Encuentra tu voz

allpaleer

Capítulo 4

Era viernes de la semana siguiente a la feria y el despertador de mi teléfono comenzó a sonar exactamente cuatro horas y media después de haberme dormido. Gemí con fastidio y me estiré hacia la mesilla de noche para apagarlo e imaginar alguna excusa para no ir al instituto.

                Aunque era inútil porque siempre hacía lo mismo y aun así terminaba yendo.

                No era algo nuevo en mi vida dormir por menos de cinco horas. Después de todo, era en la noche a solas en mi segunda habitación cuando la inspiración llenaba mi cabeza de ideas.

                No creo que se los haya dicho antes, pero amo escribir.

                Una sola persona en mi vida lo sabe, aunque sólo una parte de mi pasión: mi padre.

                 Igualmente, prefiero que siga así por siempre. No siento la necesidad de que alguien lo sepa y lea lo que escribo. Al fin y al cabo, muchas personas lo hacen; aunque son completos desconocidos para mí.

                Para explicarme mejor, escribo relatos cortos que publico en una plataforma de Internet dedicada a eso: a personas que quieren publicar sus escritos gratis y anónimamente. Utilizo un nombre de usuario que no se relaciona en lo más mínimo a mi nombre real, y lo único que hago es escribir y enseñárselo a los demás, sin hablar con el resto. Algunas personas se toman el tiempo de comentarme su opinión, pero yo leo como si fuera un fantasma que solo puede observar lo que sucede y no hacer nada al respecto.

                ¿Por qué hago eso? No lo sé, la verdad. Siento que esos relatos son tan personales e importantes que cualquier palabra que diga arruinará la magia de ellos.

                ¿Y de qué son esos relatos? Lo que voy a decir puede sonar ridículo, pero juro que tiene una lógica: tratan de animales, como esos típicos dibujos animados en las que los protagonistas son animales y viven una vida como si fueran humanos. Pues eso escribo; mis personajes son animales.

                Pero lo importante es lo que ocurre en la vida de cada uno de ellos. En voz alta no acostumbro a hablar con muchas personas, como ya sabrán, y lo que menos hago es contar experiencias de mi vida, en especial porque muchas de ellas se deben a mi trastorno de ansiedad. Entonces, para no decirlo en voz alta, lo plasmo en un relato. Hago que mis personajes pasen por una situación parecida a la que pasé yo.

                Porque aunque soy una joven callada, tengo mucho para decir. Sólo que no en voz alta.

                En fin, me gusta sentir cómo el peso abandona mis hombros una vez que termino de escribir un relato en específico. Los dedos de mis manos me duelen, pero es un dolor que sin duda vale la pena. Observo la pantalla de mi laptop con orgullo y al mismo tiempo un poco de nerviosismo porque sé que otras personas lo leerán. Aun así, eso no me preocupa demasiado porque no tienen manera de saber quién soy y no conversarán conmigo a no ser que yo responda sus mensajes; cosa que no hago.

                Regresando al presente y a la maldita realidad en que tengo que levantarme para asistir al instituto, noto cómo Artemis comienza a desperezarse a mi lado en la cama, y acto seguido empieza a lamerme la cara. Yo río y le acaricio el cuello, haciendo que la placa de su collar tintinee.

                –Cariño, ¿estás despierta? –oigo la voz de mi tía al otro lado de la puerta.

                –Sí, ya estoy preparándome –digo sin más.

                –Muy bien, te esperamos en la cocina.

                Ella siempre está acostumbrada a pasar por mi habitación y por la de Amy cinco minutos después de que suene nuestro despertador para comprobar que no nos hayamos quedado dormidas.

                Claramente, eso era algo que sucedía a menudo.

                Suspiro pesadamente e intento sentarme en la cama, pero Artemis parece tener otros planes ya que se acuesta en mi pecho y coloca sus patas a ambos lados de mi cuello. Vuelvo a reír y la acaricio un poco más hasta que finalmente cede y baja de la cama.

                Luego de asearme en el baño y ponerme unos jeans claros con una camiseta negra ajustada debajo de mi amada sudadera roja, me paro frente a mi escritorio para recoger algunas cosas dentro de mi mochila. Mi mirada se centra en el pequeño calendario que mi tía me obsequió el último día del año pasado. Cada mes era un paisaje distinto de varios lugares de Europa.

                Me centro en el día actual. Nueve de febrero. Sin darme cuenta, estoy estrujando la correa de mi mochila con una mano.

