Capítulo 7
Lo que restaba del fin de semana transcurrió con tranquilidad y normalidad: pasé mucho tiempo con los hermanos griegos, ayudé a mis tíos a plantar sus nuevas adquisiciones en el jardín y me puse al día con algunas tareas para el instituto junto a mi prima. Además, tuve que escucharla hablar por varias horas acerca de sus ideas para su ensayo de admisión a la Universidad de Washington en Seattle.
La última vez que hablé con Evelyn había sido el sábado por la noche (o mejor dicho, el domingo por la madrugada). Habíamos intercambiado un par de mensajes acerca de la buena noche que habíamos pasado, y tonteamos un poco sobre el destino y cómo volvería a unir nuestros caminos la próxima vez.
La próxima vez. Con tan sólo esas tres palabras una larga sonrisa se forma en mis labios.
Pero una nueva semana comenzó y la rutina volvió a empezar una vez más. Quería volver a escribirle, pero siempre que me disponía a hacerlo, me arrepentía y cerraba el chat de nuestra conversación.
<<Cobarde>>, susurraba una voz en mi cabeza cada vez que me echaba atrás.
En fin, los dos días previos al cumpleaños de Amy transcurrieron normalmente. Los profesores de algunas materias ya comenzaban a prepararnos para los exámenes que se acercaban, por lo que las horas de clase se me pasaban más rápido (prefería mil veces estudiar o repasar algunas lecciones antes que realizar tareas grupales con mis compañeros o tener tiempo libre para observar como una inútil cómo los demás conversaban entre ellos y se olvidaban completamente de mi existencia).
Pero si hay algo que provocó un cambio brusco en mi rutina escolar fue algo que sucedió el día previo al cumpleaños de mi prima.
Era martes, por lo que nos tocaba almorzar en el instituto. Como era costumbre para mí, dejaba que Amy fuera al comedor junto con sus amigos mientras que yo recogía de mi casillero el almuerzo que me había preparado previamente en casa de mis tíos (un sándwich de jamón y queso y una botella de agua, nada del otro mundo) y me iba directo a la biblioteca, el lugar que durante ese momento del día apenas estaba habitado.
Pero de camino hacia allí, en uno de los corredores repletos de casilleros me crucé con dos rostros que comenzaban a resultarme familiares: Emma y Anahí. Ambas se encontraban sumidas en una conversación sobre lo que parecía ser un proyecto escolar mientras que cargaban en sus brazos una extensa pila de libros.
La primera en cruzarse con mi mirada fue la joven de rasgos asiáticos y prolijo y lacio cabello morocho.
–¡Hey! –me saluda alegremente. –Cassidy, ¿verdad?
Emma voltea el rostro hacia donde su amiga está mirando, y una sonrisa se ensancha en sus gruesos labios al verme.
Asiento en respuesta a la pregunta de Anahí y me acerco a ellas con la cabeza un poco gacha. Interactuar con alguien que no fuera Amy en el corredor del instituto era algo completamente nuevo.
–¿Cómo estás? –me pregunta Emma en cuanto las alcanzo.
–Bien. ¿Y ustedes?
–Estábamos organizando nuestro siguiente proyecto de Arte –me explica, señalando los libros que cargaba. –Íbamos a dejarlos en nuestros casilleros para luego ir al comedor. ¿Tú a dónde ibas?
Miro en dirección a mi destino.
–A la biblioteca –pronuncio sin mirarlas a los ojos.
–¿Quieres almorzar con nosotras?
Sus palabras tardan un par de segundos en procesarse en mi mente. En cuanto lo hago, levanto la mirada bruscamente y no puedo evitar abrir los ojos con incredulidad. A su lado, Anahí asentía con la cabeza a modo de incentivo.
–Alan nos está esperando en nuestra mesa. Solo somos nosotros –agrega Emma.
Me las quedo mirando cautelosamente por unos momentos porque ahora hay dos cosas que me sorprenden: primero, el hecho de que solo almorzaran ellos tres. Por supuesto que era algo que no sabía debido a que jamás me presentaba en el comedor a la hora del almuerzo, pero siempre imaginé que una persona tan sociable y carismática como Emma comería rodeada de una gran cantidad de alumnos; y la segunda cosa que me asombró fue la honestidad en la mirada de ambas al invitarme a ir con ellas. En verdad lo querían, y ese gesto me desestabilizó por un momento.
Me obligo a parpadear rápidamente para salir de un trance y fuerzo una sonrisa algo insegura.
–Cl-claro –logro pronunciar.
–¡Genial! –exclama Anahí con emoción. –Ya era hora de ver un nuevo rostro en nuestra mesa.
Y pues… eso hice. Almorcé en el comedor del instituto junto a Emma, Anahí y Alan. No voy a negar que noté alguna que otra mirada inquisitiva por parte de mis compañeros de clase al verme en ese lugar y en compañía de alumnos de anteúltimo curso; y además, al menos la primera media hora, tenía todos los músculos tensos al estar rodeada de tantos estudiantes.
Pero una vez que logré relajarme solo un poco, pude centrarme en las tres personas que se encontraban en mi misma mesa y disfrutar del tiempo con ellos. Me hacían preguntas relacionadas al último año escolar y me pedían algún consejo para que les fuera bien al año siguiente. Pese a que las palabras tropezaban un poco al salir de mis labios, ellos eran personas pacientes y aguardaban a que yo lograra formularlas correctamente, sin mirarme de forma rara o compartir miradas inquisitivas como solían hacer otras personas.
En un momento dado, visualicé a Amy unas mesas más adelante conversando animadamente con sus amigos. Cuando inconscientemente sus ojos se encontraron con los míos, tardó unos segundos en procesar lo que veía. Primero me observó a mí, luego a Emma y a sus dos amigos, y por último nuevamente a mí.
La manera en que su rostro se iluminó al sonreírme me recordó a esa tarde unos días atrás en el que le conté que saldría a tomar un café con Evelyn.
