Capítulo 3
Luego de ese episodio no volví a salir sola. ¿Y saben qué? No volví a meterme en ningún lío. Al parecer, lo que me decían mis padres era cierto, solo que a mí, en vez de sucederme algo interesante, me suceden cosas traumáticas.
Me encontraba garabateando aburridamente los bordes de una hoja de mi cuaderno de Cálculo cuando de repente alguien golpea la puerta del aula y la profesora Juno detiene su explicación.
–Lamento interrumpirla –se disculpa una secretaria. La profesora hace un gesto con la mano indicando que no se preocupara. –El director requiere la presencia de la señorita Landon en su despacho.
Continúo como si nada con los garabatos.
Momento.
¿Señorita Landon?
Mierda.
–¿Es hora de tu cita, Landon? –oí una voz grave y burlona unos asientos más atrás.
Por supuesto. Cuando eres una persona que no tiene antecedentes de malos comportamientos en el instituto, lo primero que piensan cuando un director o profesor requiere de tu presencia es para hacer algo sexual.
Me hubiera reído de su estúpido comentario si mi corazón no se acelerara tanto al tener todas las miradas sobre mí.
–No olvides el condón –murmuró otra persona. Ni siquiera pude distinguir si provenía de un imbécil o una imbécil.
–Silencio. Continúen con los ejercicios –los reprendió la profesora Juno. Cuando posó su mirada en mí, suavizó su rostro. –Tú ve, Cassidy. Tómate el tiempo que necesites.
Odiaba que me hablaran con ese tono de lástima como si le estuvieran hablando a alguien de diez años. Pero en fin, me había ganado esas actitudes con mis comportamientos de una niña de diez años.
Suspiro mientras guardo mi cuaderno en la mochila y me la cuelgo al hombro al tiempo en que salgo del aula lo más rápido posible. Sé que algunos alumnos siguen murmurando estupideces, pero me centro en calmar mi respiración y sigo a la secretaria.
Pasamos por varios pasillos repletos de casilleros y de carteles “optimistas” que decoraban todas las paredes. El que más predominaba era el del anuncio de la Segunda Feria de Invierno. Sería en dos días. Aún no podía creer lo rápido que había pasado el tiempo. No me emocionaba para nada.
Al llegar a la sala previa al despacho, la secretaria llamó a la puerta del mismo luego de dedicarme una sonrisa de lado. Yo desvié la mirada y me acomodé los lentes sobre el puente de mi nariz.
–¿Sí? –se oyó la grave voz del director al otro lado. La secretaria entreabrió la puerta.
–Señor, traje a la señorita Landon.
Sin ver el interior del despacho, oí cómo su silla de ruedas giratorias se movía como si se estuviera poniendo de pie. De un segundo a otro, abrió la puerta él mismo con una cálida sonrisa en su rostro.
–Cassidy, qué bueno que estés aquí –me dice. Yo sólo le dedico una sonrisa forzada. –Pasa, por favor.
Se hace a un lado, y mientras me adentro en la habitación, él le agradece a la secretaria y se despide cerrando la puerta. Se acomoda el saco beige de su traje y continúa con su sonrisa al tiempo en que toma asiento frente a su escritorio repleto de papeles y me señala la silla vacía al otro lado. Me siento en completo silencio, retorciendo mis manos por debajo del escritorio con nerviosismo.
No era la primera vez que me encontraba en el despacho del director Waters y estoy segura de que tampoco sería la última. Aun así, se me revolvía el estómago. Odiaba estar allí.
–¿Cómo estás, Cassie? –me pregunta, reclinándose en su asiento. Junta las manos sobre su abdomen plano.
–Bien.
Me observa por unos segundos. Yo estoy muy concentrada mirando un punto fijo en mis jeans.
–¿Cómo está tu padre? ¿Tuviste noticias de él?
Me mordí el interior de las mejillas. La verdad es que enero fue uno de los pocos meses en que no recibí su carta a mitad de mes. Sabía que no tenía que alarmarme. Él me lo había dicho.
<<No te preocupes si no recibes una carta. Tampoco dos. A la tercera, tómatelo con calma y avísales a tus tíos por si acaso. Pero no hay por qué alarmarse; no llegaremos a ese extremo. Me aseguraré de que mínimamente recibas una por mes, ¿bien?>>.
Lo gracioso era que se lo dijo a una adolescente con un trastorno de ansiedad. Mi especialidad era preocuparme incluso de lo más mínimo.
Igualmente mantuve una expresión neutra y me obligué a responder:
–Está bien. Se comunicó conmigo en Año Nuevo. Todo está bien –no sabía si lo estaba diciendo porque sí o para indirectamente calmarme a mí misma. El director Waters asintió lentamente.
–Me alegra saberlo –concluyó. –Sabes que cualquier cosa que te inquiete puedes compartirlo conmigo, ¿verdad?
Nos conocíamos desde hace casi doce años, por lo que había cierta confianza entre ambos; en especial debido al hecho de que muchas veces pasaba horas en su despacho debido a mis ataques de pánico. Aunque entre este año y el anterior no había sucedido tantas veces como antes.
