Cuando eran pequeñas, Lieke había adorado esa historia.
—Quiero enamorarme así. – había dicho, limpiándose las lágrimas.
Era imposible no pensar en esta historia ahora que Lieke le mencionaba una vez más la presencia de la luna en cuanto el sol ya había aparecido. ¿Sería Selanthor agradeciendo a su hermano? Lo entendería, ella también tenía una hermana maravillosa que le había hecho la vida mejor. De no tenerla, no sabe qué sería de ella.
Había encontrado un sinfín de parecidos: ella estaba marcada por cicatrices, así como Selanthor de esas manchas que condujeron al desprecio de su madre (y de su padre, en el caso de ella), tenían un hermano (hermana) a quien todos adoraron en cuanto nació… Bueno, lo del romance podía cortarlo hasta ahí.
Eso era un tema en el que prefería no centrarse.
Se sorprendió de lo mucho que divagó cuando se encontró siendo llamada por las estilistas para verse en el espejo.
—¿Te gusta?
El cabello estaba totalmente trenzado y las trencitas caían hasta su cadera definidas como rizos franceses. Su piel oscura no había sido demasiado retocada, pero le habían puesto un ligero pigmento para darle un color más cálido a sus mejillas (el mismo que Lieke tenía naturalmente en cuanto salía al sol o cuando se echaba a reír) y sus ojos estaban rodeados de un polvo de perlas.
Luego, la marca rosácea que ya conocía.
Empezaba en su frente, poco por encima de su ceja derecha y descendía en una forma vertical mientras se inclinaba hacia el lado contrario de su rostro, atravesando horizontalmente el puente de su nariz y deteniéndose poco antes del lagrimal de su ojo izquierdo y ahí estaba la primera división: una delgadísima línea que alcanzaba su pómulo. La línea principal seguía, cortando como si hiciera un movimiento en zigzag para ahora subir a la punta de su nariz y ejecutar otro cambio de dirección antes de bajar hacia su labio y llegar hasta la comisura izquierda. Había pequeñas líneas como ramas, casi invisibles, pero solo hasta ahí.
En cuanto la cicatriz comenzaba a descender por su cuello, las marcas eran más amplias y las ramificaciones más evidentes a lo largo de su clavícula, pecho y brazos. El relieve también era evidente y se notaba la pequeña profundidad, una hendidura ligera en la misma cicatriz como quien trata de unir de nuevo las piezas de una muñeca de porcelana rota.
Pero ya se había acostumbrado a ella.
—Luces preciosa. – dijo Lieke, que ya la había tomado por los hombros —¿Qué vas a ponerte?
Eligió el vestido azul platinado de hombros descubiertos. Las estilistas parecieron un poco inconformes por la elección que evidenciaba la marca.
—No cambia nada si la cubro. – les dijo con seriedad al ver sus caras.
Ellas también la miraron de la misma manera, pero en cuanto Lieke las miró así, bajaron la cabeza y se apresuraron a ayudarle a Lethia a arreglarse el vestido, atarle el corsé y acomodarle en el cabello la tiara que había traído Lieke para ella.
Lieke la abrazó en cuanto la vio girar un poco frente al espejo
—Tan hermosa. – murmuró, sin soltar a su hermana.
Lethia le acomodó uno de los olanes, que se había doblado un poco, sin dejar de sonreír. Luego, su mano se dirigió a uno de los muebles que estaba ahí para tomar algo entre sus manos.
—Feliz cumpleaños, Lieke. – expresó, mientras le entregaba en las manos el objeto.
Una cajita de madera cuya base tenía patitas doradas. Estaba pintada de manera hermosa y había figuras que habían sido talladas en ella, representando la silueta de una joven rodeada de flores blancas. Lieke lo sostuvo a la altura de sus ojos para contemplarlo de forma más minuciosa.
Había trabajado en ella un mes.
—Lamento si hay manchas de pintura, no me di cuenta hasta que habían secado y la aguja caliente difuminó algunas figuras en los primeros… – no terminó, porque su hermana emitió un gritito y comenzó a reírse. Lethia casi cae de espaldas cuando Lieke se lanzó en un abrazo hacia ella.
—¡Es perfecta!
—¡Su majestad! – exclamó una de las estilistas en cuanto la vio enjugarse una lágrima de emoción que acababa de correrle el perfecto maquillaje de su ojo derecho.