Era orgullo. Me miraba con orgullo. Y eso hizo que mi cariño por ella creciera aún más.
…………………
–Te ves como una cumpleañera desbordada de felicidad –le digo a mi prima en el interior de la camioneta de camino al instituto el miércoles por la mañana.
–¿Cómo no estarlo? Hoy será un día genial –la seguridad en su voz de alguna forma resulta contagiosa. –Ya empezó siendo uno –agregó con una amplia sonrisa, mirando al frente.
Pues sí, había empezado muy bien. En la familia teníamos la costumbre de preparar un variado desayuno antes de que el cumpleañero despertara para sorprenderlo y cantarle el feliz cumpleaños cuando entrara a la cocina. Eso habíamos hecho mis tíos y yo con Amy, solo que también decoramos exageradamente la planta baja de la casa debido a que eran sus dieciocho y queríamos hacer algo diferente y divertido.
Lo único no divertido fue levantarse a las seis de la mañana, pero por la expresión de asombro y felicidad en el rostro de mi prima al bajar las escaleras y ver su sorpresa, me di cuenta de que había valido la pena.
Mis tíos siempre empiezan a trabajar una hora antes de que nosotras vayamos a la escuela (es decir, a las ocho), por lo que nunca desayunan con nosotras; pero este día habían avisado a sus respectivos jefes que entrarían una hora más tarde para así pasar la mañana con su hija y sorprenderla con otro de sus obsequios: una laptop. Ella nunca había tenido una propia debido a que sus padres no podían costearla, pero finalmente llegó el día y a Amy parecía no alcanzarle las palabras y los abrazos para agradecerles.
Pero pese a que el día estaba resultando realmente bueno (quiero decir, esos pancakes que había preparado mi tío habían resultado una bendita exquisitez), había algo que me inquietaba: lo que sucedería luego de clases.
Tal como Amy me lo había dicho la semana pasada, organizó con sus amigos para pasar la tarde en el Jardín Japonés que se encuentra cerca de nuestra ubicación. También quería que yo fuera, y por supuesto que no pude decirle que no.
Y lo haría por ella, claro está, pero el hecho de imaginarme junto a un grupo de gente con quien no interactúo en lo absoluto me estremecía de pies a cabeza. En los días pasados había pensado alguna que otra excusa, pero sentía que la lastimaría si rechazaba su invitación, en especial luego de haber pasado diecisiete cumpleaños juntas. Sería como romper una tradición.
–Esta tarde te tengo una sorpresa.
Debido al día que era (el cumpleaños de Amy), yo debería haber sido la que pronunciara esas palabras. De hecho, incluso había alcanzado a prepararle esa sorpresa. Fue durante un corto lapso de tiempo en el que creí que por fin me animaría a enseñarle lo que escribo. Había escrito una historia que representaba nuestra relación y lo que eso significaba para mí, y la había creado con el propósito de obsequiársela para su cumpleaños.
Pero a último momento, como la cobarde que soy, me arrepentí.
En fin, el punto es que esas palabras no las pronuncié yo, por lo que no pude evitar fruncir el ceño y girarme a mirarla cuando me detuve frente a un semáforo en rojo.
–¿Acaso te olvidaste de que la cumpleañera no soy yo? –inquiero con una ceja enarcada. Amy ríe sin despegar la vista del frente.
–Ya lo sé, tonta –dice con un tono divertido de voz. –Pero también será un obsequio para mí.
Mi ceño se frunce aún más.
–¿Se supone que eso debería de aclararme las cosas?
–Pues, es una sorpresa. No puedo decirte nada más –dice con un encogimiento de hombros. Aun así, su sonrisa sigue intacta en sus rosados labios.
—Amy… –murmuro con un tono de advertencia. Su actitud me estaba empezando a poner nerviosa.
–Calla. Ya lo verás.
Y no me queda otra opción más que continuar el resto del día imaginando las mil y una posibilidades de lo que sea que Amy tiene planeado.
…………………
–¿Estás segura de que no quieres venir con nosotros? La camioneta de Alekei tiene suficiente espacio para todos –me dice mi prima mientras nos dirigimos al estacionamiento del instituto luego de un largo día de clase.
Las horas escolares habían resultado más intensas que de costumbre. Debido a que hoy también era San Valentín, todo el establecimiento estaba decorado con tonos rojos y rosados. Algunas personas entusiastas de la celebración pasaban por los pasillos y lanzaban papeles en forma de corazones (aún no le encuentro el sentido a eso), y luego estaba la costumbre que había adquirido el instituto: enviar cartas anónimas de amor. Había un grupo de alumnos encargado de recibirlas y de repartirlas a lo largo de los cursos, y cada vez que una clase se interrumpía para que alguien recibiera una de esas cartas, el silencio se llenaba de chismes y gritos de emoción.
Amy había recibido una. Me lo contó durante unos minutos libres entre clase y clase, ya que ella y yo teníamos clases diferentes. No tenía idea de quién podía ser, pero esa persona anónima en verdad era buena con las palabras. Parecía un poeta nato.
Regresando al presente y al extenso estacionamiento, me volteo hacia mi prima.
–No, tranquila. Prometo seguirlos desde atrás y no huir –lo último lo digo a modo de broma, aunque siento que también tengo que dejarlo en claro. Después de todo, tanto ella como yo sabemos que yo sería capaz de hacerlo con tal de evadir un evento social.
–Más te vale –me advierte con ojos entrecerrados, y de un segundo a otro, acorta la distancia que nos separa y me estruja entre sus brazos. –Gracias por aceptar –me susurra al oído. No puedo evitar sonreír mientras le correspondo el abrazo.
–De nada.
En cuanto nos separamos, Alekei y los otros cuatro amigos de Amy aparecen en mi campo de visión, acercándose a nosotras. Bajo la mirada y avanzo hasta mi camioneta con las manos ocultas en los bolsillos de mi sudadera mientras que mi prima se detiene a un lado del vehículo de su amigo, a tan sólo cuatro automóviles del mío.
