Encuentra tu voz

allpaleer

Capítulo 8

Era martes y había amanecido completamente inquieta, preocupada y estresada. Había tenido un sueño horrible en el que veía con mis propios ojos a mi hermano. Eso no era lo malo, por supuesto, sino cómo se veía él: lucía enfadado, muy enfadado. Se acercó a mí dando grandes zancadas y comenzó a gritarme y a regañarme. Por alguna razón, no podía descifrar sus palabras, como si estuviera hablando en un idioma completamente desconocido para mí; pero en el fondo sabía que me estaba echando la culpa por algo, algo que no llegaba a comprender.

                Me desperté en el instante en que me tomó por los hombros y me sacudió como si quisiera espabilarme. Mi corazón latía a toda prisa y sentía mi garganta seca. Artemis pareció sentir mi abrupto despertar ya que gimió por lo bajo y acercó su hocico a mi rostro para olfatearlo. Me senté en la cama intentando calmar mi respiración, y me centré en acariciar su suave y largo pelaje.

                Cuando llegamos junto a mi camioneta con Amy, me detuve en la puerta del conductor y observé fijamente el buzón de mi casa como si pudiera ver a través del metal hasta el interior. No me atrevía a acortar la distancia y abrirlo con mis propias manos; tuve la estúpida ilusión de que quizás podría evadir la realidad que estaba comenzando a cernirse sobre mí.

                Luego de un lento y abrumador día de escuela con dos exámenes y varias horas de preparación para los proyectos que estaban por venir, aún sentía ese malestar que el sueño me había dejado, como si no pudiera ser del todo yo.

                Al regresar a casa y estacionar el vehículo en el garaje de mi casa, apago el motor y mi prima suspira de alivio y abre la puerta para salir.

                Antes de volver a cerrarla, se percata de que yo aún continúo en el interior, aferrada al volante como si pudiera salvarme de la caída que estaba a punto de tener.

                –¿Cassie?

                No me atrevo a separar la vista del tablero pese a que ni siquiera le estoy prestando atención. Simplemente no puedo. Las manos me sudan y en cualquier momento se resbalarán y caerán sobre mi regazo.

                –¿Estás-?

                –Estoy bien –logro formular, pero suena demasiado cortante y vacío, como si fueran palabras de relleno. –Ve. Ahora te alcanzo.

                –¿Segura? ¿Necesitas algo?

                –No, no, ve –balbuceo, frotándome los ojos.

                Por el rabillo del ojo percibo que asiente con la cabeza para nada convencida y cierra la puerta con cuidado. A medida que se aleja hasta su casa, cada tantos pasos se voltea para echarme un vistazo. Yo aún continúo en el interior de la camioneta, replanteándome lo que estoy a punto de enfrentar.

                Tomando aire profundamente y reteniéndolo hasta que mis pulmones piden oxígeno a los gritos, salgo al exterior. El viento invernal se cuela por mi abrigo y me estremece de pies a cabeza; o quizás son los nervios, no lo tengo muy claro.

                Sin molestarme en comprobar hasta dónde llegó Amy, me encamino hacia el buzón. Lo único que oigo son mis pasos sobre el césped húmedo y algún que otro vehículo pasando a la distancia.

                Me detengo frente a la caja de metal que ahora parece lo más importante de mi vida, lo que me separa de enfrentar esa cruel y fría realidad que creí que jamás llegaría.

                Con manos temblorosas, lo abro. El material se siente frío contra las yemas de mis dedos. En el interior alcanzo a distinguir tres sobres.

                Pero incluso antes de tomarlos y revisarlos uno por uno, ya sé que ninguno de ellos es de él.

                Una punzada en el pecho me hace soltar los papeles y sostenerme del buzón para no perder el equilibrio. Un dolor agudo inunda mi cabeza y siento cómo mi respiración comienza a fallar.

                ¿Papá…?

                No, él no puede…

                Mis ojos viajan a la vacía casa frente a mí, extendiéndose hacia el cielo como un gigante que está a punto de aplastarme.

                Siento como si un amplio y profundo agujero se abre bajo mis pies y no me queda otra opción más que dejarme caer.