Asentí en respuesta.
–Muy bien –soltó un suspiro. Luego me miró cautelosamente por un momento antes de preguntar: –No es obligatorio que respondas, pero, ¿has regresado al cementerio?
Me mordí el labio inferior tan fuerte que comencé a sentir el familiar sabor metálico en la lengua. Pasaron varios segundos en silencio hasta que comprendió que yo no respondería.
–Bien, está bien, lamento si no te agradó la pregunta –la sinceridad en su voz de alguna manera me relajaba. –Hay otra razón por la que quería hablar contigo. No sé si te has enterado aún. La terapeuta escolar ha tenido que renunciar por problemas personales a finales del año pasado, y recién hace una semana conseguimos a alguien nuevo que la reemplazara.
La palabra terapeuta enviaba un escalofrío por todo mi cuerpo.
–El punto es que ella está dispuesta a tratar contigo en el caso de que tú quieras.
Trago grueso y me pongo de pie demasiado rápido.
–No lo necesito –espeto entre dientes. Mis brazos y piernas temblaban.
–Tranquila, no te obligaré a hacer nada. Nadie lo hará –se apresura a decir, también poniéndose de pie. –Sólo quería hacértelo saber para que lo tengas en cuenta si en algún momento te sientes lista para hablar.
El director Waters es una buena persona. Siempre lo fue; un director dispuesto a ayudar a sus alumnos. Se esforzaba porque el instituto fuera un lugar lo más agradable y cómodo posible para todos.
Sólo tres personas supieron aceptar mi trastorno de ansiedad incluso antes que yo. Él era uno de ellos.
Por mucho tiempo intentó ayudarme de diversas maneras diferentes. Pero eso había sucedido luego de la muerte de Kyle, por lo que ya era demasiado tarde.
Yo no quería ayuda. La única vez que la quise, había provocado la muerte de mi hermano.
Sentía las lágrimas resbalando por mis mejillas incluso antes de voltearme para salir de allí lo más rápido posible. Oí que el director me llamaba y hasta me siguió un par de pasos, pero corrí hasta el primer baño de mujeres que encontré y me encerré en uno de los cubículos.
…………………
No recuerdo cómo continuó el resto del día, pero tampoco importa. Un par de horas después me encontraba en casa de mis tíos encerrada en mi habitación y acompañada por Artemis, y al regresar a mi zona de confort sentí que todo volvía a estar bien.
Los dos días siguientes volaron a la velocidad de la luz. Cuando me quise dar cuenta, la Segunda Feria de Invierno había llegado.
Adivinen qué hicimos Amy y yo.
Así es. El Monopoly tamaño real.
Puedo asegurarles que el proceso nos llevó las veinticuatro horas de todos los días que pasaron desde que Amy propuso la idea (exactamente veintidós días atrás). Igualmente, ambas amábamos las manualidades. Armamos un tablero y las fichas con mucho esfuerzo y con buena música de fondo. Debo admitir que quedaron geniales.
La feria sería a las tres de la tarde, por lo que teníamos toda la mañana y el mediodía para preparar el patio del instituto. Los alumnos del anteúltimo curso asistían para ayudarnos a montarlo todo. Me sorprendió encontrarme con que todos habían hecho un excelente trabajo, mucho mejor que la feria anterior.
Mientras Amy y yo comenzamos a desempacar las cajas con todo lo necesario en el sector del patio que asignaron para nosotras, por el rabillo del ojo percibí a dos alumnos del anteúltimo curso acercándose. Le hice una seña a Amy en su dirección. Yo no sería la que hablaría, por supuesto.
–¡Hola! –nos saludó alegremente una muchacha. Era Emma Moore. Casi todo el instituto sabía de ella. Era una de las estudiantes prodigio. Todos los años obtuvo de las mejores calificaciones, y siempre era la que ofrecía ideas para hacer del instituto un lugar mejor, junto con el director Waters. En resumen, era una chica con la que era agradable hablar. Y se los estoy diciendo yo, Cassidy Landon, la muda del instituto. –¿Necesitan ayuda con eso, chicas?
A su lado iba un joven de un tono moreno de piel muy similar al de Emma. Llevaba unos jeans rotos en las rodillas y un amplio abrigo rojo. Algunos mechones de su cabello morocho enrulado caían sobre su rostro juvenil.
–Nos vendría genial, la verdad –le dice Amy con una sonrisa de agradecimiento. Ambos alumnos asienten y terminan de acercarse para comenzar a abrir cajas.
Las habíamos traído en la parte trasera de la camioneta de mi padre. Era una camioneta común y corriente de color gris oscuro con uno de esos maletines alargados al descubierto. Era algo vieja pero me llevaba a todos lados, por lo que no me quejo.
–¿Qué actividad hicieron ustedes, chicas? –nos preguntó Emma.