–¿Tu prima no viene con nosotros? –oigo que le pregunta Alekei. ¿Cómo hacía para tener una voz fuerte sin necesidad de estar gritando? Yo necesitaba algo así para evitar que todo el mundo me hiciera repetir lo que digo y pasar un momento de vergüenza innecesario.
–No, nos seguirá con su camioneta –es la respuesta de mi prima.
Le sigue un silencio que me resulta pesado y tenso. Cuando llego al lado izquierdo de mi camioneta, miro por sobre mi hombro en su dirección.
No fue la decisión más inteligente, la verdad.
Mis ojos captan el momento exacto en el que Alekei le hace un gesto silencioso a Amy que parecía decir Qué rara es.
No debería importarme, en verdad que no… pero sí me importa, sí me provoca que se me cierre la garganta y que mi pulso se acelere. Odiaba esa mirada. La conocía tan bien…
Pero lo que detuvo mi ataque de pánico que apenas comenzaba fue la mirada cargada de odio que le lanzó mi prima. Le golpeó el hombro con su puño y le susurró unas palabras inentendibles para mí pero que parecían cortar el aire con la frialdad que las pronunciaba. El muchacho enarcó las cejas en sorpresa y desvío rápidamente la mirada para entrar en su camioneta. Amy se lo quedó mirando por un momento más y su rostro se relajó en cuanto dos de sus amigas captaron su atención y la incitaron a subirse en los asientos traseros junto a ellas.
Tomo aire profundamente para llenar mis pulmones demandantes y dejo salir un largo suspiro. Sacudo mi cuerpo como quitándome un peso de encima y me adentro en la cómoda soledad de mi camioneta.
En verdad me sentía muy agradecida con mi prima por haberme permitido viajar hasta el Jardín Japonés por mi cuenta. Al menos podría distraerme con la música de la radio unos minutos antes de pasar una tarde entera con personas desconocidas.
No sería la primera vez que iría a ese lugar. Ya lo había visitado dos o tres veces junto a mis tíos y a Amy. Era increíblemente hermoso, y la naturaleza que abundaba brindaba unas vistas espectaculares. Pero una de las cosas que más me gustaba no era el sitio en sí, sino el camino hasta allí. Grandes y frondosos árboles se extienden hacia el cielo celeste a ambos lados de la carretera, provocando el sonido agradable de sus hojas moviéndose por el viento que se colaba a través de mi ventana medio abierta.
Tanto Alekei como yo ingresamos uno detrás del otro al estacionamiento del Jardín luego de unos veinte agradables minutos de viaje. Antes de salir del auto, tuve que tomar aire varias veces para impulsarme a salir de la comodidad de mi vehículo, de la familiaridad de lo que me rodeaba.
El estacionamiento se encontraba bastante abarrotado para tratarse de un miércoles, pero tenía sentido luego de haber tenido unas largas semanas de lluvia y nieve y cielos nublados. Hoy por fin el sol se había acordado de salir y las nubes habían decidido despejarse, al menos por un tiempo. Pese a que la brisa se sentía helada contra mi piel, los tenues rayos del sol me provocaban una calidez agradable.
Mientras avanzamos hasta la recepción del lugar, mis ojos distinguen un par de motocicletas aparcadas. Ahora me resultaba imposible ver una motocicleta y no acordarme de Evelyn y de los demás. Sacudo la cabeza para despejar mi mente y sigo a mi prima en silencio.
–Buenas tardes –nos saluda una mujer de unos treinta y tantos años detrás de un largo mostrador de madera una vez que todos nos acercamos para pagar los tickets de ingreso. –Recuerden respetar las reglas del establecimiento –nos dice, señalando un letrero con las típicas advertencias. Todos asentimos con la cabeza y procedimos con el pago. –Que pasen una buena tarde, y no olviden dejar que la naturaleza los envuelva con su paz y tranquilidad –nos dice a modo de despedida con una voz serena y calma.
Una vez que nos adentramos en el jardín, el aroma fresco de la vegetación y el agua me hacen inspirar profundamente con una leve sonrisa en los labios.
Mientras avanzamos por un sendero rocoso rodeado de todo tipo de plantas y flores (yo caminando detrás de todo para darles más espacio y porque no me apetecía intervenir), intento enfocarme en la naturaleza que me rodea y en lo majestuosos que resultan los rayos de sol colándose a través de las hojas de los altos árboles.
Es difícil ignorar ese sentimiento de aislamiento, de no pertenecer allí con esas personas. Cada paso que daba me resultaba incómodo y demasiado forzado, como si mi propio cuerpo se negara a seguirlos.
Estuve a punto de llamar a mi prima para decirle que tomaría un camino distinto simplemente para despejar mi alterada mente cuando oigo una voz femenina muy cerca de mi oído:
–¿Por qué la cara larga? Tus ojos se ven más brillantes cuando sonríes.
Doy un respingo y salto hacia el lado contrario de donde proviene la voz, como un gato asustado.
Cuando logro enfocar la mirada una vez que acomodo los lentes sobre el puente de mi nariz, me quedo completamente paralizada.
–¿Qué estás haciendo aquí? –es lo único que sale de mis labios en un susurro apurado. Los demás seguían avanzando como si nada, hecho que me relajó un poco.
–¿Amy no te lo dijo? –inquirió Evelyn con una ceja enarcada y una sonrisa traviesa en sus labios. –Me invitó a su cumpleaños.
Parpadeo una, dos, tres, veinte veces. Ella sigue ahí parada. Es real, no es un sueño, no es una mala jugada de mi mente.
–¿Qué? –me oigo preguntar.
–¡Amy! –llama la morena tan repentinamente que me sobresalto. Me volteo hacia mi prima al mismo tiempo en que ella y sus demás amigos se giran hacia nosotras. La sonrisa que se ensancha en su rostro me indica que no está para nada sorprendida, por lo que Evelyn sí decía la verdad.
–¡Hey, viniste! –dice alegremente al tiempo en que le hace una seña a sus amigos para que aguardaran por ella, y se acerca a nosotras.
