El Exorcista de los Anhelos

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Capítulo 7: Como la Luz para las Moscas

Como la Luz para las Moscas  
                                                                                                 Autor: Vanessa Sosa  

                                                                                                                                                                                                 
Apuraron los surcos de dos estrellas que se cernieron, fue una ávida perdición, porque, ¿quién habría querido desenvainar la hoja fría que perforó el órgano vital de los luceros?
Los cielos trémulos, condenados a perecer en una gracia abismal, decayeron, ahora imaginaban por si solos la desventura. Brillan como la punta de una flecha en el ocaso, y miran a través de la perforación de dónde nacía la luz. 

El orfebre, presenció la espina dorsal de su níveo verdugo, empuñando una lágrima febril y amaneció como una fuente colosal: las cornisas de su infierno se abrieron y presurosos, como cantos siderales, entonaron la fuerte liberación de sus pecados expiados, redimiéndolo. Abrazó al domador de su extinguible oscuridad y profanó sus labios, fue el más misericordioso, pues logró atravesar aquellos ojos sin descanso, al igual que sus manos solícitas de caricias.  

¿Qué tan avanzado fue su tiempo? No se sabe, porque quizá el tiempo se detuvo, para él siguió, avanzó; siguió un óbito, se alzó, remontó y se detuvo incansable, apurándose, porque
parpadearon los sueños como estrellas y todas las melodías nacidas de sus infiernos.


Abrigó con la tersura de unos vocablos, el secreto de su existir. Fue una estrella devuelta al seno nocturno y una colmena de ataviadas incandescencias, rugieron desde el trono del ocaso más íntimo: pugnó cada rastro, como si jamás hubiese escrito la caricia de sus velos cósmicos.  Aquella era la huella de su no existir, la tranquilidad que mecía una cuna sin nombre, sin recuerdo, ni siquiera el más mínimo perfume logró apreciarse, pues era como alumbrar el rincón del mundo y dispersar las arenas de la sombra.  

“Rasgaré y condenaré el silencio, si por tanto tiempo fue ella, la doncella que proyectó en mi esta pesada sombra, ahora seré en ella mi medio, y retornaré en ella, la voz del mundo no se apagará. Me camuflaré en un edén que despiste hasta las pestañas de donde se sostienen tus preseas perfectas, oradas por tu creador, cantor de sueños.

Mi liberación está abrigada por el olvido, pero las memorias están escritas no sólo en mis cielos, el amor fluye desde lo más inestable, dónde el desequilibrio se libera: la gota será la raíz y el fruto, será el batir de las alas, y la flor. Las ciénagas ya no poseerán mis ataduras, relevaré los ríos y las lagunas y en ellas encontrarás, cada fibra larguísima de mí, orador de maravillas.

No extingas la luz, porque ella es mi guía, que no parpadee el temor de tu empuñadura donde, ella fue mi liberación y seré por tanto, agradecido. Entrégate a mí, el ciclo ondeará suave, seré el terso lino que te cubrirá de caricias, porque el silencio ya no será más orquestado, ahora soy la Voz y mi mundo prometido será la melodía de tu canto, celestial existir.

Serás mi lenguaje en devoción, pues he puesto en ti un conjuro que pronunciaré y todo cuánto fui, te bañará de sidéreos inmortales que sostendré hasta la garganta estelar. Permítete olvidar: un instante acogerá tu corazón y será un capullo, pero la crisálida será un delicado signo de señas porque el batir de las alas aún es muy pronto, por ello, cuidaré de tu exhalación como el primero de quien te vio nacer. Seré el álgido respiro que oprima tu pecho, porque mi razón ha de ser en ti, la llama que baila sin extinguirse.