                Pero no estoy cayendo; sin siquiera darme cuenta, avanzo a paso firme hacia la camioneta. De forma automática, abro la cajonera y saco un juego de llaves que me resultan muy familiares y al mismo tiempo todo lo contrario. El frío de las mismas hiela mi piel hasta quemarla, pero lo ignoro y cierro la puerta con un estruendo.

                Oigo mi nombre pero no me volteo. Subo las escaleras del porche y abro la puerta de la que alguna vez llegué a considerar mi casa, mi hogar. Cuando logro acceder, el vacío del interior me golpea como un puñetazo al rostro. Me doy cuenta demasiado tarde de que mis mejillas están repletas de lágrimas, pero estoy demasiado alterada como para detenerme y llorar. Necesito… necesito…

                Dejo la puerta abierta porque sé que aunque la cierre, encontrarán la forma de abrirla. No soy la única que tiene un juego de llaves para esta casa. En vez de eso, subo a la primera planta, tropezándome con cada escalón como si ellos mismos me estuvieran prohibiendo el paso. Me golpeo las piernas y los brazos pero no me importa; tengo que llegar arriba.

                Cuando lo hago, oigo mi nombre una vez más, esta vez de forma más temblorosa y alarmante. Proviene desde los pies de las escaleras, por lo que no me detengo y avanzo por ese oscuro pasillo, intentando ignorar el aroma a humedad y abandono.

                Alcanzo una puerta en específico y entro a los empujones. Caigo de rodillas al suelo al tropezarme y siseo entre dientes. Me trago el dolor y me apresuro a cerrar la puerta con la poca fuerza que me queda, y pongo el pestillo.

                En menos de cinco segundos, se oyen golpes y voces. Pertenecen a una sola persona, pero ahora que me encuentro a solas en la que solía ser mi habitación, mi cerebro procesa lo que acaba de pasar.

                O mejor dicho, lo que no pasó.

                Aún de rodillas en el suelo con la espalda contra la puerta, siento mis hombros subir y bajar a ritmos discontinuos y estrepitosos. Recién ahí me percato de los sollozos. Mi garganta se raspa con cada grito que escapa de mis labios, pero siento una repentina furia que amenaza con romperme pedazo a pedazo.

                Le obligo a mi cuerpo a ponerse de pie, y sin poder soportar tanta quietud, tanto orden, me acerco a mi antiguo escritorio. Ni siquiera alcanzo a procesar todo lo que se encontraba en la superficie del mismo; de un segundo a otro, todo se encuentra desparramado en el suelo. Algunos frascos de porcelana se rompen, hojas de papel crujen entre mis dedos, cuadernos se estrellan contra las paredes, y mi nombre se sigue repitiendo una y otra vez.

                Pero luego ya no lo oigo. Mi mente se llena de voces desconocidas y aturdidoras.

                <<Tu padre no está bien>>.

                <<Tu padre está muerto>>.

                <<No te respondió y jamás lo hará>>.

                <<Otra vez estás sola, solo que esta vez será para siempre>>.

                Grito con toda la fuerza de mis pulmones para callarlas pero es imposible. Están dentro de mi cabeza, no hay forma de sacarlas, de hacer que se callen. Jalo mi cabello, deshaciendo el rodete. Me froto el rostro con fuerza.

                Pero nada sirve.

                Me acerco a la mesilla de luz y hago desaparecer la lámpara de un puñetazo, provocando que se estrelle contra el suelo.

                Mis ojos se posan en una foto que descansa en un portarretrato. Con manos temblorosas, lastimadas y sudadas, lo tomo.

                Me da asco. Esa imagen me da asco. Mis padres sonríen, mi hermano sonríe, yo sonrío…

                <<Otra vez estás sola>>.

                No puedo respirar. Dejo caer el portarretrato sin importar el estruendo que hace el cristal cuando alcanza el suelo. Y por más que ahora la foto se encuentre dada vuelta y ya no pueda verla, mi mente la reproduce para torturarme aún más.

                –Kyle –susurro entre sollozos mientras me cubro el rostro con ambas manos y aprieto mis ojos con fuerza. –Kyle, no me puedes hacer esto.

