Mi hermana y yo

allpaleer

Capítulo 1

Muy temprano, como de costumbre, Alexander, el jefe de la empresa, un hombre alto y delgado, con ojos cafés claro y cabello negro, llegaba. Era un hombre exigente y su sola presencia imponía respeto.

El sonido de las teclas al escribir y los murmullos de los empleados en el fondo creaban un ambiente de trabajo intenso. La luz natural que entraba por las ventanas iluminaban las oficinas, destacando la elegancia de la decoración.

La empresa, llamada “Estrategias y Finanzas S.A.S.”, era una de las más respetadas en el país. Fundada por Alexander y Tomas, ofrecía servicios de consultoría financiera y contabilidad a grandes multinacionales, además, de asesoramiento jurídico. Su enfoque en la innovación y la excelencia había llevado a la empresa a ser líder en su sector.

—Señor Alexander, qué gusto verlo tan temprano hoy. ¿Gusta de un café? —preguntó su secretaria nueva, tratando de impresionar a Alexander con su eficiencia.

—Un capuchino oscuro, preparado con un expreso largo y sin azúcar —dijo Alexander, con voz firme y expectante –Espera, ¿Qué hora es? –Levantando su muñeca para observar la hora y haciendo una mueca se respondió –Son pasadas las siete, mejor cambia el café a un macchiatto claro, con tres de azúcar y leche entera, odio la deslactosada –Especifico mientras seguía caminando.

—Eres nueva, ¿no? Contigo son cuatro secretarias en este mes. Espero que cumplas mis expectativas y no me decepciones. Tomas te debió haber dicho cómo funcionan las cosas por aquí. Espero que entiendas —dijo Alexander, observando a su secretaria con una mirada crítica.

La secretaria asintió nerviosamente, tratando de mantener la calma bajo la intensa mirada de Alexander.

—Bien, me alegra que todo esté claro. Estaré esperando el café —dijo Alexander.

Su secretaria recién llegada había escuchado rumores de que Alexander solía ser muy irritante y abusivo con sus empleados. En realidad, nadie podía llevarle el paso a su rutina. Antes de empezar a trabajar con él, pasaban por una ambientación en la que aprendían todo antes de que les delegaran dichos trabajos.

—Ey Alex, ¿qué tal amigo? Buen día —dijo Tomas.

—Tomas, ¿cómo amaneces hoy? Por lo que veo, madrugaste —respondió Alexander.

—Sí, un poco. Debo asegurarme de haber tomado la decisión correcta esta vez. No podemos seguir perdiendo empleadas —dijo Tomas en un tono burlón.

Tomas, aparte de ser la mano derecha de Alexander, también era su socio y amigo más cercano. Gracias a él, consiguieron a sus primeros clientes, y era el hijo de su cliente más grande. Pero Tomas sabía que su éxito se debía al talento natural de Alexander en los negocios, su habilidad en finanzas y su buen manejo de las matemáticas.

Su empresa llevaba a cabo un plan de trabajo poco común en su país, o al menos para jóvenes de su edad. Era una empresa dedicada al estudio comercial, servicios de contaduría, judiciales y revisiones comerciales de otras empresas. Su trabajo era llevar las cuentas y realizar predicciones económicas de grandes multinacionales. Un trabajo poco común, pero una idea espontánea de Tomas. Su pensamiento se centraba en grupos de trabajo completos solo para el desarrollo de estas tareas. Y al contrario de lo que se pensaba, fue brillante. Junto a Alexander, no solo demostraron que era un negocio rentable, sino que se volvió indispensable en las empresas que ocupaban sus servicios. Incluso fueron ocupados en casos de lavados fiscales o dineros ilícitos por parte de las autoridades. Empezaron ellos dos después de la graduación de Tomas, y pronto se consolidaron como un gran grupo de expertos con alrededor de diez empresarios y compañías que contrataban sus servicios.

La oficina de Alexander era un reflejo de su personalidad: eficiente, organizada y sin adornos innecesarios. Los archivos estaban perfectamente ordenados, y la luz natural que entraba por las ventanas iluminaba el espacio con una claridad que parecía casi quirúrgica.

—No perderíamos empleadas si no fueran tan mediocres e incompetentes —dijo Alexander, con voz firme y crítica.

A diferencia de Tomas, Alexander mantenía un estricto orden en su trabajo. Para sus clientes más importantes, siempre llevaba los asuntos personalmente, sin delegar tareas a otros. Era su forma de garantizar la excelencia y la perfección en cada proyecto.

Mientras conversaba con Tomas, se dirigían a su oficina. Tenía otros asuntos de los cuales ocuparse, y Tomas contaba con un grupo fuerte de trabajo que podía manejar las tareas cotidianas.

—Bien, te dejo. Cuando llegue la nueva con el café, por lo más sagrado, no le digas nada. Déjala que se acomode a ti.

Alexander rápidamente entró a su oficina, se acomodó en su escritorio y encendió su computador. Revisó los correos que tuviera pendientes, asegurándose de no dejar ningún asunto fuera. Abrió los registros de su último pedido fiscal, y su mirada se enfocó en los números y las cifras que parecían bailar en la pantalla.