                Mi padre me había dicho que cada vez que él me enviara una carta para el principio o la mitad del mes, debía esperar como máximo cinco días. Es decir, del primer al quinto día o del décimo quinto al duodécimo día.

                Y hoy era nueve de febrero. Habían pasado cuatro días desde el cinco, y jamás recibí su carta.

                No me hubiera alarmado tanto si no fuera la segunda vez que no la recibo. ¿Qué era lo que me había dicho? <<A la tercera, tómatelo con calma y avísales a tus tíos por si acaso. Pero no hay por qué alarmarse; no llegaremos a ese extremo>>.

                Si para el veinte de febrero no recibía noticias de él, tendría que avisarle a alguien. Con tan sólo imaginarlo me daban náuseas. Creí que ese extremo se encontraba muy lejos, y ahora sólo lo tenía a once días de distancia.

                Me mordí el labio inferior con fuerza y me colgué la mochila al hombro para salir de allí lo más rápido posible.

                Luego de desayunar unas deliciosas tostadas con mermelada de frambuesa y un caliente café con crema, Amy y yo nos despedimos de sus padres y de los hermanos griegos y caminamos hasta la camioneta estacionada en el garaje de mi casa.

                –¿Ya sabes qué harás en tu cumpleaños? –le pregunto a mi prima mientras nos abrochamos el cinturón de seguridad y dejamos nuestras mochilas a los pies de ella.

                Amy cumple años en San Valentín. Una única vez quiso celebrarlo a solas con su pareja de ese entonces y no salió como lo planeó, por lo que dijo que jamás volvería a hacerlo.

                –No lo he pensado mucho, la verdad –me dice. La miro de reojo mientras avanzo por nuestra calle y ella me da una media sonrisa. –Bien, sí lo he pensado –se rinde. –Ese día tendremos clase, así que pensaba en que podríamos visitar el Jardín Japonés a la salida y pasar la tarde allí. Hay un par de compañeros que les gustó la idea y vendrán. Alekei incluso ofreció llevarnos en su camioneta. Ya sabes, esa que tiene ocho asientos.

                Miro al frente para prestarle atención al camino y para evadir la pregunta en los ojos de Amy: Vendrás conmigo, ¿verdad?

                Estaba a punto de inventar alguna excusa cuando de repente en la radio se empezó a oír una canción en particular. No era la primera vez que esa radio la pasaba, estaba segura de eso, pero ahora la voz del cantante me resultaba demasiado familiar, además del sonido de todos los instrumentos de una banda de rock tocando en sintonía.

                No tenía idea de cómo se llamaba ni la canción ni la banda ya que no llegué a escuchar lo que decía el conductor de la radio debido a que le estaba prestando atención a Amy, pero estaba segura de que se trataba de la misma banda cuya canción había escuchado en la feria hacía una semana atrás. El recuerdo de la muchacha morena mirándome con desafío en sus brillantes ojos miel y arrastrándome por todo el patio del instituto me distrajo por completo.

                Una estridente bocina me regresó de golpe al presente.

                –¡Muévete, imbécil!

                Una voz proveniente del vehículo detrás de mí se coló por mis oídos para recordarme que me encontraba en un semáforo… en verde.

                Maldije para mis adentros y aceleré. El vehículo anterior me pasó por un lado y me siguió gritando obscenidades que no me interesa repetir, y solo se detuvo una vez que me adelantó.

                –Tierra llamando a Cassie. ¿Estás bien?

                La canción seguía sonando en la radio, pero ya dejó de producirme ese efecto de estar flotando por un espacio infinito. Suspiro para desacelerar los latidos de mi desbocado corazón ante todo lo que oí de ese hombre enfadado.

                –Sí, lo siento –digo, con las manos aferradas al volante. –¿En qué estábamos?

                –En mi cumpleaños y el Jardín Japonés y la camioneta de Alekei –me recordó, enumerando con una mano. –Sé que no te gusta estar rodeada de gente, pero en verdad me gustaría que estés conmigo en mi primer día con dieciocho años.

                –Puedo estarlo antes de irte y cuando regreses –lo digo con un tono de broma, pero en el fondo es verdad.

                –Cassie… –advierte. –Lo digo en serio.

                –Y yo también.

                –Será al aire libre. Sé cuánto te gusta estar rodeada de naturaleza. Incluso podríamos llevar a los hermanos griegos –intenta convencerme.

                –Amy… –advierto yo esta vez.

                –¡Puedo invitar a Emma! –agrega con emoción. –Vi que se llevaron muy bien el día de la feria.