                Nada. El silencio es insoportable, ensordecedor.

                –¡Kyle! –el grito se escapa de mis labios. Aparto las manos y me vuelvo a acercar al escritorio para golpear la superficie con mis puños. –¡Kyle, maldita sea! ¡No puedes hacerme esto!

                Contéstame, por favor.

                –¡Él no se lo merece! ¡Yo no me lo merezco!

                Tú no te lo merecías.

                –¡No puedes quitármelo! ¡Él es mío! ¡Su lugar está aquí conmigo!

                Llévame a mí también, no me dejes.

                Otro sollozo desgarra mi garganta y ya no puedo soportar mi propio peso. Golpeo el escritorio una vez más y me dejo caer a un lado, haciéndome un ovillo en el suelo. Llevo mis rodillas al pecho agitado e inspiro bocanadas de aire, sin conseguir del todo que el oxígeno llegue a mis pulmones.

                –Por favor, por favor, no me dejen aquí… –susurro con los ojos cerrados.

                La falta de aire acelera aún más mi corazón y me reincorporo a toda prisa. De repente me percato de cuánto me duele no poder respirar, y entro en pánico.

                ¿Qué estoy haciendo? ¿Qué está pasando?

                Llevo mis manos al pecho, a la garganta, a mi estómago, pero es inútil. No puedo, yo sola no puedo.

                –¿Cassidy?

                Dejo de inhalar por unos segundos. El silencio me abruma. ¿Acaso me lo imaginé?

                –Cassidy, soy Eve. ¿Estás ahí?

                Me quedo mirando la puerta como si fuera un fantasma. Mis pulmones ceden solo un poco y siento que mi vista se aclara.

                –Hey, está bien, no vengo a lastimarte ni a molestarte –una larga pausa y luego agrega: –Solo quiero… verte.

                Humedezco mis secos y agrietados labios. Mi pulso está tan acelerado que todo mi cuerpo tiembla y no encuentro la forma de detenerlo. Ni siquiera me veo capaz de pronunciar palabra alguna, no ahora.

                –Déjame verte, ¿sí? No tenemos que hablar. No tenemos que hacer nada.

                Vacilo y me sorprendo al verme vacilar. Pero no me muevo de mi lugar en el suelo.

                –Por favor…

                Y dejo de vacilar. Me arrastro como puedo hasta la puerta y estiro un brazo hasta el pestillo. Lo destrabo. En un abrir y cerrar de ojos, me deslizo hasta que mi espalda alcanza el extremo de mi cama. Llevo mis rodillas al pecho e intento centrarme en mi desastrosa respiración sin atreverme a mirar la puerta.

                Al principio nadie la abre. Se oye una especie de murmullo, pero mis ruidosas inhalaciones no me permiten distinguir las palabras.

                Y de repente oigo un chirrido, seguido de una traba.

                Unos borcegos bordó con tachuelas plateadas entran en mi campo de visión.

                Hasta que la persona frente a mí se acuclilla y unos resplandecientes ojos miel encuentran los míos.

                Ninguna de las dos dice nada, y me doy cuenta de que en realidad no es necesario. Tal como aquella primera vez, toma una de mis manos y la lleva a su pecho mientras con la otra presiona mi otra mano en el mío.

                –Ya sabes que hacer –me susurra con una sonrisa ladina.

                Trago grueso con la poca saliva que me queda y comienzo a imitar sus inhalaciones y exhalaciones.

                No tengo idea de cuántos minutos pasan, pero luego de un largo rato siento cómo mi organismo comienza a funcionar con normalidad. Cuando me quiero dar cuenta, me encuentro observando el desastre del suelo de mi habitación con Evelyn Moore sentada a mi lado en mi misma posición y en completo silencio.

                Hasta que inevitablemente se interrumpe; solo que no esperaba que fuera yo la que lo hiciera:

                –¿Qué haces aquí? –mi voz suena rota y vacía, al igual que esta maldita casa.

