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allpaleer

Capítulo 1

–¿Cómo les fue en el regreso a clases?

                ¿Cuántas veces habré escuchado esa pregunta a lo largo de estos diecisiete años? Exacto, estamos hablando de una cantidad imposible de contar.

                ¿Cómo me fue en el regreso a clases? Como todos los regresos a clases de todos los benditos años: llegando lo suficientemente temprano como para no ser la última en entrar al aula y no tener toda la atención de la clase sobre mí, almorzando en la soledad y tranquilidad de la biblioteca y salteándome la clase de deporte debido a mis ataques de pánico previos a esa hora.

                Así eran mis regresos a clases: como todos los días del año escolar.

                ¿Cambiaba algo el hecho de que éste era el último? No.

                –Bastante bien –respondió Amy por mí con una de sus sonrisas que representan positivismo y seguridad. Ojalá yo tuviera una de esas sin necesidad de que las comisuras de mis labios temblaran ante el esfuerzo. –Ahora todos estamos bastante ocupados organizando la segunda Feria de Invierno.

                Ava enarcó sus delgadas y prolijas cejas rubias.

                –¿Segunda feria?

                –Así es. ¿Recuerdas que en diciembre hicimos la primera? –le preguntó Amy, y su madre asintió en respuesta. –Pues, ahora estamos organizando otra para principios de febrero. Nos dimos cuenta de que la primera no nos dio los ingresos que esperábamos.

                Ingresos que servirían para pagar nuestra fiesta de Fin de Curso en junio. Yay.

                –¿Y creen que otra feria les hará ganar más dinero? –indagó Clayton al tiempo en que cortaba un trozo de pollo horneado.

                –Bueno, estamos intentando que las atracciones sean más originales que las de la última vez –comentó Amy con un encogimiento de hombros. –Algunos de los alumnos del curso previo al nuestro nos ofrecieron su ayuda.

                Bebió un largo sorbo de jugo de manzana mientras su padre nos echaba una mirada a ambas antes de preguntar:        

                –¿Ya se les ocurrió algo? Imagino que estarán juntas en esto.

                ¿En serio, tío? ¿Con quién más podría estar? Nadie en toda esa institución sabe de mi existencia. Bueno, en realidad sí, pero sólo me conocen por ser la persona que menos palabras pronunció desde que llegó: hace casi doce años.

                Me llevé un gran trozo de pollo a la boca para mantenerme ocupada con algo.

                –Papá, recién volvemos a empezar –se quejó Amy con exasperación. –Danos un poco de tiempo para reponernos del relajo de las vacaciones de invierno.

                Mis tíos rieron y asintieron con la cabeza.

                Para mi suerte, la cena transcurrió con normalidad, sin necesidad de que yo aportara mucho más que algunos monosílabos y unas sonrisas cuando alguien decía algo divertido. Al terminar, ayudé a mi tía Ava a llevar la vajilla al lavaplatos.

                Una vez dejar la mesa del comedor limpia, mientras mis tíos se reunían en el sofá de la sala de estar a mirar algún programa ridículo de la televisión, yo salí a la entrada de la casa para acompañar a Artemis y a Apollo a hacer sus necesidades.

                Estábamos en pleno invierno y hacía un frío infernal, pero aun así me agradaba esa temperatura. Me sentía segura debajo de todos los abrigos. Lo único que tenía al descubierto eran mis ojos debido a que utilizaba bufanda, guantes y un gorro. Intentaba que mi espeso cabello entrara dentro de éste último, pero siempre había algún que otro mechón molesto que se le daba por escaparse y salir a tomar aire.

                Era imposible observar a mi mascota y a la de Amy jugar entre sí y no recordar el día en que los encontré de cachorros.

                No estoy hablando de un lindo recuerdo, aunque luego de ese acontecimiento y cuando por fin pude traerlos a casa, se convirtieron en los mejores meses y años de mi vida. Artemis se había conectado a mí tan intensamente como Apollo se había conectado a Amy, como si supieran que éramos más hermanas que primas.

                Pero para llegar hasta ese tierno momento tuve que pasar por una de las peores experiencias de mi vida. La peor no, por supuesto, pero fue bastante dolorosa (emocionalmente).

                Yo jamás solía salir sola de casa, y me refiero salir y alejarme; no como ahora que estaba de pie a sólo unos pasos de la puerta de entrada observando a los perros y al cielo color lila por el atardecer.

                Pero hubo un único día en que sí lo hice. Había pasado apenas una semana del aniversario de un día fatídico en mi vida. Era una tarde de finales de septiembre y la frescura del otoño apenas comenzaba a agitar las hojas de los árboles. Tenía un destino en mente: la farmacia más cercana a mi casa. Tenía que conseguir pastillas para mis insoportables dolores menstruales, y mi padre estaba ocupado hablando por videollamada con alguien importante. En cuanto a Amy, quien me acompañaba a todos los sitios habidos y por haber y yo la acompañaba a ella, estaba asistiendo al bautismo de su prima materna (es decir, la otra parte de su familia que no tiene nada que ver conmigo), por lo que no tenía otra opción más que ir sola. Era eso o soportar esos malditos y estresantes dolores. No quería eso último, en verdad que no.