                –Es tu cumpleaños –le recuerdo, haciendo énfasis en la segunda palabra. –No tienes que invitar a nadie por mí. Debes celebrarlo como quieras.

                –Y quiero celebrarlo con mis amigos y contigo.

                Estoy detenida en un semáforo en rojo (lo prometo), y con mi prima intercambiamos miradas desafiantes. Era obvio quién se rendiría primero.

                –Bien, bien, está bien.

                Amy me sonríe.

                –Eres la mejor –me abraza de lado y yo me mantengo inmóvil. –Te prometo que la pasaremos muy bien –agrega con una sonrisa que ilumina todo su rostro.

                No sé qué haré ese día. No sé si le daré alguna excusa para quedarme en casa o si simplemente iré para hacerla feliz, pero ya llegamos al instituto y debo centrarme en dos cosas: cambiar de libros en mi casillero y no llegar tarde a la primer clase.

                Amy y yo nos despedimos en un pasillo ya que debemos ir a lados contrarios. Me dirijo directamente a mi casillero y en un abrir y cerrar de ojos me encuentro sentada a un lado del aula con vistas al patio del instituto.

                Al empezar el último año estaba confiada en que Filosofía sería una materia que encontraría de mi agrado. No tengo una razón específica; simplemente pensé que me entretendría.

                Qué ilusa fui, la verdad.

                Las horas que no dormí estaban comenzando a hacer efecto. Tenía el mentón sobre una de mis manos y estaba haciendo un gran esfuerzo por mantener los ojos abiertos y los oídos atentos a lo que fuera que estuviera diciendo el profesor Henjin, pero no me estaba funcionando muy bien.

                –¿Señorita Landon?

                El sonido de mi apellido me hizo abrir los ojos de par en par. Sabía que estaba a punto de regañarme. No era la primera vez que me hallaban durmiendo, pero sí que me regañaban por ello.

                Aun así, cuando encuentro al profesor, lo veo sentado en su escritorio prestándole atención a una pila de papeles. Ni siquiera había levantado la mirada hacia mí.

                ¿Buena suerte, eres tú?

                –¿Podrías llevar estos papeles a la secretaría? Necesito la firma del director Waters –esta vez sí me ve, y extiende los papeles en mi dirección.

                Asiento con la cabeza obedientemente y me pongo de pie. Cuando comienzo a avanzar entre los pupitres para llegar a su escritorio, oigo voces susurrantes:

                –¿Cuánto cobras por hora, Landon?

                –No usas tu boca para hablar, pero ahora ya sabemos para qué la usas verdaderamente.

                –El director Waters debe estar desesperado por tenerte sobre su escritorio.

                Cierro los ojos con fuerza e intento centrarme en mi respiración que para ese entonces era un completo caos. Cuando llego hasta mi profesor, me extiende los papeles pero tiene la vista fija en los demás alumnos.

                –Los expedientes de cada uno se encuentran en la secretaría –su voz suena mordaz y fría. –Puedo pedirle a la señorita Landon que los traiga para poder anotar todos estos comentarios desagradables que salen de sus sucias bocas. Estoy seguro de que a las universidades les encantará oír estas cosas de ustedes.

                Un pesado silencio se instaló en el aula. Suspiré lentamente mientras sentía los latidos de mi corazón retumbando en mis oídos.

                Cuando él se voltea para mirarme, su expresión se serena.

                –Ve, Cassidy. No tardes mucho, así podré continuar con la clase.

                Asentí nuevamente y salí de allí lo más rápido que pude.

                Una vez en el pasillo, dejé que todas las lágrimas acumuladas resbalaran por mis mejillas silenciosamente.

                En serio, ¿qué había hecho yo para ganar ese tipo de comentarios? ¿De verdad se les pasaba por la cabeza ese tipo de cosas cada vez que el director Waters me llamaba a su despacho? ¿Tan simios tenían que ser?

                Pero por más que intentara enfadarme con ellos, lo único que sentía era una profunda y dolorosa angustia. Sé que nunca encajé y tampoco pretendía hacerlo, menos con ese tipo de personas. Pero eran un maldito recordatorio de que jamás me llevaría buenos recuerdos de esta preparatoria.

                Me limpié las mejillas con el dorso de mi mano libre y me obligué a continuar avanzando hasta mi destino.

                Al pasar por uno de los baños, pensé en entrar por unos segundos para comprobar que no tuviera el rostro tan hinchado como me lo imaginaba, pero lo que no me esperaba ni por un segundo era ver salir al director Waters de allí como si el lugar estuviera prendido fuego.