Se encontraba a mi lado separando un par de cajas, por lo que aguardó una respuesta por mi parte debido a que era la que más cerca se encontraba de ella. Aun así, Amy fue quien tomó la palabra:
–Un Monopoly en tamaño real –dice al tiempo en que comienza a abrir el tablero con ayuda del otro alumno y lo esparcen por el suelo.
–Se ve genial –comenta él con las cejas enarcadas.
–Se tomaron muy en serio lo de la originalidad –exclama Emma con diversión.
–¿Ves, Cassie? Te lo dije –dice Amy en mi dirección, guiñándome un ojo de manera cómplice. Yo bufo, pero igualmente una sonrisa asoma a mis labios. –Por cierto, Emma, ¿cómo es que tu cabello luce espectacular todos los días del año?
Emma ríe con soltura. En verdad es una joven hermosa y radiante. Y Amy tiene razón: su cabello rizado castaño oscuro luce increíble. Y había algo en eso que me resultaba… familiar.
–¿Te digo el secreto? –le murmura con exagerada confidencialidad. –Una amiga de mi hermana es peluquera y siempre me recomienda distintos tratamientos para que no sea un completo desastre.
–Pues definitivamente daré una vuelta por esa peluquería –afirma Amy, ambas riendo.
Las horas siguientes se desarrollaron con bastante tranquilidad. Pese a que no aportaba mucha conversación, la presencia de Emma y del que descubrí que se llamaba Alan resultó ser muy agradable. Incluso se habían encargado de traernos el almuerzo desde el comedor del instituto y comimos juntos, sentados en una ronda para tomarnos un descanso. El hecho de hablar mientras estábamos ocupados haciendo algo era más sencillo para mí. De hecho, me sorprendió no sentir en ningún momento los latidos acelerados de mi corazón o esa presión en mi garganta.
Finalmente se hicieron las tres de la tarde y ya habíamos montado nuestro juego. El patio comenzaba a llenarse de gente debido a que los alumnos tenían permitido invitar como máximo a cinco personas, por lo que había gente de todas las edades: desde infantes hasta ancianos.
Yo no había invitado a nadie, por supuesto. Tampoco es que tuviera muchas opciones. Mis tíos trabajaban y mis abuelos paternos vivían demasiado lejos y no tenían vehículo. Esa era la única familia que tenía por parte de mi padre, y por parte de mi madre… bueno, básicamente ya no me hablaba con ninguno de ellos. Tampoco es que hubiéramos tenido alguna conexión alguna vez.
Si dejaban traer mascotas, al menos me podrían haber acompañado los hermanos griegos, pero no tuve tanta suerte.
En cuanto a Amy, no lo mencioné antes, pero estoy segura de que ya se lo imaginaron: ella es una persona muy sociable y fácil de entablar conversación con desconocidos, por lo que conoce gente de todos los sitios a los que va. Esta vez invitó a dos muchachas que una vez asistieron con ella a clases de pintura (mi prima lo terminó abandonando porque descubrió que no era lo suyo) y a sus tres primos por parte de su madre.
Me encontraba sentada detrás de nuestro puesto para vender boletos mientras ella era la encargada de explicar el funcionamiento del juego y de controlar que se desarrollara en orden. En cuanto a Emma y Alan, habían desaparecido entre la multitud para atraer a más “jugadores”. Después de todo, esa era otra de las tareas de los alumnos del anteúltimo curso.
A través de los parlantes que habían montado a un lado del patio se oían canciones modernas alegres y divertidas. Habían asignado a Jessica, una alumna de nuestro curso, para ser la DJ. Debo admitir que se le daba genial, además de que se la veía disfrutando de su trabajo.
Mi tarea era la más sencilla (al menos para mí): recibir el dinero y entregar los boletos diciendo un suave gracias por participar a cada jugador. Me sentía bien porque sabía que no me prestaban atención a mí, sino a la atracción que tenía detrás.
Mientras tamborileaba los dedos sobre la mesa al ritmo de “Ride” de Twenty One Pilots, unas risas estruendosas captaron mi atención. Me giré hacia la fuente del sonido un par de puestos hacia mi derecha.
Me atraganté con mi propia saliva.
Tuve que parpadear varias veces para comprobar que en verdad estuviera viendo lo que creía.
¿Recuerdan a ese tipo que hace tres semanas atrás me estaba intimidando para que no dijera nada de lo que vi en ese callejón? ¿Y al otro tipo que era quien había intercambiado el misterioso paquete por el fajo de billetes?
Efectivamente y para mi gran asombro, ambos estaban allí. Estaban jugando a esos típicos juegos en los que tienes que derribar todas las botellas para ganarte un premio (lo sé, a esos alumnos no les importó mucho la consigna de que las atracciones fueran más originales) y se reían y empujaban entre sí como dos adolescentes hormonados.
¿Qué rayos les sucedió a los tipos que hace unas semanas estaban amenazándome en un callejón?
¿Y por qué estaban allí? ¿Acaso alguno de mis compañeros los invitó?
Pues sí, Cassidy, es lo más probable.
Parecían dos personas completamente distintas. En verdad que no me lo esperaba. No podía quitar mi mirada de ellos.