A Lieke no pudo importarle menos mientras su mano libre tomaba la de su hermana, agradecía a las estilistas, se despedía de ellas y llevaba a Lethia hacia las escaleras de caracol para bajar de la torre.
Ella ahora extendió su mano. Sostener la caja no le impidió tocar las pinturas que Lethia había hecho ahí también. Seguía con sus dedos los trazos que indicaban cómo se movían las olas y cómo volaban los pájaros.
—¿Piensas darte un baño antes de la ceremonia?
—Creo que estoy bien así. – le confesó Lethia.
—Yo también creo que estás bien así. Y yo también me siento bien así, pero papá y mamá creen que debería cambiarme de nuevo antes de mi ceremonia.
Solo le mostró una sonrisa ligeramente nerviosa y encogió los hombros un momento. No sabría qué decirle, pues no tuvo una ceremonia como esa.
Las paredes de piedra azul, desde la torre hasta el corredor que la conectaba con el castillo principal, siempre estaban frías, como si el sol mismo se rehusara a brindar calidez. La poca luz que se filtraba por la pequeña ventana parecía burlarse, incapaz de disipar las sombras que se aferraban al tapiz.
Un lugar que todos solían ignorar, pero un lugar perfecto para que cualquiera que se acerque recuerde la maldición de la princesa. O para que la misma princesa recuerde su maldición, porque el corredor conectaba su torre del ala este con el resto del castillo.
Y siempre tenía que pasar al lado del tapiz.
Lethia se había prometido ignorar la presencia del tapiz unos años atrás. Pero tantas veces ha pasado, tantas veces lo ha visto, que no necesita verlo para que la imagen aparezca en su cabeza cada que pasa a su lado.
Incluso podría recitar la prosa que está escrita en los bordes oscuros, hilada con oro para resaltar:
Una noche sin luna ni estrellas, donde la sangre fluía con la naturalidad de un arroyo a través de las baldosas bajo los pies del pueblo. Era una de esas noches cuando Eonia todavía tenía sus esperanzas puestas en una futura heredera al trono.
La princesa a la que todos esperaban, la promesa de Eonia, precedida por un linaje real que se había ganado el favor de dioses antiguos. Gobernantes poderosos que habían velado por el bienestar del reino en todo momento.
Fue en esa fatídica noche que el inconfundible estallido de dolor que anunciaba el parto invadió a la reina Orabela, cuyos gritos se mezclaron con los de aquellos que huían, se escondían o perecían fuera del castillo.
Luego, silencio. Se esfumaban vidas entre las sombras y el viento sepultó los gritos desesperados. En ese momento, fue como si el mundo entero se hubiera detenido, haciendo silencio para centrarse en la nueva princesa.
Los últimos héroes murieron en la sangre que los sepultaría en la eternidad de las leyendas en cuanto una luz cortó la oscuridad como una guadaña y esa única estrella se alzó sobre las cabezas de todos, con un brillo blanco y trémulo. Era una profeta silenciosa, y su mensaje era claro.
Miadh, “la que trae desgracias”.
Así fue como la única luz en la oscuridad consumió todo tipo de esperanza, con el llanto de una recién nacida y los gritos desesperados de la reina iniciando el coro de lamentos.
—Nunca me ha gustado. – menciona Lieke —. Es una forma cruel de tratarte.
Lethia la miró de reojo a ella y luego, inevitablemente, se detiene. Gira su cabeza para mirar el tapiz y siente su ceño fruncirse mientras sus ojos recorren las figuras en el tapiz que inmortalizan esa historia.
De abajo hacia arriba, los bordes inferiores están ennegrecidos por los cuerpos derrumbados unos sobre otros. Si sube la mirada, esa sangre debajo de ellos es la misma que fluye desde los brazos de la madre que sostiene a la bebé envuelta. No muestran el rostro de la bebé, pero sí el rostro de la madre. Una expresión lastimera, de ojos llorosos y enrojecidos.
Y, por encima de todo, la estrella: una figura casi fantasmal, que flota sobre la madre y la recién nacida, como una observadora silenciosa y mortal. La tejedora que eligieron para crear la obra era tan talentosa que, entre más miraba el tapiz, creía ser capaz de distinguir el brillo tembloroso de la estrella.
Cuando era pequeña, le aterraba ver el tapiz. Parecía que la sangre comenzaría a desbordarse de la tela en algún momento, que la alcanzaría hasta el palacio. En cualquier otro momento, consideraría justificable esa preocupación, pues siempre le dijeron que esa sangre derramada durante el día de su nacimiento la seguiría a todas partes.