–No me perdería una salida al Jardín Japonés por nada en el mundo –afirma la morena con un guiño de ojo cómplice. –Feliz cumpleaños, por cierto.
–Gracias –le dice Amy entre risas. –¿Y los demás?
–Todos presentes –asegura Evelyn con una sonrisa divertida. Yo enarco las cejas.
–¿Todos están aquí? –pregunto a nadie en particular.
–¿Qué quieres que te diga? Somos inseparables –bromea con un encogimiento de hombros. –De hecho, iré a buscarlos. Más les vale no haber ido a comprar comida japonesa sin mí.
Amy y yo asentimos y observamos en silencio mientras la morena se dirige a paso seguro a una sección del Jardín. Su clásica chaqueta negra de cuero brilla bajo la luz incandescente del sol.
Me volteo en seco.
–¿Qué es esto? –le pregunto a mi prima con los ojos entrecerrados. Una sonrisa inocente surca su rostro.
–¿Quién sabe? –dice distraídamente. Pongo los ojos en blanco.
–Amy… –advierto. –¿Acaso es la sorpresa de la que hablabas? –indago con cautela.
Su sonrisa se ensancha aún más. Un notable sí.
–Pero… ¿por qué dijiste que también sería un obsequio para ti?
–Solo ve y diviértete, ¿sí? –me pide. –Yo estaré con mis amigos y tú con los tuyos.
Con los tuyos. Parpadeé ante esas extrañas palabras.
–Pero ellos… ellos no son…
–Cassie, confía en mí, ¿puedes? –me observaba con una sonrisa ladina. –Te he visto con ellos… con Evelyn –agrega el último nombre con cierta cautela que me desconcierta un poco. –Es la primera vez que te vi tan… tú misma con otras personas, y quiero volver a verte de esa forma –posa su mano en mi hombro por unos segundos para darle un apretón cariñoso. –Ese es mi obsequio.
Me la quedo mirando como si fuera un extraterrestre. Toda esta situación parecía tan… irreal. Yo misma sabía que actuaba de diferente manera, de una forma más real, el poco tiempo que pasaba con Evelyn y los demás; incluso con Emma y sus amigos en el instituto. Pero lo que me sorprendía aún más era que Amy lo hubiera notado.
Una calidez llenó mi pecho y me embriagaron las ganas de abrazarla, pero estaba muy consciente de las miradas interesadas de sus amigos a lo lejos. No quería que presenciaran un acto tan privado, por lo que me aclaré la garganta y le regalé una de mis sonrisas más sinceras.
–Gracias, de verdad.
Me guiñó el ojo con complicidad y en ese momento hicieron su aparición Evelyn y sus colegas junto con Emma y sus dos amigos. Vaya, en verdad habían venido todos.
Nos saludan a ambas y le dan los buenos deseos a Amy por su cumpleaños, además de un Bienvenida a la adultez a modo de broma por parte de Noah.
Mi prima presenta a sus amigos, quienes hasta ese momento se encontraban completamente ajenos a nosotros. Noto sus miradas curiosas hacia el grupo de desconocidos, e incluso una pizca de reconocimiento hacia Emma, Anahí y Alan.
–¿Les parece bien que nos encontremos en la entrada quince minutos antes de que cierre? –pregunta Amy a nadie en particular.
–Dalo por hecho –le asegura Emma al tiempo en que todos asentimos con la cabeza.
–Te devolveremos a tu prima sana y salva –le garantiza Evelyn a Amy al tiempo en que uno de sus brazos rodea mis hombros. Ese gesto repentino me deja petrificada en el lugar.
–Más les vale –pronuncia ella en simulada advertencia al tiempo en que comienza a alejarse en compañía de sus amigos. Se despide de mí con un gesto de mano y tardo varios segundos en reaccionar e imitarla.
Aún con el cálido y firme brazo de Evelyn sobre mí, me volteo al resto con una sonrisa tímida pero honesta en los labios.
–Nosotros también nos iremos –anuncia Emma, compartiendo una mirada con Alan y Anahí.
–¿A dónde? –me atrevo a preguntar con el ceño fruncido.
–¿Recuerdas el proyecto de Arte? –asiento con la cabeza en respuesta. Me enseña la mochila que cuelga en su espalda. –Trajimos lo necesario para continuarlo aquí para, ya sabes, tener un poco de inspiración –agrega, señalando su alrededor.
La verdad es que este era el lugar indicado para eso. Estaba segura de que si traía mi laptop y me sentaba en uno de los bancos a planear nuevas historias, mi mente rebalsaría de ideas gracias a las bellísimas vistas de todo tipo de vegetación, ríos, e incluso pequeñas cascadas.
–Eso suena muy divertido –ironizó Noah, revoleando los ojos. Emma le echa una mirada irritada y le da un puñetazo en el brazo. El moreno se frota la zona de dolor pero aun así ríe abiertamente.
–Ya saben dónde encontrarnos si necesitan una distracción –les dice Elijah con una relajada sonrisa en los labios.
–Gracias, El –pronuncia Emma amablemente. –Podrías aprender un poco de los modales de tu amigo –reprocha en dirección a Noah.
–Ve a hacer tu tarea, Niña Aplicada –la continuó provocando el moreno. Ella suelta un pesado suspiro frustrado y le enseña el dedo del medio para luego marcharse en dirección contraria a nosotros, no sin antes darle una última mirada difícil de descifrar a Elijah. Anahí y Alan la siguen por detrás, aun riendo por el intercambio de palabras entre Emma y Noah.
–No recordaba lo refrescante y renovador que es este lugar –menciona Scarlett al tiempo en que toma aire profundamente y lo deja salir en un suspiro.
En ese momento me percato de la ausencia de Harper, su hija, y no puedo evitar preguntarme quién la estaría cuidando en este momento. Su padre no podía ser, claro; no luego de lo que Emma me había dicho acerca de él y de su huida en cuanto supo la verdad.