Es mi protección hacia ti y mi promesa de perdurar hasta que nuestros cielos se abran y de ella, renazca mi esencia transfigurada, seré contigo como la gracia divina, sostendré tu sueño y liberaré el amor de aquella crisálida esfera que nos apartará por un efímero instante, pero más he de amarte con la esencia de todo cuánto existe, del redoble de tu protección creadora no es importante, porque seré contigo hasta el suspiro que exhales, seré tu canto de mi nombre y sabrás con ello, que mi oportunidad de amarte eterna será.          

Luciérnagas oriundas del sueño de los dioses,        
Sean testigos célebres de las pisadas etéreas          ,
De dos efímeros amantes suspendidos en un universo sin fin,      
Aprisionado en el centro de una lágrima, vestida de nubes de azucenas, 
Ella silenciosa, se abre, tupida en los ojos del caballero y la doncella,       
Cual ventana con flores entrelazadas, y que como una sola,          
Despierta todas las cosas ocultas que han existido en el interior de lo inimaginable,      

Mientras sin prisa bailan juntos en el ocaso,           
Juntos despiertan bajo la sonrisa de años hechizados,       
Escriben con la tinta de las benévolas historias,      
Y bajo soles, lunas y estrellas,          
Las estaciones de sus corazones.      
 
Los nenúfares ornaron el fin sobre la memoria, y las fábulas del tiempo guardaron la magia de los amores eternos, en la luz de las lámparas sagradas, forjadas y encendidas con decoro en la silente medianoche, heraldos de la realidad de su existir que presidieron la mítica unión de los amantes. Y embelesos, gravaron el perfume de un prodigio inocente, más allá de las imágenes transparentes que halagaban, y colmaban, los recovecos entretejidos en un sonoro llanto de alegría.      

La oración anhelada de un beso, y el estallido de mil corpúsculos circundantes en sus corazones, escribieron milagros desconocidos en cada una de sus vidas, y así, dibujaron el credo del perdón y la majestad omnisciente en los colores de sus tupidos ojos, en el océano álmico que representaban sus continuas encarnaciones y en el trémolo rezo de amaneceres y atardeceres ya unificados.

 Así, y sólo así, el rey coronó al príncipe en la cuna del arcoíris de sus sueños más amados, y jamás olvidados. Y le cubrió con un jardín de árboles renacidos, en un mundo inesperado en el que caminantes nocturnos y extraviados, por siempre hallarían el descanso; y celebrarían el nacimiento bendito de la gracia plena.  Y engulló con delicadeza las agonizantes pesadillas que penaban ya acariciadas de indulgencia, conquistadas con afinada serenata, desnudadas desde un silencio blanco, y arrojadas más allá del regalo pintado en su universo.         Vivieron juntos el silencio y la música, que cada uno irradiaba, y hablaron de la sed de sus historias para siempre inmortalizadas.        

Y el amor inundó los pozos de sus deseos, rendidos a los pies de la melodía orquestada por el verbo y la vida, ahogada la eterna fuga de las cascadas de la memoria, las huellas mudas y abandonadas de sus pies reaparecieron en las arenas desnudas de su océano, y reconocieron el camino de retorno hacia el magnánimo paraíso prometido.       

Y así se tiñó y derramó la belleza, y así se vertió el más doliente himno de tristeza, en ese fragmento de historia. Quizá un suspiro de invierno, quizá un rastro de efervescencia en un océano de colores, quizá la llamada más prodigiosa, fue aquello que encontró ese eclipse que se separaba, una vez que albergó calmo la música etérea de la felicidad de los amantes, pues no hubo tormenta en su existir. Su llanto se enterró en pleno cielo, una única lágrima que incendió los últimos vestigios de oscuridad, donde ya se descolgaban las más inquietantes estrellas, que germinaban ya inocentes en el silencio del desconocido fenómeno nocturno.
Y ya no existió el principio ni el fin, en el mundo donde intercambiaron oníricos poemas y la gloria más dulce, pues con retazos de memorias redecoraron la estampa que los hacia dos seres colmados, ya despiertos, ya librados; cuyos órganos vivientes calaban hondo en un vals interminable. Un baile que inmortalizaría ese instante en que uno de ellos abrazó al más encantador rastro de penumbra, cegado por el sonido emitido, cual suave hechizo, en la entonación resurgida desde un universo coronado de verdades luminiscentes.                     

