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allpaleer

Capítulo 2

–¿Qué tal si hacemos un Monopoly gigante? –ofrece Amy, sentada en el asiento del copiloto.

                Creo que había una única cosa positiva de los meses en que mi padre se ausentaba: que podía usar su camioneta para trasladarme con facilidad. Igualmente, si me dieran a elegir, preferiría jamás conducirla pero tener a mi padre cerca todos los meses del año.

                Dejo esos pensamientos a un lado para concentrarme en la conversación con Amy mientras nos guío por las calles resbaladizas por la lluvia hasta casa luego de un día agotador en el instituto. Ya había cesado de llover, pero el asfalto continuaba húmedo.

                –Ese juego es interminable –le digo con las cejas enarcadas. –Es decir, no es aburrido, pero sólo se termina si luego de siete horas alguien pierde todo el dinero o simplemente se cansa de jugar.

                –¿Te gustará alguna de mis ideas alguna vez? –deja la pregunta exasperada en el aire.

                –Perdona si no estuve de acuerdo en crear una aburrida sopa de letras con palabras que sólo a alguien sabelotodo como tú se le ocurrirían –me burlo.

                –Oye, las sopas de letras son divertidas –se quejó, cruzándose de brazos.

                –Bien, lo son, ¿pero no se supone que debían ser actividades originales? Una sopa de letras no es original –le recuerdo.

                –Pero un Monopoly tamaño real sí –dice con una amplia sonrisa. Yo bufo pero no puedo evitar reír.

                Llegamos hasta nuestra calle y estaciono en el garaje de mi casa para luego caminar junto a Amy hasta la suya con nuestras mochilas colgadas a los hombros.

                –¿Alguna noticia de tu padre? –me pregunta mientras avanzamos hombro con hombro.

                –No. La última carta que recibí fue en Año Nuevo –aclaro con disimulada despreocupación. Habían pasado exactamente diez días, y pese a que sabía que sólo puede escribirme dos veces al mes y eso probablemente sería la semana siguiente, no veía la hora de que sucediera. Necesitaba leer sus palabras.

                –Oh, claro –dijo Amy, como recordándolo.

                No volvió a hablar sobre el tema, pero por el movimiento inquieto de sus manos me percaté de que se estaba aguantando una pregunta.

                Y sabía exactamente cuál era: ¿Alguna noticia de tu madre?

                Ella también se había comunicado conmigo por última vez en Año Nuevo, pero a diferencia de mi padre, hablábamos por teléfono; aunque ella era la que hablaba. Me contaba cosas de su vida en Chicago y yo sólo respondía con monosílabos, como de costumbre.

                Lo último que me dijo fue que le estaba yendo excelente como camarera en un restaurante de cuatro estrellas en una zona muy privilegiada del estado. Bien por ella, supongo.

                No sabía cómo me sentía exactamente con respecto a ella. No se suponía que respondiera sus llamadas (ella era la que me llamaba; yo jamás lo hice). Al menos, nadie en mi familia lo hacía. Y tampoco puedo explicar por qué lo hago, qué me incita a presionar el botón verde de contestar llamada cuando mi teléfono suena y su nombre aparece en la pantalla con letras claras y grandes.

                Pero en ese momento no tenía ganas de pensar en nada de eso. Hay temas que es mejor evitarlos.

                No es cierto, Cassidy. Te equivocas.

                Pero en fin, me centré en el presente y abracé con fuerza a Artemis en cuanto Amy abrió la puerta de su casa y los perros salieron a toda prisa, como si nos hubieran estado esperando allí mismo (cosa que probablemente hacían).

                Solíamos salir de clases a la hora de almorzar, exceptuando por los martes y jueves ya que teníamos talleres extras y terminábamos saliendo a las tres de la tarde. Hoy era martes, y como todos esos dos días, lo primero que hicimos fue llevar a los hermanos griegos (ese era el apodo con el que nos referíamos a nuestras mascotas) a dar un paseo.

                Nos gustaba dejarlos que rondaran libremente; después de todo, siempre nos terminaban siguiendo. O, bueno, nosotras los seguíamos a ellos. Aunque había un pequeño detalle: a Artemis le encantaban las motocicletas. Ladraba y daba saltos con alegría cada vez que veía pasar una. Sin embargo, la emoción sólo le duraba ese momento, y se desvanecía en cuanto la motocicleta desaparecía de su vista.