–Con que la Chica Disculpas asiste al instituto Hawaian.
Primero que nada: sí, mi instituto lleva el nombre de Hawaian. ¿Por qué? No lo sé, la verdad. Juro que no tiene nada que ver con Hawái. Solo parece que los fundadores consideraban apropiado que este lugar se llamase así. ¿Quién sabe?
Segundo y más importante: di un salto en mi asiento en cuanto esa voz familiar llegó a mis oídos desde mi izquierda. Cuando me di la vuelta, unos brillantes ojos miel me observaban con diversión.
Me tomé unos segundos para apreciar la imagen que tenía frente a mí. Sí, era la misma muchacha de rizos castaños que vi en ese callejón; pero ahora, sin el nerviosismo y el terror de aquella tarde, podía observarla con más detalle. Llevaba unos shorts negros sobre unas medias de red del mismo color, y esos borcegos bordó con tachuelas plateadas que recuerdo de ese día. En el torso llevaba una chaqueta negra de cuero con el cierre hasta arriba, haciendo que se ajuste a su cintura. Por último, sobre sus espesos rizos reposaba un gorro de lana de un rojo oscuro que hacía juego con su calzado.
Se veía… Dios mío, su presencia era imponente e irradiaba seguridad y peligro a la vez. Estaba tan confundida y sorprendida por encontrarla aquí que lo único que podía hacer era mirarla ligeramente boquiabierta. Me debo de estar viendo como una imbécil.
–¿Todo eso lo hiciste tú? –me preguntó, señalando con el mentón el juego que se estaba desarrollando entre los cinco jugadores.
Una vez que pude quitar mi mirada de ella, me aclaré la garganta en busca de mi voz.
–Mi prima y yo –aclaré. Wow. Logré decir cuatro palabras seguidas a una desconocida. Eso sí que es increíble.
–Se ve genial –exclamó con las cejas enarcadas y una sonrisa de boca cerrada. Ese gesto me permitió notar que una de sus cejas, la izquierda, tenía un pequeño corte hecho a propósito.
Procedió a cruzarse de brazos y recargarse contra la pared que estaba detrás de ella, a un lado de nuestro puesto.
–Gracias –logré pronunciar por lo bajo. Desvié la mirada hacia la atracción para no quedarme atrapada en la profundidad de sus brillantes ojos.
–Y… ¿cómo te sientes?
No pude evitar enarcar las cejas al oír la repentina suavidad en su voz. Me volteé nuevamente hacia ella. Estaba centrada en las cortas uñas de una de sus manos.
–¿Qué? –pregunté, confundida.
–Ya sabes, con lo que sucedió la última vez… –hace una pausa, como buscando las palabras correctas. –Quería asegurarme de que lo que te ocurrió no hubiera traído consecuencias negativas.
Estaba segura de que hablaba de mi ataque de pánico. La miré algo desconcertada.
–Eh… no. Estoy… estoy bien.
Ella asiente con un ligero alivio.
De repente comienza a sonar “Slide” de Calvin Harris a todo volumen, haciendo que yo me sobresalte y que la joven frente a mí frunza el ceño en un gesto de desagrado.
–No puedo creer que haya gente que escuche esto –murmura con irritación.
–¿Hablas de la tendencia de hoy en día? –me sale tan espontáneo que hasta yo misma me sorprendo. Era tan extraño poder hablar con normalidad con otra persona que no fuera Amy, mi padre o mis tíos.
–Sí. Esa “tendencia” apesta –reprocha, haciendo comillas en el aire.
No puedo evitar sonreír un poco.
–Pues, no creo que puedas hacer nada al respecto. A mucha gente le gusta –le señalo con el mentón a las personas que se encuentran moviéndose al ritmo de la canción.
–¿Eso es un reto? –me pregunta con una ceja enarcada. La manera divertida en la que me mira me hace sonrojar inconscientemente. Bajo la mirada.
Ella ríe. Ese dulce sonido me eriza la piel.
–Bien, Chica Disculpas. Reto aceptado.
Estuve a punto de decirle que no lo decía a modo de reto, pero cuando vuelvo a levantar la vista, la veo caminando con seguridad hacia la cabina de DJ. Es imposible no notar la manera en que muchas personas se giran para poder contemplarla mejor. Pareciera que cargara una luz propia.
Percibo cómo se inclina hacia adelante para hablarle a Jessica más de cerca. Le dice algo a mi compañera que al parecer no la convence mucho, pero luego agrega un par de palabras que le hacen reír; luego asiente con la cabeza y comienza a tocar algunas teclas de su laptop. Leo un gracias en los labios de la joven misteriosa al tiempo en que le guiña un ojo y se voltea en mi dirección.
En vez de avanzar hacia mí, se me queda mirando hasta que Slide finaliza y se oye el comienzo de otra canción.
Empieza con lo que parece un bajo de una manera relajada al tiempo en que se suman unas exageradamente agudas teclas de un piano. Ese ritmo pausado y tranquilo continúa por unos veinte segundos y la gente no parece notarlo. Yo me quedo mirando la expresión triunfante de la joven. Parecía estar diciéndome toma eso.