                Y con el lugar me refiero al baño de mujeres.

                Me detengo en seco y me lo quedo mirando con estupefacción. Él nota mi presencia y algo en su tenso rostro se relaja.

                –Oh, Cassidy, qué bueno que te encuentro –suena agitado, haciendo que empiece a preocuparme ligeramente. Se acerca hasta quedar frente a mí y me toma por los hombros, gesto que me eriza la piel. –Necesito que hagas algo por mí, ¿sí? –espero a que continúe. Él traga saliva con fuerza. –¿Puedes cuidar a la señorita Moore hasta que regrese? Tengo que llamar por ayuda.

                Mi cerebro se toma su tiempo en procesar sus palabras, por lo que él comienza a empujarme delicadamente hacia el baño.

                –¿Puedes, Cassidy?

                Lo miro completamente confundida, pero asiento con la cabeza. Él suspira de alivio, y sin siquiera despedirse, comienza a correr en dirección a su despacho.

                Trago la poca saliva que me queda en la garganta y doy unos pasos hasta quedar frente a la puerta cerrada del baño. Cuando poso una mano en la misma para empujarla y abrirla, me detengo en cuanto mis oídos captan un sonido.

                Sollozos. Sollozos desesperados.

                Dejo de perder tiempo y entro.

                Los papeles caen de mis manos. Ni siquiera observo en qué dirección cayeron.

                Lo único que puedo hacer es observar a Emma Moore, a la alumna prodigio y joven alegre Emma Moore sentada en el suelo con las piernas al pecho y las manos jalando de su propio cabello con brusquedad. Con demasiada brusquedad.

                Me toma unos cinco segundos darme cuenta de otra cosa: su respiración se oía para el demonio. Su pecho subía y bajaba a ritmos acelerados y profundos.

                Estaba teniendo un ataque de pánico.

                Era la primera vez en mi vida que mis ojos veían lo que otros veían al verme en mi peor estado.

                Finalmente reacciono y me dejo caer de rodillas frente a ella. No levanta la mirada ni ejerce menos fuerza en su cabello.

                Se está lastimando, puedo sentirlo.

                –Emma –odio que mi voz suene temblorosa, pero tengo que llenar el silencio. Sé lo ruidoso que puede ser para ciertas personas. Para mí lo es en algunas circunstancias.

                Ella ni se inmuta. Continúa llorando e intentando llenar sus pulmones de aire de una manera para nada correcta.

                –Emma, mírame, por favor.

                Me acerco un poco más y poso una mano en su hombro. En un abrir y cerrar de ojos, ella toma mi muñeca con una fuerza descomunal que no me esperaba para nada. No puedo evitar soltar un gruñido bajo.

                –No me hagas daño. No me hagas daño, por favor –suplicaba, pero no liberaba mi muñeca.

                Mi cabeza era un remolino de acontecimientos que sucedían y que yo no tenía explicación alguna, pero me obligué a tragar el dolor y a mirarla directo a los ojos ya que ahora ella había levantado la vista de sus rodillas. Al menos su mano había dejado de jalar su cabello, aunque aún faltaba la otra.

                –No te voy a hacer daño, lo prometo –murmuro sin moverme del lugar. –Nadie lo hará.

                Sus sollozos aumentaron aún más.

                –Él sí lo hace. Siempre lo hace –gritó de tal manera que se oyó entrecortado, pero aun así le entendí.

                ¿Él

                ¿Acaso estaba hablando del director Waters? Estoy segura de que acabo de saltearme un latido.

                –Estás bien, Emma –le aseguro, ignorando que mis ojos se estaban volviendo a llenar de lágrimas. ¿Por qué? No lo sé. Hay muchas cosas que no sé en este momento. –No estás sola, ¿sí? Estoy aquí contigo. No dejaré que nadie te toque, lo juro.

                Relajó un poco su agarre en mi muñeca pero no me soltó, por lo que continué sin moverme. Al menos había dejado de sollozar, aunque algunas lágrimas seguían resbalándose por sus mejillas.

                Genial. Ahora debía centrarme en que respire correctamente.

                –No estás sola en esto. Yo no me iré de tu lado –mientras le murmuraba, acerqué mi mano libre a la suya que aún jalaba de su cabello. La envolví con la mía, y para mi sorpresa, ella la aflojó para que los mechones de su espeso y rizado cabello se deslizaran lejos de la misma. No pude evitar suspirar ligeramente.