                Pero hubo una única vez en la que perdió totalmente el control en cuanto se percató de que unas cinco pasaban a toda velocidad por nuestro lado. Cuantas más juntas veía, más se desesperaba.

                Sin darme tiempo a procesarlo, comenzó a perseguirlas como si se trataran de un juguete. Y había una en especial que había captado más su atención: la que iba atrás del todo.

                Por un mínimo momento, el terror me consumió y creí que la atropellaría. Artemis se acercaba muchísimo a los neumáticos y temí lo peor. Sin embargo, por alguna buena suerte aleatoria, la conductora se percató de los ladridos de mi perra y comenzó a desacelerar hasta detenerse por completo.

                Por supuesto que yo no podía decirle nada más que lo siento porque tenía la garganta completamente cerrada y el corazón demasiado acelerado. Igualmente, Amy estaba conmigo, por lo que fue ella quien se encargó de agradecerle por no haberle hecho daño a Artemis. Nos recomendó que le pusiéramos una correa, y les prometo que lo intenté al día siguiente, pero la perra se negó rotundamente. Se la quitaba constantemente (aprendió muy rápido a cómo hacerlo), por lo que me rendí y comencé a esperanzarme de que algo así no volvería a suceder.

                En fin, ahora íbamos caminando tranquilamente por las calles de nuestra ciudad hasta llegar al centro. Había mucho movimiento típico de una ciudad, pero estábamos en Portland, una de las ciudades más ecológicas de los Estados Unidos (si no me creen, búsquenlo en Wikipedia), por lo que la naturaleza abundaba y brindaba vistas preciosas.

                Nos detuvimos frente a una pequeña tienda de ropa de segunda mano debido a que, como era de esperar, algo en la vidriera captó la atención de Amy. Los perros también se detuvieron, y comenzaron a olisquear los árboles cercanos.

                –Oh, por Dios. ¿Has visto esos jeans?

                Me señaló unos celestes con un encaje de flores blancas que recorría toda la pierna derecha.

                –Son bonitos –comento, distraída.

                –¿Te importa si entro a probármelos? –me pregunta con un brillo de emoción en sus ojos castaños. Yo río.

                –Claro que no. Me quedaré a cuidar a los hermanos griegos.

                Amy me agradece y entra en la tienda con un aire de alegría característico de ella. Mientras tanto, yo me volteo hacia la calle para mantener la mirada sobre los perros.

                Me doy cuenta de que están comenzando a alejarse para olfatear más plantas, por lo que empiezo a seguirlos a paso relajado.

                Tendría que haber prestado más atención al camino. No me gustaban las compras, pero mirar vidrieras mantenía mi mente distraída, por lo que eso hice para olvidarme del hecho de que ahora sólo estaba en compañía de dos animales.

                Pero entonces dejé de observar el interior de los negocios debido a que estábamos pasando por la boca de un callejón en la que estaban estacionadas cinco motocicletas. Ya habíamos avanzado dos calles enteras.

                ¿Alguna vez oyeron esa frase que dice que hay más probabilidades de que te suceda algo interesante si sales de tu casa o de tu zona de confort? Bueno, en aquél tiempo en que mis padres estaban casados y vivíamos todos juntos, me decían eso pero agregando la palabra sola después de salir. Es decir, salir sola de mi casa o de mi zona de confort teniendo en cuenta que si salía, siempre lo hacía con alguien, mayormente con Amy.

                Por supuesto que los ignoré porque para mí no tenía sentido o era una manera estúpida de decirme que tendría que salir a solas más seguido.

                Entonces me sucedió lo de Artemis y Apollo. Esa había sido la primera tarde que salí sola y definitivamente me sucedió algo completamente inesperado y fuera de lo común. O sea, aterrador.

                En ese momento no lo había relacionado con lo que me habían dicho mis padres. Después de todo, lo había olvidado porque para ese entonces había pasado tiempo desde que mi madre desapareció de nuestras vidas.

                Pero ahora que estaba en una calle desierta asegurándome de no perder de vista a los hermanos griegos, ante el inminente silencio oí unos murmullos. Se escuchaban tensos y apresurados, pero no lo consideré algo importante. Los perros seguían avanzando, por lo que no me quedó otra opción más que seguirlos.

                He aquí mi error.