                –Amy me llamó –admitió con cierta cautela. Ambas teníamos la vista fija al frente. –No quería alertar a tus tíos –agregó. Luego de otra pausa, dijo: –Estaba muy asustada. No sabe lo que te sucedió. Creo… creo que deberías decírselo.

                Comienzo a negar frenéticamente con la cabeza y mis ojos vuelven a llenarse de lágrimas.

                –N-no puedo –alcanzo a pronunciar.

                –¿Por qué?

                Porque en cuanto lo diga en voz alta, se hará realidad.

                Sin darme cuenta, estoy sollozando otra vez. Instintivamente cubro mi rostro con ambas manos y lo apoyo contra mis rodillas flexionadas.

                Evelyn no vuelve a hablar hasta que recupero un poco la compostura.

                –¿Alguien te hizo algo en el instituto?

                Niego con la cabeza.

                –¿De regreso a casa de Amy?

                Vuelvo a negar. Por el rabillo del ojo percibo cómo le echa un vistazo a la habitación, como si estuviera buscando pistas.

                –¿Esta es tu casa? –pregunta de repente. Lo primero que asoma a mi mente es un , pero ya no estoy segura. Ya no.

                Me encojo de hombros como única respuesta. Ella se toma unos momentos para asimilarlo. De repente endereza su postura.

                –Tiene que ver con tu padre.

                No era una pregunta. Al oír esa última palabra, todo mi cuerpo se estremece.

                –Oh, por Dios, Cassidy –se lleva una mano a la boca. –¿Él…?

                –Aún no lo sé –la interrumpo mientras me froto las sienes con los dedos y dejo escapar un suspiro pesado. Al principio titubeo un poco, pero de repente me oigo soltándolo todo: –Nos comunicamos a través de cartas escritas a mano. Recibo una suya cada quince días porque esas son las reglas allí, solo puede comunicarse con su familia dos veces al mes. Siempre me repetía que nunca me preocupara si no recibía su carta una o dos veces. Pero a la tercera…

                Y no puedo hablar más. Un nudo grueso cierra mi garganta.

                –¿Esta es la tercera vez consecutiva que no la recibes? –asiento en respuesta. –Bueno, quizás el cartero se atrasó o-

                –No –la interrumpo con demasiada firmeza. –Hay un límite de cinco días para repartir las cartas. Es una regla que todos los carteros tienen que cumplir cuando se trata de los soldados de las Fuerzas Armadas para que esto no suceda, para que los que aguardamos por ellas no comencemos a preocuparnos vanamente.

                –¿Pero cómo estás tan segura de que él la envió el día quince de este mes? Quizás por esta vez se atrasó un poco.

                Me quedo en silencio para asimilar sus palabras. Eso no sonaba como mi padre. Jamás en todos estos años se había atrasado al enviarme cartas. Él siempre aprovechaba ese pequeño tiempo que le daban para poder comunicarse con nosotros, conmigo. Algo estaba mal y podía sentirlo. Pero, ¿cómo explicarlo en voz alta?

                –¿Hay alguna forma de comunicarte con él por teléfono? –la oigo sugerir.

                –Tenemos prohibido llamarlos. Solo ellos pueden.

                Suspira algo afligida y un corto silencio vuelve a cernirse sobre nosotras hasta que vuelve a hablar:

                –¿Qué te dijo exactamente cuando te advirtió lo de la tercera carta ausente?

                Relamo mis labios y aprieto mis manos con fuerza sobre mi regazo para recordarme que estoy viva y que esto de veras está pasando.

                –Que le avisara a mis tíos por si acaso –mi respuesta es un murmullo apenas audible, pero Evelyn logra oírlo. –También dijo que jamás llegaríamos a ese extremo, y vaya que le creí –agrego con una risa amarga.

                –Mira, no sé nada de cómo funcionan las cosas en las Fuerzas Armadas, pero puedo asegurarte que no eres la única que ha pasado por algo así y que creyó algo que no era. Aún no sabemos si le pasó algo malo –intento que sus palabras me calmen, pero esa horrible sensación presiona mi pecho con más fuerza. –Debes avisarle a tus tíos. No puedes cargar con este peso tú sola.