Quizás la intención de esa ubicación del tapiz era hacerla sentir culpable, o para recordarle siempre lo que era. O quién sabe, no conocía a otras princesas malditas que pudieran asegurarle lo mismo. Quizás las habían sacrificado, como los sacerdotes le habían sugerido a su padre en cuanto ella nació.
Era un consuelo miserable pensar que al menos había cosas peores. Y hace mucho que ver ese tapiz no le removía la consciencia y le causaba culpa o arrepentimiento.
No, lo único que sentía era rabia. Cuántas veces se había imaginado arrancando el tapiz.
Lieke le tiró de la mano.
—Cuando sea reina, te prometo que lo mandaré a quemar. – declaró con seguridad.
Seguramente intentó sonar como una tirana, pero Lethia le tenía el suficiente cariño como para ver algo más que a su hermana menor.
—Si se trata de quemar todo lo que no me guste, deberíamos buscar un nuevo castillo
—¿Por qué no?
Lethia rio un poco, aunque su expresión seria volvió mientras volvía a ver el tapiz. Viendo esto, Lieke volvió a tirarle de la mano, esta vez lo suficientemente fuerte para que Lethia fuera impulsada poco hacia adelante. A punto de caerse, tuvo que dar un traspié. Pero miró a su hermana, agradecida.
Al menos salir del castillo la hizo olvidarse de esa sensación incómoda y estaba segura de que el pensamiento desaparecería de su mente.
Los jardines reales habían sido fascinantes para ella cuando era niña. Las plantas brotaban o bien de la tierra o bien colgaban en macetas preciosas que nacieron del trabajo de los mejores artesanos.
La última vez que estuvo ahí fue a los diez años, antes de que su padre le ordenara que volviera al castillo para hacer algo productivo. ¿A qué se había referido con eso? Ni siquiera la dejaban hacer nada como para buscar algún quehacer, así que se había dedicado a ordenar su cuarto una vez a la semana, a leer libros en la biblioteca y a hacer las pinturas en la pared de su habitación y en la pared de las escaleras para que no se viera tan frívolo su lado del castillo.
Una vez más, agradeció a Lieke.
Los jardines estaban situados en el exterior y cada mes había sirvientes que limpiaban y otros que daban un retoque a las pinturas de las paredes para que permanecieran siempre hermosos. Se extendían en pasto verde que bordeaba un sendero de piedra del color de la arena cristalizada y bordes de oro, que separaban los pies de quienes pasaban de las inmaculadas plantas que había ahí. Se decía que, en los jardines reales de Eonia, cualquier planta crecería, sin importar el clima o tipo de tierra.
Había una fuente de nácar que llevaba agua cristalina a través de acueductos que rodeaban todo el jardín. El sendero se había llenado de flores el día de hoy, flores de diferentes formas, tamaños y colores: rosales de fuego, esas de brillo iridiscente de los colores del atardecer; alas de luna, las pequeñísimas flores de cuatro pétalos que se agitan como mariposas cuando hay viento; y los corazones de Aletheia, inspirados en el nombre de la diosa de la verdad, de corazón tan puro que cualquiera podía ver a través de ella.
Juró que su corazón se detuvo en cuanto se dio cuenta de que Lieke había extendido la mano hacia ella para ponerle un lirio de nieve en el cabello.
—¡Lieke!
—No van a castigar a la futura reina por tomar una flor de su jardín. – dijo, riéndose.
—¡Pero la tengo yo!
—No, te la he dado yo, la reina.
—¡Lieke!
—¿No crees que es peor cuestionar la buena voluntad de la reina?
—Ahora sí suenas como una tirana. – bromeó.
—Entonces seré una buena tirana.
—Creo que la mejor tirana.
Ambas rieron.
Entrar a los jardines fue como volver a sumergirse en un sueño distante del que ya se había olvidado, pensando que no era real. Pero lo era, lo estaba viendo de nuevo. Aquí estaba, pisando el suelo brillante y contemplando las maravillosas flores mientras su hermana le hablaba sobre lo que había soñado esa noche. Podría pasar todo el día ahí.
—¿No se veían apetitosas las peras?
—Lieke, no podemos tomar nada de aquí sin permiso.
—Sin el permiso del rey o reina.
El tono que usó dejó en claro lo que quería decir y Lethia la miró casi severamente.
—Lieke.
—Yo sé que adoras las peras tanto como yo.