–Deberíamos venir más seguido –sugiere Evelyn, dando una vuelta sobre sí misma para observar su alrededor. Para ese entonces, su brazo había dejado de rodear mis hombros, dejándome un extraño y amargo vacío.
–¿Y gastar dinero cada vez que entremos? No, gracias. Prefiero pasar la tarde en un parque en donde no me cobren por mi presencia –señala Noah con las cejas enarcadas.
Ante la sutil mención del dinero, me percato de otra cosa: era la segunda vez en todo este tiempo que los seis nos encontrábamos a solas. La primera vez había sido en el callejón, por supuesto, y no podía evitar sentir cierta incomodidad ante lo bizarro de la situación. Ahora se veían como personas completamente diferentes, tal como en el bar la noche del sábado.
De alguna forma, esta nueva versión me… agradaba.
Creo que eso es lo que más incómoda me hacía sentir: el hecho de que me agradara un grupo entero de personas con las que no había interactuado en mi vida. ¿Quién lo diría?
–Pero el Niño Rico puede pagarnos, ¿no es así? –inquiere Evelyn con un tono de diversión al tiempo en que posa una mano sobre el ancho hombro de Ezra. Éste le da una mirada despreciativa de lado y mueve su hombro para apartar la mano.
–Qué gracioso. Mira cómo me río –le dice en un tono neutro y con la expresión más seria que había visto. Oyendo las risas de Scarlett, Noah y Elijah, no pude resistirme y los imité por lo bajo.
–En fin –suelta Evelyn, dejando caer sus brazos a ambos lados de su cuerpo. –¿Qué tienen ganas de hacer?
–Caminar no me vendría mal –comenta Scarlett, colocando sus manos a ambos lados de su cintura.
Su cuerpo era casi tan robusto como el de Amy, pero al igual que mi prima, sabía a la perfección cómo hacer que sus curvas se vieran impresionantes y atractivas. El vestido corto por las rodillas con estampado de margaritas que se acentuaba a su figura era el claro ejemplo, con una chaqueta azul de jean que contrastaba con lo blanco del atuendo. Su largo cabello azul marino le añadía ese toque resplandeciente.
–Pues caminaremos, entonces –decide Elijah con un encogimiento de hombros al tiempo en que empieza a avanzar por el camino rocoso. Todos compartimos una última mirada antes de seguirlo, adentrándonos en lo profundo de la naturaleza.
–Cuéntanos, Cassidy –dice de repente Scarlett con un tono amable al tiempo en que se posiciona a mi lado. –¿Así que tu prima y tú son muy cercanas?
–S-sí –me aclaro la garganta al oírme tartamudear. –Gran parte del año vivo en su casa.
–¿Y eso? –pregunta Noah, sin molestarse en ocultar su curiosidad.
Por alguna razón inexplicable, mis ojos viajan a Evelyn. Ella me observaba con calma, y con un gesto apenas perceptible solo para mí, me indicó que prosiguiera, como si me asegurara que podía confiar en ellos para hablar de mi vida privada.
Y no estoy segura de por qué, pero elegí creerle.
–Mi padre… –elijo las palabras con cuidado. –Él trabaja en la Armada de los Estados Unidos, y muchas veces requieren de su presencia por varios meses.
Su carta ausente asoma a mi mente pero la aparto de un manotazo invisible. Ahora no es el momento.
–La Armada de los Estados Unidos –repite Elijah como saboreando las palabras. –Eso suena genial. ¿Qué puesto tiene?
–Capitán de Navío.
Ezra silba con asombro.
–Nada mal –reconoció con un respetuoso asentimiento de cabeza. –Debió de haberle costado mucho llegar hasta ese puesto.
Y vaya que si le costó. Estuvo entrenando toda su vida para ello, tal como su padre quería. Nunca llegué a tener tan en claro si era lo que él quería o si solo lo hizo para complacer a mi abuelo.
–Tardó unos… doce años en que lo nombraran como tal –explico con la mirada fija en los árboles que se extendían a nuestro alrededor.
–¡¿Doce años?! –exclama Noah. –Diablos, yo ya me hubiera rendido a los dos años.
No pude evitar reírme ante su comentario. Los demás me imitaron, hecho que me relajó.
–Por supuesto que sí. Por algo eres el más vago del grupo –le recuerda Evelyn con una sonrisa traviesa. Noah revolea los ojos y desvía la vista.
–Entonces… cuando él está ausente, ¿tus tíos te cuidan? –indaga Scarlett. Asiento en respuesta. Su sonrisa se ensancha, iluminando sus ojos verdes. –Vaya, qué lindo de su parte.
–Vivimos en la misma calle, así que… somos bastante unidos –digo con un encogimiento de hombros.
–Aun así, es lindo saber que tienes el apoyo de familiares que no sean tus padres –comenta Scarlett con una sonrisa ladina.
Pues sí, sí que lo era. No sé qué haría si no tuviera a mis tíos o a Amy. Creo que incluso pasaba más tiempo con ellos que con mi propio padre (y ni hablar de mi madre, claro).
–¿Ustedes…?
Scarlett suelta una sonrisa amarga y niega con la cabeza.
–No, nosotros no tenemos eso –afirma con desdén. Sentí un nudo en mi garganta al oír sus palabras tan vacías.
–Pero nos tenemos los unos a los otros –se apresura a añadir Evelyn.
–Qué suerte la mía –murmura Noah con sarcasmo, y la morena se adelanta para golpearle la gorra y lanzársela al suelo. Éste refunfuña entre dientes mientras la recoge y se la vuelve a poner sobre su cabeza.
–¿Y tu madre?
La repentina pregunta de Elijah me hace voltearme hacia él ya que caminaba detrás de mí. Creo que mi expresión de confusión y aturdimiento me delató ya que levantó una mano en señal de disculpa.
–Lo siento, no me quise entrometer –se apresura a decir con una tímida sonrisa.