                Con mucho cuidado, comencé a atraer su mano a mi pecho. Sentía una punzada dolorosa con cada latido de mi corazón, pero me obligué a centrarme en su sufrimiento y no en los recuerdos de mi hermano haciendo esto conmigo.

                Comencé a respirar lenta y pausadamente, asegurándome de que ella sintiera la manera en que mi pecho subía y bajaba.

                –Haz lo mismo que yo. Te prometo que te hará sentir mejor.

                Ella regresa su mirada a sus rodillas y no me imita. Comienzo a desesperarme, pero luego recuerdo que me faltó algo.

                Muevo mi mano cuya muñeca sigue envuelta por la suya y la llevo hasta su pecho agitado. Hago que su mano quede debajo de la mía.

                –No hay razón para desesperarse, Emma. Estás aquí conmigo, en el instituto, y ambas estamos bien –hago una pausa. –Estamos vivas.

                Ella cierra los ojos y toma aire profundamente. Lo retiene por unos segundos que se sienten como horas hasta que finalmente lo deja salir y comienza poco a poco a igualar mi respiración.

                El alivio que siento en este momento es tan abrumador que siento que voy a desmayarme, pero me esfuerzo para quedarme consciente y asegurarme de que Emma respire con normalidad.

                No sé cuántos minutos pasan, si diez o quince o treinta o incluso una hora, pero suspiro pesadamente en cuanto todo el cuerpo de ella se relaja y deja caer la cabeza hacia atrás para apoyarla contra la pared. Mis ojos buscan que su pecho sube y baje rítmicamente, y dejo que mi trasero toque el suelo. Me duelen las piernas al haberlas tenido tanto tiempo flexionadas, pero en el fondo siento que es un dolor que vale la pena ahora que poco a poco Emma recupera su compostura.

                Me limpio las mejillas húmedas y me centro en mi propia respiración.

                No puedo creer que yo esté bien. Siempre creí que si veía a otra persona sufriendo un ataque idéntico al mío, me provocaría uno igual. Nunca creí que podría tener el control de la situación.

                Y allí estaba Emma, secándose las lágrimas con un pañuelo que sacó del bolsillo de sus jeans y suspirando de alivio.

                Me pregunto si será la primera vez que tiene un ataque de pánico, y entonces recuerdo la manera en que su hermana me salvó la vida en ese callejón. ¿Acaso supo cómo calmarme porque ya tuvo que hacerlo con su hermana antes?

                –Gra- –se atraganta con su propia saliva y tose un poco para recuperarse. –Gracias.

                Levanto la mirada para verla. Continúa con los ojos cerrados.

                –No es nada –murmuro, jugando con las manos sobre mis piernas cruzadas.

                –Yo… –toma aire y lo deja salir lentamente. –Jamás me había sucedido en el instituto.

                En el instituto. ¿Entonces sí le sucedió antes pero en otro sitio? Sentía que no era mi asunto, por lo que no lo pregunté en voz alta.

                –Está bien –le digo, intentando sonar relajada. –Lo bueno es que te hallamos a tiempo.

                –Tienes razón –hay una larga pausa en la que pienso que no dirá nada más, hasta que agrega: –A ti… ¿A ti alguna vez te pasó?

                Por el rabillo del ojo veo cómo abre los ojos para mirarme, pero yo continúo observando mis manos. Nunca hablé con nadie desconocido acerca de mi ansiedad.

                –Sí –confieso, retorciéndome los dedos. –Bastante seguido, de hecho.

                –Eso apesta –murmura con honestidad. Yo suelto una risa seca.

                –Sí, la verdad es que sí.

                Ambas nos miramos y sonreímos. Sabemos perfectamente que ninguna de las dos sonrisas son verdaderas, pero ese sentimiento mutuo de alguna forma ayuda mucho más que un falso todo estará bien.

                Un largo y relajante silencio se instaló entre nosotras hasta que fue interrumpido por pasos apresurados que se acercaban hasta el baño.

                Me di la vuelta hacia la puerta justo a tiempo para ver que ésta se abría de par en par, revelando a una persona que por alguna razón supe que vendría: la hermana mayor de Emma.

                –Emma, por Dios, ¿estás bien? –el miedo en su voz envió un escalofrío por mi piel.

                Como si me hubieran pinchado el trasero, me puse de pie de un salto y me aparté para que pudiera reunirse con su hermana. Evelyn cayó de rodillas frente a ella como yo había hecho antes, y le tomó el rostro con ambas manos.