                Así que con los nervios atorados en mi garganta, salí de mi casa y comencé a caminar en completo silencio con la capucha de mi sudadera sobre mi cabeza y mis manos dentro de los bolsillos, formando puños con fuerza para calmar el pánico que comenzaba a surgir con tan sólo imaginarme hablando con la persona que trabajara allí.

                Incluso antes de alcanzar ese callejón que había olvidado que se encontraba allí, comencé a escuchar muy por lo bajo un par de risas que definitivamente provenían de adolescentes. ¿Que cómo lo sabía? ¿Notas que los jóvenes de entre doce y diecisiete años, en especial los hombres, tienen una voz sin un tono definido? Es como si sonaran agudas y graves a la vez. Así se oían esas risas.

                Mi instinto aterrado me gritaba en los oídos que cruzara la calle antes de pasar por ese callejón para evitar un encuentro innecesario. No sabía si se trataba de adolescentes que conocía o no, pero en ese momento tenía quince años y sabía que todos mis compañeros de clase tenían esas mismas voces, así como todos los de mi edad.

                Pero hubo una única cosa que me detuvo de cruzar de calle. Diría que fue el destino porque si no lo hubiera oído, habría continuado como si nada. Era una especie de chillido, pero estaba claro que no era de un niño. Y si no era de un niño…

                Me detuve a un lado del callejón y me asomé por la pared para tener una mejor visión de lo que sea que estuviera ocurriendo.

                Efectivamente, un grupo de unos cuatro adolescentes con pintas para nada agradables se estaban burlando de algo que se encontraba a sus pies. Parecían estar lanzando algo, y cuando agudicé más la vista, me percaté de que se trataba de piedras.

                ¿Alguna vez han visto videos de perros cachorros? ¿Notaron la manera dulce en que gimen porque es el único sonido que saben hacer cuando son muy pequeños?

                Tal como lo están pensando, los chillidos que escuché no eran chillidos. Eran gemidos de miedo.

                Con el corazón golpeando con fuerza en mi pecho, me quedé observando como una imbécil cómo ese grupo de muchachos se burlaba de dos cachorros abandonados y le lanzaban piedras para asustarlos o para dañarlos o para quién sabe qué.

                La reacción normal hubiera sido hacer una aparición con una postura firme y un aire de superhéroe al tiempo en que le gritas a esos malditos que se metan con alguien de su tamaño. Ellos se reirían de ti, pero tú los fulminarías con la mirada con tanto odio que las sonrisas en sus rostros se borrarían y se irían de allí cabizbajos, sin decir palabra alguna. Luego les susurrarías un par de maldiciones y correrías hacia los cachorros para arroparlos en tus brazos y llevártelos para encontrarles un buen hogar.

                ¿Hice eso? Me hubiera encantado, de verdad. Pero no, por supuesto que no lo hice.

                Por si no se dieron cuenta, la gente desconocida me da pánico; su simple presencia me cierra la garganta y me impide respirar con normalidad; me acelera el corazón como si estuviera corriendo una maratón.

                Entonces, ¿qué es lo que hiciste, inútil y miedosa Cassidy?

                Me apoyé de espaldas a una de las paredes que daba a la calle para que ninguno de ellos me viera y comencé a centrarme en mi desastrosa respiración. Sentía que me faltaba el aire.

                Ante esos ataques de pánico, yo solía tener a alguien que me los calmaba. Había sido la única persona que descifró como hacerlo.

                Pero se había ido hacía un año y una semana.

                Cerré mis ojos con fuerza en un vano intento por detener mis lágrimas. Mis manos temblaban, e incluso me hice daño en las palmas al apretar tanto mis uñas en la carne. Maldije para mis adentros y me rodeé el cuerpo con los brazos al tiempo en que me resbalaba lentamente por la pared hasta quedar sentada en el suelo.

                Con manos temblorosas, intenté sacar el teléfono de mi bolsillo y llamar a mi padre, a Amy, a mis tíos, a quien fuera que pudiera venir a buscarme. Pero veía todo borroso por las malditas lágrimas, incluso teniendo unos enormes lentes para la vista ya que sin ellos no veía absolutamente nada.

                Volví a maldecir en un susurro y guardé el teléfono. Apoyé la cabeza en la pared detrás de mí y miré el cielo completamente nublado mientras me obligaba a inhalar y exhalar a un ritmo lo más normal posible.

                Los quejidos de los cachorros y las burlas de los adolescentes no me estaban ayudando en lo absoluto.

                Hasta que sin previo aviso se detuvieron. Comencé a oír pasos que se acercaban más y más a la salida del callejón. Comprobé que la capucha de mi sudadera me cubriera bien el rostro y bajé la mirada al suelo en un intento por no llamar la atención.