Allí una mañana ingenua se consagró en el horizonte de los paraísos sin fin, y no desató la espesura de sus destinos, glorificado el instante en que sus encarnaciones, en la eternidad y en la nada, reencontraron el aliento a través de una voz de otro mundo, y una rosa prometida; devotos siervos de los cuentos que contemplarían desde un nuevo señorío. Porque allí donde el níveo verdugo desvistió el rostro velado de las estrellas que agonizaban, avistó en ellas unificadas la ópera de su creación, una encarnación que aunque demacrada, hallaba el camino retorcido al abismo de una lúcida poesía; en la que saboreó desde su interior el aroma de su visión, y desde la cual abrazó la sinfonía removida de quien con un beso, le habría sentenciado a una insalvable fantasía. Fantasía que eternamente prevalecería en las leyendas y boca de los dioses, y que por siempre escribirían y contarían el encuentro de dos realidades afines.

Y en el despertar abrigó el instante en que un sólo gesto, similar a una caricia redentora, si acaso una plegaria fidedigna, desató en su interior mil mundos apagados, pues todo aquello que manara del ahora redivivo, le habría de pertenecer como si un solo ser floreciera unificado, sólo a través de una candorosa sinfonía de ensoñación, sólo a través de un instante de perdición que a ambos le perteneciera, quizá como una abominación libre de pecado original. Porque sintió cada uno de sus latidos al unísono con el del inmortal orfebre, cesando ya en su don una llama de esperanza que se abría paso a través del tiempo y del espacio tejido en torno a su majestad, pues lo oyó próximo, y en su cercanía alcanzaba a pronunciar su nombre, como un protector invisible que se impelía sobre él y le bendecía con su imaginaria presencia.         

“Oriundo hijo de la aurora”. Revelaron sus ojos vestidos de ceguera, la luz más pura jamás erigida, que lo vio nacer, y constató el sepulcro de todas sus agonías, ensalzadas en la piel de su extraviada justicia ya reconquistada. Su voz fue un arrullo, envolvente, tierno, cual estación de primavera en el más inhóspito desierto, y con ella quiso acariciar con un frágil soplo de su aliento aquel ser nacido en la más remota estela, y con casto beso trató de encantarle para que no se desvaneciera.          

“Servidor y excelso poeta de los luceros universales, tu que vives en mi corazón, tu que reinas en este crepúsculo de silencios perennes, conquista los albores de los mundos que han nacido por y para ti, y descubre desde tu invisible morada a mis inevitables oraciones, pues jubiloso anhelo el despojarte de tu disfraz, que ante mí, luce como la encarnación más prodigiosa jamás creada; pues aunque voz eres, rememorarás el paso de cada alma en este vasto universo sin lunas, sol o estrellas.       

Así estrecharía desde mi prisión la excelsa melodía de tu grandeza, porque tú has de ser la voz que more en cada uno de los corazones que jamás han sentido el privilegio de amar, como tú mismo has amado, y encontrado la felicidad que ningún otro ser pudo hallar en la más pacífica oscuridad desde donde tu silenciosa petición, con deleite, se hubo de transfigurar en la perfección de mi más deliciosa obra, sin el decoro de quien padece una innegable desventura.           

Tú, la más magnánima criatura, obsequio de la vida y la muerte entrelazadas, vive en mí, pues seré el templo que te aguarde, cada vez que quieras descansar en una marea de sosiego, enhebrando cada paso tuyo en una entrega esplendida; decorando cada una de mis lágrimas y envolviéndome en tu  paraíso prometido. Seré la libertad, una deidad disfraza, obra del deseo de tu grandeza, el sol de medianoche destinado a revelarte el sendero de la inmutable paz que reina en esta realidad compartida”.          

Fin.

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