—Lieke.
—Lethi, por favor. Solo es una pera. ¿No tienes hambre? – le preguntó en un momento.
Aunque quería decirle algo más, la pregunta hizo que fuera consciente de que ya había pasado tiempo suficiente para sentir el hambre en su estómago.
—Ni lo menciones.
—Descuida. Pediré que nos traigan el desayuno aquí.
Se suponía que Lieke debía tomar el desayuno en el gran comedor del castillo, pero había solicitado tomarlo en el pabellón al lado este del jardín. Nadie la contradijo o intentó convencerla de lo contrario.
Los cristales incrustados en el mármol nacían de la cúpula en forma de flores y luego se hacían menos, quedando unos pocos adornando los pilares. Las escaleras las recibían con más figuras en espirales y en los barandales crecían flores trepadoras que todavía no abrían sus pétalos.
Esas eran Astraea kallis, o nocheblanca, como la apodaba la gente. Según las leyendas, la primera Nocheblanca fue alguna vez una mujer humana: Kallis, sacerdotisa de Asterion, el dios de la bóveda celeste, de quien también se volvió amante. Se veían en un templo cuya única pared entre cada pilar que sostenía el techo eran velos que la misma Kallis había bordado para demostrar su devoción. Muchos dicen que de su amorío nació un hijo, del que no se sabe qué le sucedió. Como no vuelve a ser mencionado ni siquiera al final de la historia, se cree que nunca existió.
Pero, ¿cómo acaba una sacerdotisa convertida en una flor? Pues la diosa Aerythisia, esposa de Asterion, estaba tan furiosa que se presentó ante la sacerdotisa y le hizo creer que, si rogaba por su vida, sería perdonada. Kallis fue transformada en una flor blanca que solo abre sus pétalos de noche, donde no siente vergüenza de ser vista y su cabeza se inclina, como si todavía estuviera suplicando.
Lieke acaricia uno de los bulbos de las flores durmientes al acercar las manos al barandal y luego se dirige a una de las sillas blancas que hay dispuestas alrededor de la mesa en ese pequeño espacio de suelo donde se mezclan el mármol y obsidiana. Lethia la sigue, pero su hermana rápidamente giró la silla hacia ella.
—Toma asiento. – expresó, sonriendo—. Puedo ofrecer una pera en nuestra barra de frutas.
—Solo necesito un desayuno. – tuvo que mirar hacia arriba para ver a su hermana.
—Como ordene. – expresó, haciendo una pequeña reverencia antes de retirarse.
Lethia solo sonrió.
Regresó al cabo de unos minutos, seguida por sirvientes que cargaban bandejas que emitían aromas deliciosos. Pan recién tostado, verduras y frutas cortadas, una bandeja de carnes frías y queso… Cada una se sirvió lo que prefería. El jugo con el que acompañaron la comida también era una delicia.
Lieke terminaba de contar su sueño a detalle para ese momento.
—Entonces las nocheblancas formaban una silueta. Era la silueta de un príncipe. Y entonces, el príncipe nocheblancas y yo bailábamos rodeados de un cielo nocturno.
Y Lethia, entre tanto que se fijaba en sus gestos, en la forma en la que sonreía o cambiaba de expresión, distinguió algo diferente en los ojos de su hermana. Había visto a Lieke desde que despertó, pero quizás estaba muy poco enfocada entonces para comenzar a notar más detalles en su hermana: los ojos tenían un aspecto ligeramente hinchado, como si no hubiera dormido bien. Y no se había percatado de lo mucho que Lieke disimulaba bostezos, esas pequeñas pausas que simulaban ser respiros.
—Luces… Cansada. – observó.
—Ah, ¿sí? – Lieke se llevó las manos a la cara.
Lethia asintió a modo de confirmación y Lieke pareció meditarlo unos segundos.
—Pues he dormido perfectamente. – rio suavemente —. De dormir mal, no me levantaría tan temprano todavía. Además, un sueño tan maravilloso no sucede en pocas horas de sueño. ¿Qué hay de ti? ¿Has tenido un sueño así de maravilloso?
¿Podría decirse que sí?
—Pues soñamos cosas muy parecidas.
—¿También bailaste con nocheblancas?
—No exactamente con nocheblancas.
Los ojos de Lieke brillaron por curiosidad y Lethia solo sonrió.
—Imagina un baile entre las nubes.
Lieke se inclinó un poco en la mesa, apartando su plato vacío.
—Cuéntame más.
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