                Tal como había estado la tarde anterior acompañando a mis perros a hacer sus necesidades afuera, sólo tenía visibles los ojos debido a todos los abrigos que llevaba encima, por lo que me sentí un poco más segura al voltear la cabeza hacia un lado y ver qué estaba sucediendo en el callejón pero sin detenerme para no llamar la atención.

                Los perros habían pasado por allí como si nada, por lo que pensé que sólo se trataba de un grupo de gente reunida.

                Y estaba en lo cierto, pero mis ojos se posaron en ellos en el mismo instante en que uno de ellos, un muchacho de gran altura, intercambiaba un pequeño paquete con un hombre que parecía mayor que él y que le estaba entregando un rollo de billetes bastante grueso.

                Está mal prejuzgar. Mis padres tuvieron la decencia de enseñarme eso, por lo que intenté con todas mis fuerzas no aferrarme a la primera conclusión que había sacado: que me encontraba frente a un proveedor vendiéndole droga a un comprador.

                Podría ser cualquier cosa, ¿verdad? Es decir, era un simple paquete rectangular que no estaba abierto en ningún sitio, por lo que no se podía ver lo que contenía.

                Caminaba a un paso normal, es decir, literalmente me veía igual que una persona común pasando por la boca de un callejón con desinterés.

                El problema era que no me di cuenta de que los estaba mirando fijamente a medida que iba avanzando, demasiado concentrada en descifrar qué estaba sucediendo como para centrarme en seguir pareciendo una persona común y corriente que pasaba por allí.

                Todo habría resultado excelentemente bien si una de las personas, una muchacha de largo y espeso cabello rizado, no hubiera levantado la mirada del suelo en ese preciso instante.

                Pero lo hizo.

                Y me vio.

                Y yo la vi.

                No sé por qué, en verdad no lo sé, pero me detuve en seco como si me hubieran atrapado cometiendo un delito.

                De hecho, sí sabía por qué: el pánico estaba comenzando a apoderarse de mí.

                Y todo se fue aún más al carajo cuando la muchacha le tocó el brazo al hombre que estaba a su lado, con un llamativo cabello rojo cobre agitándose con la brisa invernal.

                Él clavó sus ojos profundamente azules en los míos en cuanto oyó lo que fuera que le susurró la otra muchacha.

                Tragué la poca saliva que tenía en la boca y continué mi camino mirando al frente.

                –Hey.

                El hombre me estaba llamando. Mi corazón golpeaba mi pecho con demasiada fuerza.

                –¡Hey, detente!

                Apresuré el paso.

                –¡Elijah, ayúdame!

                Y cuando escuché pasos apresurados detrás de mí, comencé a correr.

                Jamás se me dio bien la resistencia ni la velocidad, pero en este momento me estaba moviendo más rápido que nunca. Hubiera estado orgullosa de mí misma si no tuviera a dos tipos detrás de mí gritándome:

                –¡Detente en este instante!

                Una de esas voces era la misma del que habló primero, por lo que sabía que era del hombre de cabello rojizo. Sonaba tan amenazante que me helaba la piel. O quizás era el frío.

                Estaba llegando a la esquina cuando me di cuenta de que debería haber echado a correr hacia el otro lado para regresar a donde había más gente. Aquí sólo estábamos esas personas desconocidas y aterradoras y yo.

                Oh, mierda.

                ¿Dónde están Artemis y Apollo?

                El terror me drenó por completo y las piernas me temblaron al punto en que me dejaron caer de rodillas al suelo helado y resbaladizo. Ya sentía las lágrimas rodando por mis mejillas.

                Sin previo aviso, dos manos me tomaron un brazo y otras dos el otro y me pusieron de pie con un tirón.

                –Cierra la boca –me susurra el hombre de la izquierda, el pelirrojo, mientras me arrastra de regreso al callejón con ayuda del que parecía llamarse Elijah.

                ¿Me resistí? Si mover las piernas y los brazos como una maniática cuenta como resistirse, sí, lo hice. Pero tenía la garganta cerrada y no podía pedir ayuda. No podía gritar, sólo susurrar por favor, no unas trescientas veces.

                Estaba perdida. Me asesinarían allí mismo.

                De regreso al maldito callejón, los dos hombres me lanzaron al interior del mismo. Debido a que no era muy profundo, pude apoyar mi espalda contra la pared del fondo.