—Otro testaferro del estado —se dijo en voz baja, mientras se desabrochaba las mangas de su camisa para tener mejor movilidad en sus muñecas.

Sin percatarse de la hora, su nueva secretaria entró agitada con el café que le había pedido. Su intromisión lo dejó claramente molesto. Miró la hora y, con voz despectiva, le dijo:

—Valla, 7:40. Tienes una buena excusa, o simplemente había tráfico de aquí a la cafetería.

—No es solo que… bueno, no recordaba cómo era su café, señor.

La muchacha estaba claramente avergonzada, y la mirada penetrante de Alexander estaba cargada con una fuerte desaprobación.

—Deja el café en el escritorio. ¡Con cuidado de no derramar nada sobre los documentos! Y otra cosa, antes de entrar en mi oficina de nuevo, espero que no se te olvide tocar la puerta.

La joven retuvo su frustración y asintió con la cabeza a lo que le dijeron. Dejó el café y se retiró sin decir más.

A lo largo del día, Alexander se sumergió en su trabajo. Estaba trabajando al tiempo en dos archivos distintos: la revisión fiscal que le fue pedida de urgencia y un nuevo pedido de un potencial cliente. Mientras se encargaba de esto, tomó un sorbo de café, lo dejó en su lugar y llamó a su secretaria.

—¿Me necesitas, señor?

—Sí —dijo en un tono frío y molesto—. Toma el café y arrójalo lejos de mi vista.

—Sí, señor —Respondió con un nudo en la garganta y al borde de las lágrimas.

Pasaron unas cuantas horas mientras seguía con su labor. Rápidamente se encargó del registro fiscal que le pidieron, redactó el documento debido y lo preparó para llevarlo a su empleador. Seguía con lo de su nuevo cliente, estaba tan acostumbrado a su trabajo que lo podría hacer incluso con los ojos cerrados, siempre perfectos, siempre a tiempo, sin fallas o errores. Por esta misma razón, prefería trabajar solo, e incluso era el quien llevaba los trabajos más delicados.

—¿Se puede? —dijo Tomas, golpeando la puerta de su oficina para avisar que se encontraba afuera. Al estar siempre sin secretaria, era habitual que llegara directamente a su puerta.

—Sí, pasa.

Alexander estaba igualmente familiarizado con la situación. Tomas prefirió adaptarse a su sistema en lugar de intentar cambiarlo. Se acercó a él con un vaso de café humeante y, sonriendo, la dejó sobre su escritorio.

—Tengo una pregunta —dijo Tomas, con un tono suave y curioso.

—¿Qué quieres ahora? —respondió Alexander, un poco molesto y con mirada fría.

—¿Por qué alguien con tu talento y experiencia siempre parece estar solo disponible para tu trabajo? No tienes familia ni amigos con quienes compartir —preguntó Tomas, serio y preocupado.

Alexander suspiró y se recostó en su silla, crujiendo suavemente con su peso. —Nunca tengo tiempo para eso —dijo en voz baja y resignada.

El aroma del café llenaba la habitación, mezclándose con el olor a papel y tinta de los documentos que cubrían la mesa de Alexander. Tomas se sentó en la silla frente a Alexander, con una mirada fija en la cara de su amigo.

—Jajá, no me culpes. Cuando estás trabajando, eres como una máquina —dijo Tomas, lleno de humor.

Alexander se encogió de hombros y siguió trabajando, sus dedos volando sobre el teclado de su computadora. —Al menos yo cumplo con mi trabajo —respondió en tono bajo y serio.

El sonido de la computadora y el crujir del papel llenaban la habitación, creando un ambiente de concentración y trabajo. Tomas se levantó y se acercó a la ventana, mirando hacia afuera mientras Alexander seguía trabajando.

—¿Cómo te va con tu secretaria? —preguntó Tomas.

—Me trajo un café que sabía a tierra —dijo Alexander, lleno de descontento.

Tomas se burló y se sentó de nuevo en la silla, mirando el currículo de las candidatas para el puesto de secretaria. Era solo cuestión de tiempo antes de que la nueva secretaria se uniera a la lista de las que habían renunciado en el pasado. Tomas suspiró y comenzó a revisar, buscando a alguien que pudiera soportar el ritmo de trabajo y la personalidad exigente de Alexander.

La secretaria de Alexander tocó la puerta, con voz suave y tímida. —Disculpen la intromisión, señor Alexander. ¿Se encuentra ocupado?

Alexander se volvió hacia ella, con una mirada fría y seria. —Depende. ¿Para qué sería? —preguntó.

—Antes que nada, lo siento mucho, realmente lo lamento —dijo ella.

—Podrías abortar el tema rápido, por favor —dijo mientras levantaba una de sus cejas.

Ella rápidamente decidió decirlo, sabiendo que incluso un hombre como él, conocido por su frialdad y eficiencia, sentiría una punzada en el pecho con la noticia que estaba a punto de recibir.

—Me acaban de avisar que su madre y el esposo de ella fallecieron en un accidente de tráfico… lo siento mucho, señor.

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