                Por el rabillo del ojo sé que me vieron y que incluso se detuvieron. Tenía la mandíbula tan tensa que creí que se me romperían todos los dientes. Sin embargo, llegué a escuchar algunos susurros de confusión antes de que retomaran su camino como si nada hubiera pasado.

                Y en menos de cinco minutos, mi respiración, mi pulso y mis latidos volvieron a la normalidad. Suspiré pesadamente y me puse de pie. Mis piernas temblaban un poco, pero me obligué a avanzar hasta el interior del callejón.

                Mi rostro volvió a llenarse de lágrimas en cuanto visualicé a los dos cachorros gimiendo y temblando de miedo a un lado de un contenedor de basura. Estaban pegados el uno al otro como si fueran uno sólo. Sus pelajes eran principalmente blancos exceptuando por sus cabezas, que eran negras aunque con una franja blanca en el hocico. En sus lomos se les veía alguna que otra mancha negra, pero eran muy diminutas. Parecían cachorros de Border Collie.

                Mordiéndome el labio inferior para que dejara de temblar, me acuclillé frente a ellos y estiré una mano para tocarlos.

                Incluso antes de llegar a sus pelajes, habían comenzado a gemir con más intensidad.

                Cuando me di cuenta de que creían que los iba a dañar, mi corazón se partió aún más.

                –Tranquilos, pequeños –mi voz sonaba gangosa y rota, pero me aclaré la garganta con suavidad y les seguí susurrando: –No les haré daño alguno. Soy buena, ¿sí? Los llevaré a algún lugar seguro.

                Poco a poco cesaron sus gemidos, y cuando volví a intentar tocarlos, me lo permitieron. Se sentían suaves y cálidos. Aún con lágrimas en las mejillas, sonreí.

                Dejé pasar un par de minutos más para que entraran en confianza conmigo y los cargué en mis brazos. Me llevé una grata sorpresa al verlos mover sus pequeñas colas con gracia. Les di besos por todo el hocico sin que me importara dónde podían haber estado, y me los llevé.

                Mi idea principal era contárselo a mi padre y que me acompañara a llevarlos a un veterinario. Eso habíamos hecho, e incluso aprovechamos para comprar las pastillas de las que me había olvidado por completo. Mi padre era el que lo había recordado.

                Luego de todos los típicos chequeos y de que nos dijeran que se trataba de un macho y de una hembra Border Collies, no sé exactamente qué sucedió después, pero de repente yo tenía una perra y mi prima Amy un perro.

                Ninguna de las dos habíamos tenido mascotas antes, por lo que lo experimentamos juntas por primera vez. ¿Que por qué los llamamos Artemis y Apollo? Si los nombres te suenan de algo, se tratan de la diosa de la caza y el dios de muchas cosas, pero principalmente de las artes y de la luz de la verdad. En la mitología griega, son hermanos mellizos, hijos de Zeus y Leto. En esa época, a ambas nos fascinaba la mitología griega, por lo que no tardamos mucho en darles un nombre.

                –Luces pensativa.

                La voz de Amy me regresó al presente. Bajé la mirada del cielo y le di una media sonrisa. Llevaba puesto su conjunto deportivo de un rosa chicle.

                –¿Gimnasio?

                –Tengo que bajar esos brownies que comí de postre –bromeó con un guiño de ojo cómplice. –¿Tú te quedarás aquí?

                –Hace años que vivimos juntas. ¿Qué clase de pregunta es esa? –le pregunto con un tono de diversión.

                –No hay chances de que me acompañes, ¿verdad?

                –No –si puedo evitar los lugares públicos, mejor.

                –Bien, al menos eres honesta –dice, encogiéndose de hombros. –Los veo más tarde, niños –saluda a los perros con una voz aguda y graciosa.

                Nos despedimos con un gesto de mano y observo cómo se va caminando por la calle con su larga coleta alta siguiendo los movimientos de su cuerpo.

                Hubo un tiempo en que Amy era obesa, y me refiero a que le hacía mal a su salud. Comenzó a ir al gimnasio y a comer una dieta recetada por una nutricionista. En dos años logró bajar los kilos que tenía de más, pero siguió con esas costumbres por gusto propio. Tiene un cuerpo con unas curvas impresionantes que ama demostrar al resto porque ella misma las ama. Eso es algo admirable en ella, la verdad.

                –¿Ya están listos para entrar? –les pregunto a los perros. Ambos ladran felices y se acercan hasta donde estoy. Los acaricio por un rato y finalmente entramos al interior de la acogedora casa de mis tíos, no sin antes echar un vistazo al exterior de mi casa para comprobar que todo estuviera en orden.

                Lo bueno de vivir con mis tíos era que podía comprobar con facilidad que mi casa vacía estuviera bien. Vivíamos en la misma calle, a tan sólo unas dos casas de distancia.

                Doy un último suspiro antes de entrar y dirigirme al cuarto de huéspedes que hace años se convirtió en mi segunda habitación.

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