                De repente me encontraba rodeada de los dos que me atraparon, de la chica de rizos, de otra muchacha de un llamativo cabello azul marino y de otro hombre que era el que había visto entregando un paquete extraño. Al parecer, quien fuera que lo había comprado había huido en cuanto supo que lo vi.

                Las cinco personas frente a mí, pese a que estaban cubiertas por abrigos, pude ver por sus rostros que debían de tener entre veinte y veinticinco años. Aun así me intimidaban demasiado, en especial porque los veía demasiado altos (aunque se los está diciendo una joven que mide un metro sesenta y cinco).

                La muchacha de maravillosos rizos oscuros entrecierra los ojos al mirarme de arriba abajo de una manera inquisitiva y es la primera en hablar:

                –Vaya, pero si es la Chica Disculpas.

                ¿Se supone que debería entenderla? Apenas podía procesar lo que decía. Todos me estaban mirando como si fuera su presa. Me imaginé que en cualquier momento alguno de ellos sacaría una navaja y me rebanaría las tripas. Ese pensamiento me hizo estremecer incontrolablemente.

                –¿Qué? –le preguntó la muchacha de cabello azul con la misma confusión que yo sentía.

                –Nada, la vi una vez por ahí –respondió con desinterés y un encogimiento de hombros.

                Estaba tan aterrada que ni siquiera podía entender sus palabras. Más tarde me daría cuenta que sí, efectivamente nos habíamos visto una vez.

                –Bien –dice de repente el pelirrojo. Era el más alto de los cinco. Avanzó hasta quedar a sólo unos centímetros de mí. Yo mantuve la vista fija en mis Converse. Me mordía el labio con tanta fuerza que probablemente ya comenzaría a sangrar. –Sabemos lo que viste, niña –me advierte en un tono bajo de voz. –Puede que seas inocente e indefensa, pero no serás tan imbécil como para ir a reportárselo a alguien, ¿verdad?

                No respondí por dos razones: primero, porque no sabía qué había que decir ante estas situaciones; y segundo, porque la voz se me había ido. Tuve que abrir la boca para dejar entrar un poco más de aire porque mi pulso ya estaba más acelerado que el motor de un avión.

                El hombre bufó y sin previo aviso utilizó una de sus manos enguantadas para tomar mi mentón con fuerza y levantar mi rostro hasta que nuestros ojos se cruzaran.

                –Habla de una puta vez –espeta entre dientes. Sus ojos azules chispeaban de la ira.

                O quizás de los nervios. Sabía que los había encontrado haciendo algo ilegal.

                –Di que no dirás nada y quizás te deje ir ilesa –murmuró, acercándose aún más a mí.

                Pero el aire había dejado de entrar a mis pulmones.

                Hice algo que no podría haber hecho estando completamente consciente: quité mi mentón de su mano y lo empujé hacia atrás desde el pecho. Al principio, él se tambaleó de la sorpresa y me miró por unos segundos con completo asombro.

                Y mientras tanto, yo comencé a hiperventilar.

                No lo había apartado porque me asustaba tenerlo cerca; lo hice porque me estaba sintiendo sofocada.

                Y pese a que se mantuvo alejado de mí, no logré recuperar mi ritmo de respiración. Comencé a inhalar con desesperación, llevándome una mano al pecho, pero nada pasaba. El corazón me golpeaba con cada latido, haciéndome verdadero daño. Mi vista comenzó a nublarse. Empezaba a ver pequeñas estrellas alrededor de mi visión periférica.

                –¿Qué le sucede? –oí que preguntaba uno de ellos.

                Comenzaron a hablar apresuradamente entre ellos, pero dejé de distinguir las palabras. Tenía un gran nudo en la garganta que no me dejaba tragar, y mis pulmones me gritaban en los oídos por aire que no podía darles.

                No sé con exactitud en qué momento pasó, pero comencé a deslizarme por la pared hasta caer sentada en el suelo. Seguía aferrando una mano a mi pecho mientras que con la otra sostenía un mechón de mi cabello. ¿Por qué? No lo tengo claro, la verdad. No tengo nada claro en estos momentos.

                De repente, entre tantos murmullos y conversaciones agitadas, alcancé a distinguir una voz femenina diciendo con impaciencia:

                –Imbéciles, está teniendo un ataque de pánico.

                Solo miraba sus pies porque no me atrevía a levantar la mirada, por lo que visualicé cuando la chica de rizos con borcegos bordó se abrió paso entre sus compañeros para acercarse hasta quedar frente a mí. No lo pude evitar y comencé a inhalar bocanadas con más intensidad.

