Prólogo
No hay nada mejor que sentir la adrenalina que provoca el rugido del motor de una motocicleta cuando avanza por las calles a toda velocidad; sentir el salvaje viento colándose por los espacios entreabiertos de la ropa y sacudiendo el cabello sin importar en absoluto cuánto tiempo a esa persona le llevó arreglárselo.
Pero valía la pena.
Valía la pena reclinarse contra el manillar para sentir la velocidad aún más y poder girar utilizando toda la fuerza del cuerpo y esquivar a todos los vehículos que iban más lento.
Y valía la pena cuando tenías a otras cuatro personas que pensaban igual que tú y que te acompañaban en esa aventura, en ese viaje sin ningún destino en particular; simplemente avanzar hasta encontrar una buena ubicación para descansar un poco y así continuar con más energía.
Todo es genial, emocionante y excitante hasta que pasas al lado de dos chicas paseando a sus perros, y uno de ellos comienza a ladrarte y a perseguirte a una velocidad que no te la esperabas para nada.
Ese perro se acercaba tanto a mi motocicleta hasta el punto en que estaba a tan solo menos de un centímetro de aplastarle las patas con mi neumático delantero. Soltando un bufido irritado, me obligo a aminorar la velocidad hasta detenerme. Mis amigos iban por delante de mí, por lo que ni siquiera se percataron de que yo ya no los estaba siguiendo.
¿Es en serio? ¿Había cinco motocicletas para perseguir y ese perro molesto tenía que elegir la mía?
Es en el momento en que el ruido del motor cesó al apagarlo cuando me doy cuenta de que una voz algo grave pero definitivamente femenina está gritando un nombre una y otra vez.
–¡Artemis! ¡Artemis, detente!
El perro movió la cola frenéticamente en cuanto detuve la motocicleta del todo y comenzó a olisquear los neumáticos. Casi me da un infarto en cuanto caí en la cuenta de que quizás los mordería y me los pincharía… pero sólo hacía eso: olfateaba.
Por el rabillo del ojo visualicé a la que parecía ser la dueña del animal irritante. Venía corriendo hacia nosotros aun intentando captar la atención de su mascota, pero ésta continuaba muy concentrada en mi vehículo.
Un poco más atrás de la joven que llevaba un rodete que a este punto se estaba deshaciendo por completo iba otra joven que lucía muy parecida a ella, sólo que tenía curvas más voluptuosas. Otro perro casi idéntico a éste iba caminando con tranquilidad al lado de la muchacha que avanzaba más despacio.
La joven de cabellos ahora desordenados se detuvo a un par de pasos de nosotros con la respiración agitada y, por alguna razón inexplicable, las mejillas demasiado sonrojadas.
–Lo- lo lamento mu-muchísimo.
¿Por qué tartamudeaba tanto?
Finalmente, el perro perdió el interés en mi motocicleta y se giró en dirección a su dueña como si nada hubiera pasado. En ese momento me percaté de que ninguno de los dos animales llevaba algún tipo de correa.
–Deberías retenerlo de alguna forma. Casi lo atropello –le digo, señalando con el mentón a su mascota.
La desconocida se estaba mordiendo el labio inferior con tanta fuerza que creí que en cualquier momento se haría daño. Evitaba a toda costa mirarme a los ojos, pero aun así distinguí unos ojos castaño oscuro detrás de unos lentes para la vista redondos y demasiado grandes para su pequeño rostro rosado.
–Lo- lo siento –repitió bajando la cabeza. Su perro se acercó a ella y la empujó con el hocico para que lo acariciara.
Y en cuanto a mí, no podía evitar fruncir el ceño. ¿Eso era lo único que sabía hacer? ¿Pedir disculpas?
De repente apareció la otra muchacha en mi campo de visión, posando una mano delicadamente en el hombro de su compañera.
–En verdad lo sentimos. Artemis es bastante tranquila, pero se desespera en cuanto ve motocicletas –explicó, señalando a lo que ahora comprendí que se trataba de una perra hembra.
–Pues con más razón, deberían pasearla con una correa o algo –señalo sin poder evitar un tono de irritación. –Hay motociclistas no tan cuidadosos como yo que podrían aplastarla sin quererlo.
No pude evitar notar cómo el menudo cuerpo de la Chica Disculpas se estremeció ligeramente. No levantaba la mirada del suelo para nada.
–Tienes toda la razón –concordó la otra muchacha. Su sonrisa amable y cálida me recordaba a Scarlett. –Lo tendremos en cuenta para la próxima. Gracias por detenerte y no hacerle daño –agregó señalando a Artemis, quien tenía los ojos entrecerrados ya que parecían agradarle las caricias de su dueña detrás de sus orejas dobladas.
–Claro, como sea –digo, finalmente notando que la Chica Disculpas no se molestará en hablar. Me encojo de hombros y vuelvo a encender el motor de mi motocicleta. –Tengo que irme.
–Por supuesto, adiós.
No me molesté en responderle a la otra joven. Aceleré a toda velocidad para por fin poder reencontrarme con mis amigos; después de todo, sabía a dónde irían.