Capítulo 1: La Vasija Lanada
La Vasija Lanada
Autor: Vanessa Sosa
Bendigo este espacio con tus nocturnas aladas, esas renacidas, esas desposadas entre nosotros, esas etéreas de abismos en su mansedumbre; siderales en tus principios y tus fines. Te encuentro seguro, hilvanado al mandil de mis extremidades conscientes. Soy. Soy. Soy. Alma sin manchas que encandila al orgullo de tus deseos primigenios. Afines moradas. Crisálidas delineadas con pinceles de huesos que no son huesos, cimientos dices, que tuyas, humedecen tus mejillas con luminarios devanados e hilvanados en el reposo de un ocaso; que no es más que sueño de una cría de ardientes cisnes gemelos.
Alma mansa, sostén de mis penas, aclara este deseo de ser pájaro. Libre. Musa de voces de aguamiel y paraíso.
Que es por ti. Tú. Sangre, me dices, dejo en remojo la sangre de la doncella que visita mi existencia de piedra preciosa. De musgo, de sol, de luna, de estrellas tendidas en un arropo de musarañas. Me arropas, haces el Amor con los olivos de mis cuencas. En esta pizarra que me encandila con el rubor de tus mañanas; mi alma renace ausente de tu pecado original, ella, ella, ella, ¿quién es ella? ¿La que te sueña entre sueños de veranos indelebles? Ella. Amanece en el invierno de tus pestañas.
Entreveo tu contorno de bailarina. Como ante una escena que reluce en este teatro de sueños, de oro, de mirra y tafetán, mis dodecaedros de ojivas, ojo por ojo, diente por diente, a veces, resuenan en espacios contenidos en botellas. Viertes ahí y sólo allí una gota de tu sangre azul, con aroma a celo y escaño, en el núcleo de este génesis. En él te sueño. Medito la crudeza de esta carne que no es más que una marioneta de la usanza de mis rezos. Soy, me dices, soy tu otra mitad, el espejo en el espejo que sostienes en la mudez de tus mañanas. Insecto de pieles de seda. Aguardo a la cría de tu velatorio de entreviga en estas vidas de vidas pasadas.
Portentoso es. Sal marina que retuerce a tus heridas. Cien días bastarán para hilar la lana. La rueca de la bruja del millar de santos días reverdece en este agrario mortal, que es mortandad justicia. Tus dedos, me susurras, son heraldos de decorosa abundancia en lo siniestro, en lo malsano, en el gorgojo que no se atreve a asomar de tu garganta abierta de tajo a tajo. De dos en dos. Dos veces te anuncias, una en sueños, otra en la tempestad del calvario que es el escarnio de este devoto a los dioses de una sola existencia renacida. Cuatro son tus brazos. Seis tus tardes. Ocho tus noches. Doceavos los rituales que evidencian como las almas relucen en este universo de surrealismos, canciones de palabras, de papel de seda fina. Tú. Piel de esas líneas que memorizo con orgullo, son recuerdos afines, entre nosotros dos.
La vasija de lanada consciencia contiene a mis primogénitos, dices, juegas con las líneas de la tinta con la que delineas el rostro que sostendrá el tiempo en el tiempo del tiempo de todos y cada uno de ellos. Un adiós que no tendrá final, en este cuento de hadas. Un rugido con el que me riegas cual siembra de ortigas, y me gritas, que me quede. Junto a ti. En la alborada. Un rastro de pasión. Promesa de corazones rotos en esta última instancia, en la que somos dos, una última canción de penas; celeste aguamarina, sonrojado amarillo. Insectos acuden a la lumbre de tus pies descalzos, pintados con henna de una piedra de deseos.
El cáliz en el que perezco y amanezco, mucho antes de venir a este instante, en el que me quemo, como un tenue carboncillo, no es más que un risco halado. Parduzco tras las cortinas de un lecho en el que, me confiesas, renació la novia de flor nocturna; desmargaritada en la ternura del padre de la noche. Abandonaron la contienda. Fueron. Hollín de la chimenea en la que gobierna, en el ahora del ahora, el arrullo del adviento.