Y de un segundo a otro, los demás instrumentos de una típica banda de rock y una voz masculina comienzan a sonar a la vez, enviando una vibración por todo el suelo. Gran cantidad de personas parece reconocer la canción y comienza a cantar y a bailar de una manera repentina y graciosa.
Pero pese a que el lugar estaba repleto, yo sólo podía verla a ella. Era una de las que también bailaba y cantaba, e incluso saltaba y se movía por todo el patio. Algunos se le sumaban. Entre ellos estaban los dos hombres que una vez había considerado intimidantes y aterradores.
Y ella… ella me miraba a mí. Me hacía gestos cómicos mientras pronunciaba la letra de la canción de una manera exagerada. Sus largos rizos se movían al ritmo de su cuerpo y parecían tener vida propia.
Uno de sus amigos, el de tez morena, parecía tocar una batería invisible al ritmo de la batería que se oía de verdad, mientras que el otro, el pelirrojo, simulaba tocar una guitarra.
Dios mío. Lucían tan… normales. ¿En verdad eran ellos los que vi en el callejón?
Yo me mantuve sentada detrás de mi puesto, pero aun así reía ante la escena que se estaba desencadenando frente a mí. Estaba acostumbrada a ser una espectadora de todo lo que ocurría a mi alrededor, y no me molestaba en absoluto. De hecho, me parecía mejor así.
Hasta que veo cómo la muchacha se acerca dando saltos alegres hasta mí y me tiende una mano.
La miro como si fuera un monstruo mientras niego frenéticamente con la cabeza. Ella pone los ojos en blanco.
–Harás que me pierda el resto de la canción. ¡Vamos!
Ni siquiera me dio tiempo a excusarme. Se acercó a mi lado y me sacó de mi asiento de un tirón, sujetándome ambas manos.
Me arrastró hasta el tumulto de gente que comenzaba a formarse para moverse al ritmo de la pegadiza melodía, y se volteó para quedar frente a mí.
Sentía un grueso nudo en la garganta que me imposibilitaba tragar o hablar, pero muy para mi sorpresa, podía respirar con naturalidad.
La muchacha de ojos brillantes me dedicó una mirada calculadora por todo el rostro, como si estuviera comprobando algo. Finalmente comienza a oírse por segunda vez el estribillo, y una amplia sonrisa se instala en sus gruesos y oscuros labios. Se aferra a mis manos con fuerza y comienza a bailar al ritmo de la música sin darme otra opción más que imitarla.
No me desagradaba bailar. De hecho, lo hacía de vez en cuando; pero a solas en mi habitación o en compañía de Amy. Jamás bailé con otro público que no fuera ella. Sé que no se me daba bien, pero sólo lo hacía para desahogarme.
¿Entonces por qué lo estaba haciendo allí en medio de toda esa gente desconocida, tomada de las manos de una mujer impresionante y misteriosa a la vez?
No tengo idea, la verdad. Me perdí en cuanto la miré a los ojos y la vi gesticulando la letra de la canción como si me la estuviera diciendo de verdad.
Tell me, baby, what´s your story?
Where you come from
And where you wanna go this time?
Tell me, lover, are you lonely?
The thing we need is
Never all that hard to find.
Tell me, baby, what´s your story?
Where do you come from
And where you wanna go this time?
You´re so lovely. Are you lonely?
Giving up on the innocence you left behind.
Me hacía girar y saltar por todo el lugar, de vez en cuando tropezándonos con alguna persona. Ni siquiera tenía tiempo para entrar en pánico. Todo sucedía muy deprisa y sólo veía y oía risas a mi alrededor, lo cual terminaba contagiándome. Además, viendo su sonrisa no podía evitar imitarla.
Y en un abrir y cerrar de ojos, la canción terminó. Todos comenzaron a aplaudir y a ovacionar. La joven y yo nos detuvimos para hacer lo mismo y para tomar profundas bocanadas de aire.
Creo que es la primera vez que estoy intentando recuperar el aliento luego de haberlo perdido divirtiéndome de verdad.
Dios mío. Todavía no puedo creer todo lo que acababa de suceder.
–Así que no puedo hacer nada al respecto, ¿eh? –logró decir ella entre inhalación e inhalación. El triunfo le iluminaba el rostro aún más.
–¿Esa era la música que te gusta? –le pregunto, enarcando una ceja.
–Esa es la verdadera música, cariño –me dice, guiñándome un ojo. Mis mejillas enrojecen al instante.
La única conclusión que logré sacar de esa canción era que se trataba de una banda de rock con un cantante masculino. Su voz me resultaba familiar, como si lo hubiera escuchado distraídamente alguna que otra vez en la radio, pero ni por casualidad se me ocurría un nombre. El rock no era algo a lo que estaba acostumbrada escuchar.
Casi me sobresalto cuando oigo la voz de Emma detrás de nosotras.
–¡Aquí estás! –exclama con una amplia sonrisa. Me doy cuenta de que su mirada estaba posada sobre la otra muchacha.