                No puedo cargar con este peso yo sola. Vaya que no puedo; casi destruyo mi propia habitación.

                Quiero reírme para relajar un poco la tensión que siento sobre mí, pero lo que escapa de mis labios es otro sollozo. Me vuelvo a cubrir el rostro con las manos al tiempo en que Evelyn se reacomoda en su lugar.

                –Ven.

                Separo un poco mis manos y sorbo por la nariz mientras la observo con el ceño fruncido.

                –¿Qué?

                –Ven, recuéstate en el suelo y apóyate aquí –aclara y me señala su regazo. No puedo evitar quedármela mirando con completa confusión. –Si quieres, puedes recostar tu cabeza en el suelo y astillarte todo el rostro –agrega con un encogimiento de hombros.

                Suelto un entrecortado suspiro y dejo de pensar en lo que hago; simplemente lo hago y ya. Me recuesto en el suelo y con cuidado coloco un lado de mi cabeza sobre el regazo de Evelyn, mirando hacia el lado opuesto a ella.

                Al principio siento todos mis músculos rígidos de la tensión, pero cuando la morena comienza a entrelazar sus dedos en mi cabello para desenmarañarlo, poco a poco empiezo a relajarme.

                –¿Qué tipo de música sueles escuchar? –pregunta de repente de forma distraída.

                –No lo sé –admito, frunciendo la nariz ante mi desagradable voz gangosa. –De todo un poco, creo.

                –Tiene que haber algún género por el que tengas cierta preferencia –insiste.

                Me tomo unos largos segundos en pensar una respuesta. La verdad es que solo escucho música cuando estoy en la camioneta o cuando escribo: cuando estoy en la camioneta me adapto a lo que suene en la radio, que mayormente pasan canciones de pop, y cuando estoy escribiendo, escucho algún género que me genere lo que necesito transmitir a través de las palabras.

                –A este paso me quedaré dormida –se queja. Una ínfima risa se escapa de mis labios al mismo tiempo en que sorbo por la nariz. –A ver, déjame pensar –choca sus pies entre sí al ritmo de una melodía inexistente mientras piensa. –¿Conoces a Lukas Graham?

                Frunzo el ceño aunque ella no pueda ver mi expresión.

                –No sé si sorprenderme porque sí lo conozco o porque tú lo conoces.

                Su risa relajada envía una corriente eléctrica por mi columna.

                –Oye, tiene buena voz –se excusa.

                –Creí que te gustaba el rock

                —Amo el rock –me corrige. –¿Pero por eso no pueden gustarme otras canciones o artistas que no sean de ese género?

                Me quedo unos segundos en silencio al tiempo en que mis mejillas comienzan a encenderse con intensidad.

                –Tienes razón, lo siento –murmuro, mordiéndome el labio inferior.

                –Tranquila, estaba bromeando –aunque no pueda verla, noto una sonrisa en sus palabras. Continúa pasando sus dedos por mi largo cabello morocho mientras agrega: –En fin, el punto es que lo conoces, ¿verdad? –asiento en respuesta. –¿Te suena “7 years”?

                –Creo que la oí alguna que otra vez en la radio –digo sin mucha convicción. –¿Por qué? –me atrevo a preguntar.

                –Lo que más me gusta es la letra, por eso la recuerdo –me cuenta. –¿Le has prestado atención?

                –La verdad, no –confieso.

                –Pues ahora puedes hacerlo.

                Sin darme tiempo a preguntar, libera una de sus manos de mi cabello para golpear el suelo con sus nudillos en un ritmo particular que rápidamente me recuerda a la canción de la que hablamos.

                Y luego de unos veinte segundos en los que tarareaba una suave y aguda melodía, comienza a cantar, a pronunciar la letra como si fuera lo más importante del mundo.

                Y a medida que escucho y que identifico su significado, me doy cuenta de por qué le resultaría importante. Habla de cómo va creciendo una persona con esa idea en la cabeza de algún día ser recordado por la música que produce, pero que al mismo tiempo quiere tener una vida como los demás, una familia.