                –Sí, tranquila, ya estoy mejor –Emma utilizaba un tono de voz apenas audible, pero en el silencio del baño era fácil oírla.

                –Casi me da un infarto cuando me llamó el director –dice Evelyn, poniendo una mano sobre su agitado pecho. Casi creí que ahora ella estaba teniendo un ataque de pánico. Me estaba volviendo paranoica.

                –Tranquila, Eve, ya está –le dice Emma, sujetando las muñecas de su hermana con suavidad para separar sus manos de sus mejillas. –Ya me encuentro bien –hace una pausa y eleva sus ojos hasta los míos. –Tuve muy buena ayuda.

                No pude evitar sonrojarme, en especial cuando Evelyn también levantó la mirada hasta mí.

                Le tomó un tiempo asimilar la situación ya que intercalaba la mirada entre Emma y yo varias veces seguidas hasta que finalmente pareció unir todos los hilos. Sus ojos se iluminaron con algo que no supe identificar, pero no parecía negativo.

                –Gracias, de verdad –me dice con sus ojos clavados en los míos. Juro que si me los quedaba mirando por más tiempo, me perdería en la profundidad de ellos.

                –No hay de qué –me apresuro a decir y me aclaro la garganta. –Será mejor que me vaya. Tengo clase –digo, señalando hacia la puerta.

                Ambas me despiden con gestos de mano y Emma vuelve a agradecerme una vez más antes de escabullirme y salir de allí.

                Avancé por el pasillo completamente aturdida y abrumada por todo lo que acababa de pasar, hasta que me detuve cuando oí una voz detrás de mí:

                –¡Oye, espera!

                Me volteé para encontrarme con Evelyn trotando hacia mí. El miedo que antes inundaba su voz y su mirada ahora había desaparecido, o al menos la mayor parte.

                –Cassidy, ¿verdad? –asiento en respuesta. –¿A qué hora finalizan tus clases hoy?

                Su pregunta me tomó tan desprevenida que tardé un par de segundos en responder.

                –Al mediodía –respondo, luego de repetirlo un poco más alto. Ella sonríe ampliamente.

                –Genial. ¿Conoces la cafetería Sugary Meals?

                Sorprendentemente sí la conozco. Suelo ir con mi padre allí el poco tiempo que pasa en casa. Sirven unos cafés y unas comidas dulces exquisitos.

                –¿Sí? –respondo, aunque suena más como una pregunta.

                –¿Te veo ahí a las tres?

                Ya había comenzado a caminar de espaldas de regreso al baño donde probablemente Emma continuaba dentro. Me la quedé mirando, intentando comprender sus palabras. ¿Me estaba invitando a vernos más tarde?

                –Tu silencio lo tomaré como un sí –es lo último que dice antes de guiñarme un ojo y comenzar a trotar hacia su destino.

                Me quedo completamente quieta en el pasillo solitario y silencioso.

                ¿Era un sueño, o en verdad tomaría un café con una persona que apenas conocía?

                No sabía si sentirme orgullosa o aterrada. Por ahora, lo segundo se sentía lo más correcto.

                Cuando regresé al aula del profesor Henjin, éste me dio una cálida sonrisa de bienvenida, aunque sus cejas estaban enarcadas.

                –¿Todo bien, Landon? –me preguntó, algo dubitativo.

                Ni siquiera sabía cuánto tiempo pasé fuera del aula. Se sentía una eternidad, un antes y un después.

                –S-sí –forcé la palabra fuera de mis labios.      

                –¿El director Waters recibió los papeles?

                <<Él sí lo hace. Siempre lo hace>>. Un escalofrío me recorrió la columna al recordar la desesperación y el terror en la voz de Emma. ¿En verdad se estaba refiriendo al director? ¿De qué otro hombre podría estar hablando?

                Opté por no dejarme llevar por mis inmediatas conclusiones y me centré en el presente. Nunca antes le había mentido a un profesor, pero sentía que no me pertenecía a mí decir lo que acababa de sucederle a Emma. No sabía si ella querría que otros lo supieran, por lo que forcé una sonrisa y asentí con la cabeza. El profesor se relajó y volvió a sonreír.

                –Muy bien, muchas gracias. Puedes volver a tu asiento –me dice, señalando mi pupitre.

                Eso hago, y en vez de continuar oyendo sus explicaciones confusas, pierdo mi mirada en los árboles que se encuentran en el patio y mis pensamientos repiten una y otra vez todo lo que acababa de pasar, como si fuera la vida de otro y yo solo fuera una espectadora.

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