¿Y quién advertirá la ausencia del homónimo? Contemplará las puertas de este paraíso de rosas celestes, risotadas de esta mortal canción de auroras, de la virgen sin manchas, virgen de mis jardín de las delicias, te sueño; retazos de glosolalias, te venero. ¿Cuánto tiempo debo soñarte? ¿Cuánto más debo anhelar el poseerte como idea? Soledad de mis decires. Espera. Espera. Espera. Mi rosa del desierto. Aguarda. Aguarda. Aguarda. La frescura de los céfiros. Ellos oran; sólo brotan los más oriundos retazos; de tela en estas tus hazañas. Me preocupa que no me beses. La salinidad que siembro en este huerto, es tu palabra.
Verbo al verbo. Pienso al pienso. Rezo al rezo. Una oración encumbra el menudeo de tus espacios. ¿Quién eres?, pregunto, te pregunto, ¿por qué no logro vislumbrarte en esta mezcla de des tiempos? Te conozco y te reconozco. ¿Eres acaso un sueño imposible de hilvanar en una rueca? Espíritu de mi vigilia, de anhelos, de deseos, de sueños, respondes, me conmueves, tú con tus mareas. Verte sonreír en mi condena. ¿No ves que en la botella en la que habito, y en la que sólo perdura un hábito de orgulloso aliento de invierno, está por relucir, cómo el halo de un arcoíris de medianoche, en este firmamento que es historia interminable? Mi aliento es tu aliento. Una música relajante. Un sidéreo hechizo de amor.
Verdadero esgrima de la estampa de este, mi corpóreo principio primigenio, soy uno contigo. Aunque desde esta profundidad esgrimo una fantasmagórica e ingenua fantasía. Has retornado de la muerte, voz de terciopelo, latido de cantar de corazones delatores. Habla el silencio, y te acaricio, me encuentras en las estrellas como un hálito de inspiración. Te cautivo. Buscador de ayeres de las más decorosas sombras.
En la botella, en la que pesco sonidos de conquistas; esgrime una canción; un eléboro purpureo; esa melodía que brindas en nombre del dolor de esa penumbra que se alza aún, en este renacimiento. Anhelo de mis anhelos, me dices, ¿no es este ya el instante en que deben atardecer y amanecer el bosque de tu sonrisa? Creo con mi magia la conquista, de esa flor impura, que más que una flor es el latido de un risa. Es un gozo. Estrofas de tu voz. Voz. Voz. Voz.
Soy la fragancia que mana, me respondes, a la orilla del enigma de la vida. Dibujas sueños, te digo, coso versos en tu vezada paz, que no es más que ruego ingrato por tenerme. Fundido en un este jardín sincero, almas sin quimeras matizadas, tus labios, me dices, son médanos. Un dulce delirio, tatuado, perenne presentación del templo, en el que me sepulto. Invisible, formal hazaña, de presencia de justicia y bienestar.
Entre pastizales de guerra te escribo. Una carta. Verso las orillas de la paz, en la sangre, como amante de tus cielos, cuando mueren los días y aún espero. Ten piedad, aún no he muerto, me dices, desangelado amor. No te olvido. No te olvido. No te olvido. A ti. No te olvidaría. Verso los lunares del fantasma del enjambre de los océanos de la aurora con tal de besarte al versarte, con la calma con la que se moja el sosiego; sobre la lumbre de tus labios. Bajo el amparo de tu necesidad. Líbrame del peligro, oh, gloriosa y bendita. Afanado y amado tormento, de justicia decorosa; sembrada en el desierto en el que velo tu nombre hecho un delicado poema.
El murmullo de las piedras, de esta sanguinolenta vertiente, denota el rito que acordaste, convocar ante el altar de mis prudencias, ahí asoman gattacas entre fisuras; son las paredes de esta botella en la que me vistes como yo, te he visto danzar en el ocaso entre los vivos de esta aldea; la que te entrevió desde tu nacimiento. Sobre la rojiza arena de esta playa de sueños de camelias y de nieves. Esa en la que vivimos, como entre tumbas de colores. Panteón. Panteón. Panteón. Un panteón en el que solemos vivir, es el renacimiento de la mortandad de los entes que carecen del amor. Sus familias, no, son, más que un suspiro de primaveral otoño en tonos grises de tristeza. Ahí y sólo allí, aguardo tus prudencias, ese instante, en el que ansío hacerle el amor a tu alma; la delicia de las rimas futuristas con mensajes, que proyecten tu fantasía de la vida.