                –Hey, hey, deja de hacer eso.  

                Tengo que admitir que me sorprendió la suavidad en su voz. Se acuclilló para estar a mi altura y puso una mano en mi hombro mientras con la otra apartaba la bufanda de mi boca para darme más espacio para respirar. Yo me estremecí en respuesta con la vista aún nublada.

                –Mírame, ¿puedes? Mírame.

                No, no podía. ¿Qué no se daba cuenta de que ni siquiera podía respirar?

                Mi desesperación aumentó todavía más.

                –Hey, necesito que me mires –hizo una pausa y agregó en un susurro apenas audible: –Por favor.

                No sé por qué, pero esas palabras elevaron mi mirada sin quererlo.

                Me encontré con unos brillantes ojos miel escudriñando mi rostro con una inesperada preocupación. Algo en su expresión se suavizó al verme a los ojos.

                –Dame tu mano –siguió hablando con ese tono tan tranquilizador que me recordaba a una sola persona. Más lágrimas resbalaron por mis mejillas. –Shhh, está bien, estás bien.

                Por supuesto que no lo estaba, pero me intenté aferrar a sus palabras. Dejé que tomara con cuidado mi mano (la que estaba sosteniendo con firmeza un mechón de mi cabello) y muy para mi sorpresa, la llevó hasta su pecho.

                Lo sé, eso se puede malpensar con mucha facilidad. De hecho, yo misma quedé un poco confundida en cuanto hizo eso.

                Pero luego lo sentí.

                Cómo subía y bajaba. Una respiración normal, completamente diferente a la mía.

                –Intenta imitarme, ¿sí? –me incitó con una media sonrisa. Sus labios eran oscuros y gruesos. –¿Puedes sentir el movimiento? Haz lo mismo que yo.

                Colocó su otra mano sobre la mía en mi pecho y mantuvo su mirada en la mía mientras inhalaba y exhalaba a un ritmo pausado y repetitivo.

                Y yo la imité. ¿Por qué? ¿Por qué imitaba a una desconocida? ¿Por qué imitaba a la muchacha que me delató haciendo que sus compañeros me capturaran y me metieran en este desastre?

                Porque esa misma técnica utilizaba mi hermano para calmar mis ataques de pánico.

                No entendía cómo rayos esa persona desconocida lo sabía, pero estaba haciendo lo mismo que Kyle cada vez que yo me desesperaba. Y funcionaba. Como ahora.

                Poco a poco mi visión se aclaró y mis pulsaciones se desaceleraron. En un par de minutos mi pecho se movía igual de lento y pausado que el de la muchacha. Dejé caer mi cabeza hacia atrás para apoyarla sobre la pared y dejé salir un suspiro de alivio. Para mi asombro, la muchacha soltó un suspiro idéntico.

                –¿Se encuentra bien? –oí que le preguntaba la otra joven de cabello azul. Me sorprendió oír verdadera preocupación en su voz.

                Abrí los ojos nuevamente poco a poco y encontré a la muchacha observándome con sus hipnotizantes ojos color miel.

                –Sí, está bien –terminó por decir al tiempo en que se ponía de pie.

                Otro gesto que no me esperaba: me tendió una mano.

                Tardé un par de segundos en reaccionar, pero finalmente la tomé y me ayudó a ponerme de pie. El rápido movimiento me mareó un poco, pero pude sostenerme con la pared detrás de mí.

                –Ni mis amigos ni yo te haremos daño, ¿está bien? –me habló, ahora a varios pasos de distancia para darme espacio. Asentí con la cabeza.

                –Exacto. No fue mi intención causarte… eso –dijo el pelirrojo con algo de incomodidad. –Lo lamento, es sólo que eres la primera que ve algo que no debería haber visto.

                Con que sí se trataba de algo ilegal.

                –Sabemos lo que viste, y tú probablemente también –continuó hablando la joven. –Sólo quiero pedirte que no saques tus propias conclusiones sin conocer la historia que hay detrás de todo esto. ¿Crees que puedas hacer eso?

                Me mordí el labio inferior, escondiendo las manos en los bolsillos de mi sudadera para disimular sus temblores.

                Aún se me dificultaba hablar, por lo que opté por volver a asentir con la cabeza.