–Mi radar de familias disfuncionales está palpitando en estos momentos –acota Ezra con una ceja pelirroja enarcada en mi dirección. Mis mejillas se sonrojan.
–Bueno… –comienzo a decir, pero me veo interrumpida cuando una mano cálida se posa sobre mi hombro.
–No te preocupes, cariño –me dice Scarlett con un tono dulce que me recuerda a mi tía, o a una figura materna. –Nosotros también lidiamos con ese tipo de problemas –aclara, mirándolos a todos. –Y ahora estás con nosotros. Si quieres hablarlo, te escucharemos, y si no quieres, te distraeremos. Es lo que hacemos para sobrellevar la situación de cada uno.
Parpadeé ante sus palabras como si estuviera flotando en un espacio infinito. ¿Acaso… acaso me estaban considerando uno de los suyos?
¿Acaso… acaso me agradaba aquello?
–Exacto –concuerda Elijah. –Con nosotros no tendrás de qué preocuparte. Puedes desahogarte en cualquier momento.
Percibo por el rabillo del ojo cómo Evelyn le sonríe a modo de agradecimiento.
–Oigan, ¿soy el único que tiene hambre?
El repentino cambio de tema de Noah hace que todos riamos y nos mostráramos de acuerdo. Después de todo, era hora del almuerzo, e incluso un poco más tarde.
Nos encaminamos hacia uno de los restaurantes de comida japonesa del lugar, y quedo detrás del todo caminando junto a Evelyn, quien me sonríe con calidez cuando nuestras miradas se encuentran.
–Espero que no te importen nuestras tonterías –me dice, señalando con el mentón a sus colegas avanzando algunos pasos delante de nosotras. –Aunque no lo creas, los cinco somos mayores de edad.
Río ante su comentario.
–Creo que prefiero esto antes que la seriedad –admito con cierta desconfianza. La sonrisa de Evelyn se ensancha aún más.
–Yo también –admite.
Pasamos junto a un arbusto espeso que contaba con alguna que otra flor rosada, dando a entender que aún no estaba listo para florecer del todo en esta época del año. Percibo a Evelyn inclinándose hacia el mismo y arrancando con rapidez una de las flores.
–¡¿Qué haces?! –exclamo por lo bajo con los ojos bien abiertos. –Eso está prohibido –le recuerdo, mirando a ambos lados como si de repente un empleado del jardín nos estuviera observando con mala cara.
–Tranquila, Chica Disculpas, no es para tanto –dice la morena, riendo.
Se acerca a mí hasta que quedamos frente a frente. La observo con el ceño fruncido mientras estira sus manos para acercar la flor hasta mi rodete desprolijo. Pese a que no puedo verlo, noto cómo su dedos trabajan con habilidad para enroscar el tallo de la flor en mi cabello. Una vez que pareció terminar, se alejó un paso para apreciar su trabajo.
–Nada mal –reconoció con una sonrisa divertida. Ante su mirada profunda sobre mí, mis mejillas se encienden con intensidad y desvío la vista, aunque mis labios me traicionan y se curvan hacia arriba. –Esa expresión me gusta más –murmura con un guiño de ojo al tiempo en que retoma el camino hacia sus amigos.
A mí me toma varios segundos avanzar tras ella. Su gesto me había tomado desprevenida y definitivamente no se iría de mi cabeza en mucho tiempo.
…………………
No era la primera vez que comía algo allí, por lo que sabía exactamente qué pedirme: ramen, una sopa de fideos, carne, trozos de huevo y algunos que otros vegetales, generando una combinación exquisita para mi paladar.
El mediodía fue transcurriendo, y cuando me quise dar cuenta, habíamos pasado una hora entera sentados en una de las mesas exteriores del restaurante conversando sobre temas triviales. Además, ellos eran un show que podría apreciar por horas. La manera en que se bromeaban unos a otros y sabían exactamente qué decir para sacarse de quicio era realmente entretenido. Me sentía cómoda y para nada invisible, incluso no hablando tanto como ellos. Era una sensación de la que no quería despegarme, algo verdaderamente agradable que jamás imaginé que experimentaría.
Una vez que abandonamos el restaurante, comenzamos a caminar sin un rumbo en particular. Terminamos llegando hasta el Puente Zigzag. Se llamaba de esa manera debido a que, efectivamente, tenía forma de zigzag y cruzaba un pequeño río de aguas cristalinas por las que se podían apreciar los peces koi nadando debajo de nuestros pies. Era algo verdaderamente hermoso a la vista.
Aprovechamos que no había nadie detrás nuestro y nos detuvimos en un extremo del puente para observar con más atención los frondosos árboles cuyas hojas se mecían al ritmo de la brisa.
–Mira esto –el suave susurro de Evelyn en mi oído me estremece la piel y tardo varios segundos en reaccionar y mirar en su dirección. Se acerca a Noah y le sonríe inocentemente. –Lindas vistas, ¿verdad? –le dice, posando una mano sobre su hombro.
Él, siendo casi diez centímetros más alto que ella, baja la mirada y la mira con cierta cautela. Sus ojos oscuros se encuentran entrecerrados.
–Sí… –pronuncia no muy convencido. Evelyn le sonríe aún más ampliamente. –¿Te encuentras bien?
–Sí, tonto, ¿por qué lo preguntas? –bufa la morena y le señala un punto en el río frente a ellos. –¿Has visto a ese pez?
Él miró en la dirección en la que le señalaba su amiga, y de un segundo a otro, la muchacha golpea la gorra de su colega haciendo que esta diera una voltereta en el aire y callera de lleno en el agua. Todos estallamos en carcajadas ruidosas exceptuando por Noah, cuyos ojos irradiaban rabia en dirección a Evelyn.
–Con que te crees graciosa, ¿eh? –inquirió. –Ahora te toca ir a buscarla.
Estuvo a punto de empujarla por el hombro, pero ella lo esquivó con suma destreza, apartándose del extremo del puente y del alcance de su amigo.
–Si sigues tardando así, se te va a escapar –aclara la morena, señalando la gorra que ya comenzaba a alejarse con la corriente.