¿Vislumbras el rostro de esta botella, en la que se estremecen los rasgos de la borra de la santa tierra de mis hazañas celestes? Quiera Él que esta botella en la que perdura la gracia de los sueños de juegos y juguetes de los niños hombres, hombres niños que das a luz, me dices, permita el encuentro de nuestras pisadas. Más allá de la realidad de la fantasía.
En ese cristal, en el que me asomo, como una niña mujer, como mujer niña, me dices, soy camelia de tus dunas. Eje de tus denarios. Oriundo de tu aurora. Escribo una carta en la geografía de tu cuerpo. Mensaje en el que el perfeccionismo de tus formas, dolientes, son las deformidades, para los que no te ven; que incendian páginas y páginas con tus hazañas en el universo; surrealista; indócil; mancilla estremecidos en la botella que es de aguardiente. Esa hilvanada con un rastro de musgo. La que no resiste la discriminación que perdura en el ADN de nuestros hijos. Somos ídolos rotos. Salvación el olvido. Renaces entre heridas de luz y sangre. En tus marchitas raíces crecidas. Tú terso y matiz salvaje anida en forma determinada.
La carta, recita embrujados versos, me dices, Frente a la noche, tus suaves pétalos se abren y se liberan. Tu corola erguida, canta una melodía a las llamas, cuyos ojos que son la noche tierna. Verde tu caricia terrenal, me dices, esmeraldas hojas que te abrigan. Envuelven tu belleza pura que derrumbaría imperios enteros. La brisa seduce con sus movimientos y, reclaman tañidos platas en pulido diáfano cristal.
La carta, recita embrujados versos, me dices, Flor con tu borde en beso, con un contorno cincelado en dorado despertar, encaras el deceso al poniente en donde las sombras se ocultan de la muerte. Son como donceles inquietos, y tú, a través de tu tibio aroma o tus mecedoras melodías, arrullas las más tenebrosas sombras.
La carta, recita embrujados versos, me dices, Ella teje un duro hirsuto de cabello, se arremolina con el viento suave y me despeina, porque las mejores cosas de la vida no atavían reglas. Los lindes, son lugares peligrosos, cuyos labios amainan a la perfección de la rosa más hermosa. Vive, flota y apenas sus pies murmuran un suave canto, logra tocar el cielo con sus pestañas que recorren con emoción las esponjosas formas en el cielo, y tan bajo, que logra rozar las tiernas flores bajo sus pies.
Un cuento de hadas, es tu sonrisa, es un aventurado reencuentro en el interior de la botella, que en otra vida, en otro tiempo de des tiempos, contiene un beso versado sobre tus hazañas, cuyo centro es el paraíso rodeado del infierno, pues sus palabras en calma y reposo, absorberían los miedos que de éstos emanan. ¿Y si no fuera tan sólo yo, una más de su caricia enarbolada en el ensueño más sublime? Besaría los miedos que encierran sus labios, poseería el eco de sus temores que parecieran lágrimas que lubrican en sus ojos, el más suave parpadeo.
El mensaje, anuncia la sinfonía universal, con ella respondo, Estaré para quien mis noches se entregan. Tiemblo al borde de mis labios, en un lamento de no poder estar más que sólo a la distancia. Mi secreto, se tiñe de materia sólida y ennegrece, lleva dentro de sí, esa esencia pura de un amor que devora nuestros corazones, que amaga a quienes señalan que, una musa no puede tropezar y decantar la savia de sus besos. Imprimen un sello perpetuo sobre los labios de una inmortal. Que se reverencie quien no ha sido atravesado por el filo de una oda inocente, del dulce juego de palabras como el tañer propio; de su éter del firmamento. Densa e intensa luz; ella me ha guiado; les confieso, oh señor, que he pecado de pensamiento. Con las palabras que han encendido lo que en mí creí imposible.
¿Y si arrancármela pudiera, no sólo del pecho, sino también del ser y mi esencia? Pues toda ella es quién es, y soy con ella quién ella es en mí, con su eje y dirección; yo en ella soy, quién descubre día a día, una manera nueva de enamorarse.
El mensaje, anuncia la sinfonía universal, con ella respondo, Ya después de dudar un instante, antes que el silencio final se hiciera presente, cualquier otro pensamiento menos importante le hubiese abrigado, llenándole de un temor casi palpable, le hago recordar aquel insoportable y sofocante sentimiento de poder. Lo único que ambicionaba su endurecido corazón era permanecer impávida como una orla de fuego. Una espada relampagueante, se blande arrodillada a una rígida cadena de luz.