Y ahora que las podía ver enfrentadas, me llevé una enorme sorpresa: se veían idénticas.
–Con esa canción sonando en los altavoces, supuse que se trataba de ti –le dice con un tono de diversión. La muchacha se encoje de hombros con una sonrisa triunfante en los labios.
–No hay que dejar que esta música muera, Emma.
La morena suspira, revoleando los ojos. Luego me mira rápidamente, como recordando que me encuentro allí.
–Lamento si mi hermana te estuvo torturando con sus locuras musicales –me dice con un guiño de ojo cómplice.
Hermana. Claro. Ahora parecía la cosa más obvia del mundo.
–Ella es Cassidy –agrega, esta vez dirigiéndose a la otra joven y señalándome animadamente.
Me mira de arriba abajo y sonríe más ampliamente.
–Soy Evelyn –se presenta, tendiéndome su mano. Ya es la tercera vez que se la estrecho y se siente igual de suave y cálida que la primera vez. Además, se trataba de un apretón para nada firme como el que me había dado para sellar nuestro “pacto”. –Es un placer conocerte.
–Cassidy –es lo único que se me ocurre decir pese a que Emma ya se lo dijo. Ni siquiera puedo controlar las comisuras de mis labios que se curvan hacia arriba.
–Lástima que ya no podé llamarte Chica Disculpas –agrega en un tono bajo y divertido. Emma la mira con el ceño fruncido.
–¿Qué?
–Nada, no te metas –se queja su hermana, y le da un empujón con el hombro a modo de broma.
–Bien, como sea –dice Emma, rápidamente soltando un bufido. –Con Alan estamos intentando llevar a la gente a la atracción de Cassidy y de Amy. ¿Tus amigos están aquí? ¿Crees que estarían interesados? –pregunta en dirección a Evelyn.
No puedo evitar tensionarme un poco con la mención de los amigos de la morena.
–Sí, vinieron todos excepto Scarlett. Está ocupada con Harper y todo eso –comenta con un gesto de desdén. –Iré a buscar a los demás –se voltea hacia mí. –¿Te veo en tu puesto?
–Cl-claro –me obligo a decir con una sonrisa de boca cerrada.
Se despide con un asentimiento de cabeza y comienza a avanzar entre los puestos coloridos de la feria.
–Te caerán bien. Son muy buena onda una vez que los conoces –me dice Emma, rompiendo el silencio que se instaló entre nosotras mientras avanzábamos de regreso a mi puesto.
¿En serio los estaba definiendo como muy buena onda? ¿Acaso sabía lo que yo había visto? ¿Su hermana se lo habrá contado?
Recordé la manera en que vi a dos de ellos bromeando entre sí como dos adolescentes simpáticos y cómo se habían dejado llevar por la alegre y divertida melodía de la canción que escogió Evelyn. Quizás mis padres tenían razón y no debía prejuzgarlos, incluso luego de haber visto ese episodio extraño y sospechoso.
<<Sólo quiero pedirte que no saques tus propias conclusiones sin conocer la historia que hay detrás de todo esto>>. Eso me había dicho Evelyn en el callejón. Era capaz de hacer eso, ¿verdad?
Unos diez minutos más tarde, mientras aguardaba nuevamente sentada detrás de mi puesto, visualizo entre la multitud a Evelyn y a Emma acercándose seguidas de tres muchachos.
Eran los tres del callejón, claro. Solo faltaba la joven de llamativo cabello azul.
Cuando ellos me ven, noto cómo tensan todos sus músculos. Dos de ellos, el pelirrojo y el que aquella tarde entregó el paquete, se detuvieron de golpe. Comenzaron a intercambiar un diálogo algo tenso con Evelyn mientras me echaban miradas calculadoras. La morena golpeó el hombro de uno de ellos y les señaló que siguieran avanzando mientras les decía algo con calma. Finalmente parecieron ceder ya que en un abrir y cerrar de ojos se encontraban frente a mí.
–¿Monopoly tamaño real? –preguntó el único de los tres hombres que no me miraba como si fuera a delatarlos en cualquier instante. –Suena genial. ¿Se les ocurrió a ustedes?
Me tomó un par de segundos darme cuenta de que me estaba hablando a mí. Estudié su mirada con detenimiento. Su expresión pedía a gritos un poco de normalidad. Al parecer, no le agradaba que hubiera tanta tensión en el aire. Bien, al menos estábamos de acuerdo en eso.
Como respuesta le doy un asentimiento de cabeza con una sonrisa de boca cerrada.
–Veamos quién se atreve a jugar contra mí, perdedores –les dice Evelyn a sus colegas con un aire de desafío.
–Apuesto a que Ezra será el primero en perder –agrega Emma, riendo.
El pelirrojo que no me quitaba sus ojos azules de encima de repente pareció olvidarse de mi presencia ya que se volteó hacia Emma con una ceja enarcada. Me percaté de que llevaba el mismo corte que la ceja de Evelyn.