Noah maldijo sin preocuparse porque los demás lo oyeran y le hizo una seña a Ezra para que lo ayudara. El pelirrojo lo tomó del brazo y Noah estiró su pierna hacia el agua en dirección a su gorra, intentando atraparla con el pie.
–Sería una pena que Ezra te soltara… –bromea Elijah con diversión en los ojos.
–Cierra la boca, Relish –balbuceó el moreno, completamente concentrado en no perder el equilibrio y en recuperar su preciada adquisición.
Scarlett y yo nos encontrábamos a un lado intentando reprimir nuestras risas al observar cómo se desarrollaba la situación. Algunas personas que pasaban cerca de nosotros nos echaban miradas desaprobatorias, pero por primera vez, no me importó.
–Más a la derecha, imbécil –le indicó Ezra, perdiendo rápidamente la paciencia.
–Tu otra derecha –aclara Evelyn, frunciendo sus labios para ocultar su sonrisa.
–Tú cállate –le espetó Noah.
Finalmente, la gorra se enganchó en su zapatilla y Ezra tiró de él para que regresara ambos pies al puente. El moreno tomó su accesorio y lo sacudió en dirección a Evelyn, haciendo que gotas gruesas empaparan su chaqueta de cuero. Ella ni siquiera se movió, sino que río y le enseñó la lengua a modo de burla.
–¿Podemos continuar, por favor? No hacen más que hacerme pasar vergüenza en cada lugar al que vamos –se queja Ezra, alisando su camisa roja con rallas blancas verticales.
–Tú eres el que elije seguir con nosotros a pesar de todo –aclara Evelyn al tiempo en que golpea su hombro cuando pasa por su lado. El pelirrojo desvía la mirada y no pronuncia ninguna palabra; claramente, la morena tenía razón.
Continuamos avanzando hasta dejar atrás el Puente Zigzag. Nos detuvimos en unos bancos que se encontraban frente a una pequeña y delgada cascada que finalizaba en un lago amplio y repleto de más peces koi. Tomamos asiento allí y nos quedamos por varios minutos sin decir nada, tan sólo admirando las vistas que se extendían ante nosotros.
El sonido del agua que golpeaba las rocas al descender por la cascada era relajante y lograba apaciguar mi nerviosismo al estar con estas personas que poco a poco comenzaban a caerme demasiado bien.
–No me importaría tener una casa con estas vistas –dice Scarlett, rompiendo el silencio que se había instalado entre nosotros.
–No, gracias. Yo prefiero un apartamento en California.
El comentario de Evelyn despierta mi curiosidad. Me volteó hacia ella, quien se encuentra a mi derecha.
–¿California?
–Así es –me responde con una sonrisa soñadora. –Mi mayor deseo es poder vivir en Los Ángeles y que descubran nuestra música –explica, señalando a sus colegas.
—Nuestro deseo –corrige Elijah con una sonrisa ladina. Evelyn asiente para mostrarse de acuerdo.
–¿Todos quieren ir allí? –pregunto a nadie en particular.
Los demás asienten casi al unísono.
–Estamos trabajando duro para eso –comenta Noah con la vista fija en la cascada. –Nos dimos cuenta de que no bastaba con promocionarnos en Portland. Necesitamos la atención de los californianos. Ya sabes, ellos tienen Hollywood y todo eso.
Inevitablemente, enarco las cejas en sorpresa.
–En verdad quieren ser una banda –hago una pausa y luego agrego apresuradamente: –Es decir, una banda reconocida mundialmente.
–Queremos que nuestras canciones lleguen a la mayor cantidad de personas posibles –aclara Evelyn, recordándome la corta conversación que tuvimos en el bar acerca de su música y de lo que significaba para ellos. –Queremos brindar nuestro apoyo a todos los que están pasando por algo parecido a nosotros.
–Eso suena… hermoso –admito, sin poder evitar que mis mejillas se sonrojen al sentir la mirada de todos sobre mí. –Ojalá puedan lograrlo.
Evelyn me regala una cálida sonrisa a modo de agradecimiento.
–¿Qué hay de ti, Cassidy? ¿Alguna vez pensaste en formar parte de una banda? –pregunta Noah repentinamente. Descansaba su codo en una de sus rodillas flexionadas sobre el banco.
–N-no, eso definitivamente no es lo mío –me apresuro a decir, riendo nerviosamente.
–¿No creciste en un ámbito musical? –pregunta Elijah.
–La verdad es que no –admito luego de dar un repaso mental a mis pocos familiares.
–Tampoco nosotros –reconoce Noah. –Por raro que parezca, no lo heredamos de nadie.
–Somos los primeros músicos en muchas generaciones –bromea Scarlett. Los demás reímos y sus colegas asienten con la cabeza, mostrándose de acuerdo.
La tarde sigue transcurriendo y nosotros continuamos nuestro recorrido. Nos detenemos en algunos miradores que nos otorgan una amplia vista hacia la totalidad del jardín, y en algunas tiendas de accesorios japoneses en los que Noah y Elijah se la pasan probándose cosas y modelando cómicamente para el resto.
Por un momento había olvidado completamente que yo era la menor del grupo. Todos lucíamos de la misma edad: un grupo de adolescentes haciendo tonterías. ¿Quién diría que en algún momento yo sería parte de algo así? Moría de ganas porque estos momentos duraran para siempre, que ese sentimiento de aislamiento y de no pertenecer a ningún sitio jamás reapareciera.
A las cinco menos veinte, faltando cinco minutos para reencontrarnos en la entrada del Jardín Japonés, comenzamos a dirigirnos hasta allí.
–Este sábado volveremos a tocar en otro bar –me comenta Evelyn. –¿Te gustaría venir a vernos otra vez?
No puedo reprimir la sonrisa que se forma en mis labios.
–Supongo –digo por lo bajo, intentando en vano ocultar la felicidad que comenzaba a aflorar en mi pecho.