El mensaje, anuncia la sinfonía universal, con ella respondo, ¿Había un alguien, un porqué, un cómo, que pudiese inmortalizarle de alguna forma? Logra en un eje cardinal atrapar una encendida sombra, proyectada sobre su eje de oro, del sol de doce rostros asiéndole con fuerza infinita en su centro, son ígneos espíritus de plata. Revolotean a su alrededor, le atraviesan como ráfagas de un céfiro inmensurable, él que era ya la roca azotada, provocada por el estruendo que vive erosionándole.
Qué efímera es la majestad de los astros.
Reticentes a la memoria del tiempo, dejando tras de sí una incompleta frase a la memoria del tiempo, perduraría herido, me dices, el silencio por el estrépito de un grito discordante. Permanecerías atrapado como un pensamiento, indomesticable para mí, si de esa botella no brota más que la eventualidad de concebir el bien, tan sólo encerrado en una espiral de oscuridad. Confiesas, te arrancarías los ojos, y entonces, ciega, ensordecida, abrasada por las lenguas de fuego y plomo, darías paso a convertirte en un erudito con sus ámbitos de dulce cuna.
A los pies de quien jamás quiso mirarle. De quién jamás quiso versarle con beso de sol, luna y estrellas. Perdura el poema, agraciado, del poeta de los Para Siempre:
Voz indigna que reclama atención,
de centelleante voz atrapada
que se cuelga entre los pasillos de la cabeza .
Es la fiereza de un clamor, volátil, homogéneo,
una esencia pura depositada en caireles infinitos,
se suspende, se propaga en medio del silencio.
Tanto como la más álgida presea.
Allí existo.
Allí renazco.
Allí te amo en el nombre de esta notoria tempestad.
Apareces con la suavidad con la que hieres su tacto.
Velo en beso.
¿Quién en el más insano de los juicios, hubiera hallado consuelo en ofender a una criatura como la que pendía de sus manos?
Ambos soñamos, sirena, saga, perla de luz, Oscilan, por entre su piel, el firme contacto de sus sentidos, inclusive las sensaciones de la más indescriptible luz de oscuridad, convergen con los filamentos pueriles de su inocencia. Mancillados, y apenas sostenidos, son sus cuerpos tan celestes. Aprestos a la naturalidad de su centro. Núcleo de su encanto.
Una cría reluce, coronado en el trono de tu vientre, te dice, No culpes las lágrimas de quién te infunde a la vida en un suspiro doloroso. No contemples más las decisiones del mísero en su labor sólo porque sus ojos empaparon un precipito terror. Podrás culparte a ti mismo, si el momento breve acaeciera, despacio, hincándose sobre la aguja en el tiempo. “¿Y si desprendieran cristalinos, los destellos que emanan en su interior a los ojos del homónimo?”. Serías como la brevedad de un trillado parpadeo; el primero en hundirse cercano a su pecho, en el instante y el principio en que el filo de la traición se elevara, insondable. “¿Y si el terciopelo de su voz recorriera suave, sobre tu piel desnuda con la misma incesable súplica resonante?”.
La cría, la cría, la cría, me dices, es innata en el oficio de lo escribano. Retorna, entredicho, en el donde y en el cuándo, en los qué y los por qué, allí Encantarías a los turbios tus silencios acompañados de mil lesiones que, emanarían como sollozos de ternura permuta amada. Tiznaría tu transitorio pasaje, ese ilusorio a la pureza. Porque seducido estás con tu beatífico sentir, como el veneno del amor que es más que amor entre almicos cimientos, que se dilatan, que prolongan el agónico estertor de un corazón embravecido entre candores, azulejos. La cría, responde desde el núcleo de esa fértil tierra, Entreveo un edén en tus hazañas; y así y sólo así, apago la silueta de tu sombra y te permito renacer, me dices, en esta vida y en esta muerte de extrañeza; la consciencia de los vivos.
Alma mansa, sostén de mis penas, aclara este deseo de ser pájaro. Libre. Musa de voces de aguamiel y paraíso.
Así sea que exista.
Así sea que llore sonrisas.
Nazco y renazco sólo para conocerte.
Oración.
Oración.
Oración.
Así sea que exista.
Así sea que llore sonrisas.
Nazco y renazco sólo para conocerte.
Así fue, es y será escrito.