                –Bien –dijo con una sonrisa aliviada. –Tú no dices nada a nadie y nosotros nos mantendremos a raya de ti.

                Me extendió su mano nuevamente, pero esta vez tenía otro significado: era para cerrar un trato.

                No tenía ni la más mínima idea de lo que haría en cuanto llegara a casa, pero sólo quería eso: llegar a casa. Por lo que dejé de titubear y le tomé la mano. Me la estrechó con una seguridad sorprendente.

                En cuanto nos soltamos, me dio una última mirada indescifrable antes de voltearse hacia sus amigos.

                –Vámonos de aquí de una vez –les dijo con verdadero cansancio en la voz. Los demás se mostraron de acuerdo y también me echaron una última mirada antes de salir nuevamente a la calle.

                Allí, salida de la nada, los esperaba Artemis, ladrándoles con fuerza y rabia. Mantenía sus ojos oscuros fijos en ellos mientras se subían a las motocicletas que estaban estacionadas en la boca del callejón y que no me había percatado que les pertenecían, colocándose los cascos y guantes casi al mismo tiempo antes de encender los motores y salir de allí a toda prisa.

                Una vez a solas, me tomé un momento para inspirar y dejar salir el aire lentamente. Artemis corrió a mi lado, lamiéndome las manos para calmarme.

                ¿Qué rayos acababa de suceder?

                No me dio tiempo a pensarlo porque comencé a oír otros ladridos muy familiares. Me apresuré a regresar a la calle justo a tiempo para ver a Apollo corriendo hacia mí. Amy venía detrás de él con la preocupación inundando su rostro.

                –¡Casi me muero de un infarto cuando los perros entraron en la tienda sin ti! –exclamó en cuanto llegó frente a mí. Me dio un abrazo tan veloz que no me dio tiempo a corresponderle. –¿Qué sucedió? Te ves pálida.

                Inconscientemente, observo la calle por la que desaparecieron las motocicletas.

                –Sólo… tuve un ataque de pánico –intento que mi voz suene relajada. –Pero ya estoy bien, no te preocupes.

                –¿Segura? Artemis se veía bastante alterada.

                Le eché un vistazo a mi mascota. Estaba sentada a mi lado y me observaba en silencio mientras le rascaba su lugar favorito detrás de sus orejas negras.

                –Le preocupan esos ataques, pero ya estoy bien –le digo a Amy con una media sonrisa forzada. Ella me mira con ojos entrecerrados hasta que finalmente parece ceder.

                –Bien, pero la próxima vez avísame si te vas a alejar –me reprende. Yo suspiro y asiento con la cabeza.

                –¿Qué hay con los jeans? ¿Te los probaste? –ese era mi intento por cambiar el rumbo de la conversación, y para mi suerte, funcionó.

                –De hecho, estaba a punto de pagarlos cuando los perros entraron apresurados a la tienda –señala. –¿Podemos regresar?

                –Por supuesto. Y lamento haberte asustado.

                Ella pone una de sus cálidas manos en mi hombro y le da un apretón cariñoso.

                –Lo que importa es que estás bien –murmura con una de sus sonrisas contagiosas.

                Mientras retomamos el camino hacia la tienda de ropa de segunda mano seguidas de nuestras fieles mascotas, no puedo evitar pensar en la muchacha de rizos impresionantes. No tenía idea de dónde había aprendido a calmar los ataques de pánico, pero definitivamente estaba agradecida por eso. Ni siquiera puedo imaginarme lo que hubiera sucedido si nadie me habría ayudado.

                Pero había otra cosa de ella que me llamaba la atención. Mi mente repasó la imagen de ella montándose en su motocicleta y colocándose el casco con notable experiencia, la manera en que se inclinó hacia adelante para echar a andar a toda velocidad…

                <<La vi una vez por ahí>>.

                De repente viajo en el tiempo y estoy junto a Amy paseando a nuestros animales un par de meses atrás. Oímos varias motos pasando por nuestro lado, y de un instante a otro veo cómo Artemis corre hacia ellos. Aún recuerdo perfectamente el miedo que sentí por si alguien la dañaba sin quererlo. Y luego veo a la motociclista desacelerando y aguardando a que yo las alcanzara.

                Lo único que me salía decir ante tanto terror era “lo siento”.

                <<Chica Disculpas>>.

                No cabía duda de que la misma joven que salvó a mi mascota aquél día fue la misma que me salvó a mí hoy.

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