–¿Te llevas bien con las cámaras? –me pregunta Scarlett. –Podrías ser la encargada de grabarnos para luego subir los videos en nuestras redes sociales –hace una pausa para luego agregar rápidamente: –Si te gustaría, claro.
Ni siquiera lo pienso dos veces.
–Sí, me encantaría –respondo con un asentimiento de cabeza.
Noto que una mano aprieta mi hombro en un gesto de agradecimiento, y cuando me volteo a un lado me encuentro con los resplandecientes ojos de Evelyn. Reprimo una sonrisa y desvío la mirada hacia el suelo.
Cuando llegamos a la entrada, Emma, Alan y Anahí ya se encontraban allí.
–Hey –nos saluda Emma en cuanto los alcanzamos. –¿Ya hicieron alguna de sus travesuras?
En respuesta, Noah señala la gorra aún húmeda que ahora cuelga de su pantalón. La morena y sus dos compañeros ríen ante la expresión irritada del muchacho.
–No es gracioso –se queja.
–Sí lo es, Noah, sí lo es –le asegura Scarlett.
–Aunque habría sido aún mejor si te hubieras caído a la laguna intentando alcanzarla –comenta Elijah distraídamente. El moreno bufa y le golpea el antebrazo con su mano cerrada en un puño.
–Linda flor –el cumplido por parte de Anahí tarda unos segundos en tomar sentido en mi cabeza para hacerme entender que se refería a mí. Por instinto, me sonrojo.
–Gracias –pronuncio por lo bajo, sin mirarla a los ojos. Sin querer me encuentro con la mirada de Evelyn, y ésta me guiña un ojo. –¿Mi prima aún no llega? –me apresuro a preguntar para cambiar de tema.
–No la hemos visto todavía –me responde Anahí con un encogimiento de hombros.
–¿No es ella? –dice Alan de repente, y me volteo en la dirección que él señala.
Efectivamente, Amy se acercaba a nosotros seguida por su grupo de amigos, pero lo que me tomó varios segundos procesar fue la imagen que se estaba formando frente a mí: mi prima y Alekei tomados de la mano.
–Vaya –la palabra escapa de mis labios sin siquiera darme tiempo a procesarlo.
–¿No lo sabías? Él fue el que le escribió la carta para San Valentín –me cuenta Anahí con voz alegre.
Frunzo el ceño y me obligo a dejar de mirarlos.
–¿Cómo lo sabes?
–Él mismo me dijo que se la diera.
Claro, había olvidado que ella había sido la que le entregó la carta a mi prima.
–Olvidé por completo que hoy era San Valentín –admite Noah, pasando una mano por sus espesas rastas morochas.
–¿Qué? ¿Acaso tienes a algún Valentín o Valentina del que no nos hayas hablado? –inquiere Evelyn con la curiosidad danzando en sus ojos miel.
–Qué graciosa estás hoy, Evelyn –ironiza el moreno con irritación.
–Hey –nos saluda mi prima en cuanto nos alcanza. Noto sus mejillas sonrojadas en cuanto se encuentra con mi mirada.
–Hacen muy linda pareja –les dice Anahí sin rodeos. Alekei le sonríe en agradecimiento mientras que las mejillas de mi prima se encienden aún más.
Las dos amigas de Amy comienzan a hablar acerca de lo afortunada que es por encontrar a alguien especial en el día de San Valentín, y se da comienzo a un debate acerca de cuán importante o no es eso. Yo dejo de prestar atención a los pocos minutos debido a que no captan mi interés en lo más mínimo. Aún seguía demasiado emocionada por el hecho de que quizás por primera vez tuviera personas a las que podría llamar amigos, o al menos algo parecido.
Era algo tan difícil de creer, pero me estaba pasando. A mí.
–¿Te veré el sábado, entonces? –la voz de Evelyn me regresa al presente de un tirón. Parpadeo para salir de un trance y asiento con la cabeza en respuesta. –Cuento contigo, Chica Disculpas. Espero que no me defraudes –agrega con una cálida sonrisa en sus gruesos labios.
–No lo tengo en mis planes.
Procedemos a salir del establecimiento y nos encaminamos sin más rodeos al estacionamiento. Antes de que cada uno se separara a su respectivo vehículo, nos aseguramos de despedirnos. No puedo pasar por alto el apasionado beso entre mi prima y quien parece ser su nueva pareja.
Mientras me dirijo a mi camioneta seguida por Amy, noto por el rabillo del ojo a Evelyn y sus colegas subiéndose a sus respectivas motocicletas mientras que Emma y sus dos compañeros escogen a sus respectivos choferes debido a que no tienen otra forma de traslado. Me sorprende que las motocicletas sean las mismas que había visto cuando llegamos y que automáticamente me recordaron a ellos.
Me obligo a apartar la vista y a entrar en mi vehículo. Una vez aisladas allí dentro, mi prima deja escapar un suspiro al tiempo en que una sonrisa asoma a sus labios.
–No puedo creer lo bien que salió todo –admitió con la vista al frente.
No me molesto en responderle. Simplemente sonrío mientras enciendo el motor de la camioneta.
–Es lo mínimo que te mereces –le digo, abrochando mi cinturón de seguridad. Ella me imita.
–Eres la mejor prima del mundo, ¿lo sabías?
–Por supuesto que sí –digo a modo de broma. Ella ríe y se relaja en su asiento al tiempo en que salimos del estacionamiento.
Mientras andábamos por la carretera rodeada de árboles de regreso a casa, dejé que mi mente repasara todo lo que había sucedido en el día.
Por un momento, pensé que todo estaría bien, que por fin había logrado hallar lo que siempre estuve buscando; en especial luego de que el resto de la semana transcurriera con sorprendente calma y que el sábado por la noche volviera a salir con Amy para cumplir con la promesa que le hice a Evelyn.
Todo había salido bien, demasiado bien.
Hasta que llegó el veinte de febrero, y la última oportunidad de que mi padre se encontrara bien en su trabajo se desvaneció frente a mis ojos.