–¿Disculpa? –su voz se seguía oyendo grave y profunda, pero ya no cargaba esa frialdad con la que se había dirigido a mí en el callejón.
–Pues, hay una sola forma de averiguarlo –soltó Evelyn, apoyando con fuerza una mano sobre el ancho hombro de Ezra.
–Te gusta provocarme, ¿verdad? –inquiere él.
–Para nada, Niño Rico –le dice ella con una voz cargada de sarcasmo. Solo por un mínimo segundo, Ezra luce verdaderamente molesto, pero con tan sólo un parpadeo comienza a reírse relajadamente y a asentir con la cabeza.
–Bien, estoy dentro.
–¿Y ustedes? –les pregunta la morena a los otros dos muchachos.
Primero se miran entre sí y luego sonríen juguetonamente.
–Jamás hay que dejar pasar la oportunidad de patearles el trasero en un juego competitivo –les dice el joven moreno. Vestía enteramente con ropa deportiva, e incluso llevaba una gorra al revés sobre su cabello morocho.
Cada uno pagó su boleto educadamente y aguardaron a que Amy finalizara con los últimos jugadores. Se acercó hasta nosotros una vez que el tablero se encontraba vacío, y no pude evitar sonreír levemente al verla mirar con asombro a los cuatro nuevos participantes. No puedo culparla, en verdad lucen geniales.
Aunque no puedo relajarme del todo porque siempre recuerdo ese maldito extraño encuentro en el callejón. Viéndolos de esta manera, parecía que lo que ocurrió hace un par de semanas atrás hubiera sido una mala jugada de mi mente.
–Bienvenidos al Monopoly Amidy.
No puedo evitar fruncir la nariz. No me gustaba para nada el nombre, pero había sido lo único que se nos ocurrió. Y por si se lo preguntan, sí, era la combinación de nuestros nombres.
–Pasen por aquí y les enseñaré las reglas –los invita Amy con una amplia sonrisa. Los demás empiezan a empujarse unos a otros hasta llegar al tablero.
Emma se quedó en el puesto junto a mí mientras ambas observamos en silencio cómo se desarrolla el juego.
De repente, un sonoro bostezo sale de sus labios. Se lleva una mano a la boca para amortiguar el sonido y me da una mirada de disculpa.
–Lo siento –murmura con una media sonrisa. –No dormí muy bien anoche.
–No hay problema –me apresuro a decirle.
–¿Quién crees que gane? –me pregunta, señalando con el mentón a su hermana y a sus colegas.
Observo a cada uno con detenimiento. Aún sigo sin procesar lo normales que se ven. Parecían personas completamente diferentes a las que vi aquella tarde.
–No lo sé –admito en voz baja. –¿Tú?
–Eve es bastante buena en este tipo de juegos, pero tengo el presentimiento de que Elijah la vencerá.
Frunzo el ceño ante el nombre. Emma lo nota ya que me señala a uno de ellos.
–El de rodete –me indica.
Es el mismo que me llevó a rastras al interior del callejón junto con Ezra, y el que hace unos instantes me habló amablemente y elogió mi juego. Todo esto era demasiado extraño. Aun así, lo observo con más detalle. De las cuatro personas presentes, es el que más indefenso luce. No sé cómo explicarlo, pero tiene una suavidad en el rostro que lo hace ver como una persona solidaria y pacífica.
El tiempo comenzó a avanzar con rapidez. Los participantes hacían algo de alboroto al jugar, provocando que varias personas se detuvieran alrededor para observarlos. En un abrir y cerrar de ojos, éramos una atracción de las más llamativas. Incluso varios adolescentes comenzaron a pagar sus boletos por adelantado para jugar en cuanto hubiera algún lugar disponible.
Y la verdadera razón por la que la gente quería participar era porque ellos parecían divertirse de verdad. Reían a carcajadas y se burlaban el uno del otro cada vez que debían pagar una hipoteca.
Además, por sus apariencias resultaba bastante entendible que la mayor cantidad de espectadores se tratara de adolescentes de alrededor de mi edad. Se veían más interesados por los jugadores que por el juego en sí.
Los minutos pasaban y pasaban, y poco a poco los participantes iban cayendo. Ahora sólo quedaban dos: Evelyn y Elijah.
Llevaban tanto tiempo compitiendo los dos solos que la gente ya comenzaba a ovacionar por una o por otro, creando una clara división de equipos.
Yo me mantenía en silencio, pero al estar observando todo, no podía evitar desear que fuera ella la que ganara. Tenía la actitud de una persona decidida a vencer a todos sus contrincantes. En cambio, Elijah lucía relajado y ponía los ojos en blanco cada vez que Evelyn se burlaba de él.
Hasta que finalmente hubo un ganador.
No fue quien yo quería, pero aun así aplaudí junto al resto.
–¡Otra derrota más para la insoportable y engreída Evelyn Moore! –oigo cómo el joven moreno de ropa deportiva exclama con los brazos extendidos hacia el cielo. Se acerca hasta Elijah para palmearle la espalda a modo de premiación.
–Vete a la mierda, Noah –masculla Evelyn, soltando un bufido. –No es mi culpa que los dados sean una porquería.
–Te equivocas –interviene Ezra con un aire de superioridad. –Lo que es una porquería es tu suerte al lanzarlos.
Los ojos miel de la morena centelleaban de irritación, pero mantuvo la boca cerrada y sólo le enseñó el dedo del medio.
Finalmente, abandonaron la atracción para dejar lugar a los nuevos participantes. Amy los despidió y les agradeció por su participación.
–Que sepas que estaba segura de que ganarías. Hasta se lo dije a Cassidy –le dice Emma a Elijah una vez que ellos llegaron hasta nosotras. Me señala con el mentón y me guiña el ojo de manera cómplice. Yo reprimo una sonrisa.
–¿Debería creerte? –le pregunta el joven con una ceja enarcada. Sus ojos tan oscuros que parecían negros eran alargados y finos.
–Por supuesto que no, ella siempre se pondrá del lado del ganador –bufa Evelyn. Emma le da una mirada molesta.
–Celosa –murmura el joven de ropa deportiva. Evelyn le da un puñetazo en el hombro y él solo ríe.
–Oigan, niños –los llama Ezra con un tono burlón. –Muero de hambre. ¿Vamos a comer a algún sitio?
–Ya rugiste –espeta Evelyn con una inmediata sonrisa amplia formándose en sus labios. –Emma, Cassidy, ¿quieren venir?
Por un segundo me sentí desorientada al oír mi nombre en su grave y al mismo tiempo suave voz.
–Yo paso –responde Emma al instante. –Alan y yo aún tenemos trabajo que hacer.
–¿Alan, tu novio?
La muchacha le lanza una mirada de advertencia a Noah. Éste frunce sus labios para disimular su sonrisa.
–No me interesa a quién se esté ligando mi hermana –interviene Evelyn, poniendo los ojos en blanco. Luego posa su profunda mirada en mí. –¿Tú qué dices, Chica Disculpas?
–Ya, en serio, ¿qué clase de apodo es ese? –espeta Emma con el ceño fruncido. Su hermana la mira con desdén.
–Ya te dije. A ti no te incumbe.
Regresa sus ojos a los míos y me observa expectante. Yo le devuelvo la mirada y luego al resto. Sé que los demás, en especial Noah y Ezra, no se sienten para nada cómodos con esa idea; aunque no paso por alto que tampoco se niegan.
Aun así, la sola idea de salir a comer con cuatro personas completamente desconocidas hace que se me cierre la garganta. Jamás lo hice, y definitivamente hoy no sería la excepción. Suficiente con que la morena me hizo bailar ridículamente frente a una inmensa cantidad de personas. Ya había superado mis límites y no me sentía preparada para volver a hacerlo.
Me aclaro la garganta para forzar las palabras a salir.
–Gracias, pero tengo que quedarme en mi puesto.
Sé que suena lo bastante bajo como para que solo los más cercanos a mí puedan oírlo, pero para mi suerte, Evelyn logra hacerlo. Y Emma también ya que dice:
–Puedo reemplazarte por un tiempo si lo necesitas.
Se oye verdaderamente dispuesta a hacerlo, hecho que me toma por sorpresa. Igualmente me mantengo firme en mi decisión.
–No, está bien. Le prometí a Amy que me quedaría –digo, señalando con el mentón a mi prima, quien le estaba explicando las reglas a los nuevos participantes.
–Bien, como desees –dice Evelyn con un encogimiento de hombros. Para mi asombro, agrega: –Ya veremos si el destino nos vuelve a encontrar.
Me guiña un ojo junto con una sonrisa divertida y de un segundo a otro ya está de espaldas a mí, caminando con sus colegas hacia la salida de la feria. A mi cerebro le toma varios segundos quitar mi mirada de ellos, o más bien… de ella.
…………………
El atardecer llegó y con ello el cierre de la feria. Luego de entregar nuestro dinero recaudado a Jenna, una de las alumnas que se encargaría de sumar las ganancias de todos, desarmamos el juego y Emma y Alan nos ayudaron a subir todas las cajas nuevamente a la camioneta.
Se despidieron de nosotras y se fueron caminando en dirección contraria. Mientras tanto, Amy y yo subimos al vehículo y nos marchamos a casa.
Horas más tarde, luego de cenar y recostarme completamente agotada sobre la cama, recibo el mensaje de un grupo. Supuse que se trataba del instituto, por lo que le eché un rápido vistazo.
Era de Jenna anunciando cuánto había recaudado cada atracción, y debajo de la larga lista, escribió:
JENNA: ¡Felicidades a Amy y a Cassidy! El Monopoly Amidy fue el juego que más dinero recaudó 🙂
Nunca escribo en esos grupos, y hoy no sería algo diferente, pero aun así me imaginé respondiendo Las felicitaciones deberían llevárselas esas extrañas personas que definitivamente no son lo que parecen. Porque sí, luego de que ellos cuatro jugaran, nuestro tazón que utilizábamos para recaudar el dinero se llenó en lo que dura un suspiro.