                La manera en que la canta eriza toda mi piel. En el último estribillo parece como si se hubiera olvidado completamente de que estaba en mi compañía. Había dejado de acariciarme el cabello, y cuando me volteo muy despacio para poder ver un poco de su rostro, me encuentro con sus ojos cerrados y sus labios pronunciando cada palabra con intensidad y profundidad, como si pudiera convertirlas en algo real.

                Mayormente utilizaba tonos graves, pero de vez en cuando debía agudizarlos debido a que esa canción lo necesitaba.

                Finalmente, llegó a la última estrofa y fue bajando la voz hasta que se fundió con el silencio de la habitación. Me di cuenta demasiado tarde de que aún continuaba mirándola como si fuera algo increíble y fuera de este mundo. Sus ojos se abrieron y se encontraron con los míos. Una sonrisa se extendió por sus labios.

                –¿Con esa mirada puedo suponer que te gustó?

                Me sonrojo al instante y me incorporo nuevamente al lado de Evelyn, asegurándome de que haya un leve espacio entre ambas.

                –Fue… increíble –admito, retorciéndome los dedos sobre mi regazo.

                –La mayoría de las estrofas me hacen sentir identificada. Creo que por eso se me hace más sencillo… cantarla sin necesidad de que un instrumento me acompañe –explica mirando distraídamente hacia el blanco techo, lo único de la habitación que no está hecho un desastre. –No recuerdo cuándo la escuché por primera vez, pero sí que me la enseñó un amigo cuando la escuchó en la radio una vez.

                Debido a la sonrisa melancólica que se dibuja en su rostro, me atrevo a decir:

                –¿Tu amigo al que se le ocurrió el nombre de la banda?

                Su sonrisa se extiende aún más, pero un brillo de tristeza y añoranza inunda sus ojos.

                –Sí, ese amigo –murmura más para sí misma que para mí.

                Otro silencio vuelve a instalarse entre nosotras, y siento la ausencia de la voz de Evelyn como un vacío en el pecho. Creo que podría escucharla cantar por horas y jamás cansarme, pero me obligo a mantener la boca cerrada.

                –Tienes que hablar con tus tíos, Cassidy. Y con tu prima también –habla de repente, y ambas nos miramos. –No tienes por qué cargar con esto tú sola. Quizás ellos puedan hacer algo más que tú no.

                Suspiro profundamente, disfrutando que los latidos de mi corazón funcionen con normalidad.

                –Lo sé –digo finalmente, desviando la mirada. –Gracias. Por todo.

                –Para eso están los amigos.

                Intento en vano ocultar una mueca de sorpresa al oír sus palabras. Ella parece notarlo ya que agrega:

                –Jamás había tenido tantos encuentros extraños con una misma persona. Después de todo por lo que pasamos, sería una imbécil si no dejara que seamos amigas, ¿verdad?

                Pese a todo lo que ronda por mi cabeza, sonrío. Vaya que sonrío.

                –Tienes razón.

                Ella imita mi expresión y de repente se pone de pie y me extiende una mano.

                –Vamos. Te ayudo a ordenar este desastre.

                –¿Qué? –espeto de manera automática. –No, no, ya has hecho suficiente. Yo puedo encargarme del resto –me apresuro a decir, negando con la cabeza.

                –Shhh, calla. Soy la mayor, yo decido.

                –¿Disculpa? –inquiero con una inevitable sonrisa.

                La morena revolea los ojos con una expresión traviesa en el rostro y toma la mano que dejé posada sobre mi regazo. La fuerza que ejerció para jalarme hacia arriba me toma desprevenida y no alcanzo a mantener el equilibrio, por lo que choco con su cuerpo y por instinto me sujeto de sus hombros para apartarme un poco.

                –Que yo soy la mayor y yo decido –repitió con diversión, haciendo que su cálido aliento rozara mi rostro.

                Me aparto con torpeza, sintiendo mis mejillas y cuello ardiendo. Intento evitar sus ojos curiosos sobre cada uno de mis movimientos y tomo el pequeño cesto de basura que se encuentra a un lado del escritorio para comenzar a recoger todo el desastre que ya no hay forma de arreglar. Recién me relajo cuando percibo por el rabillo del ojo cómo ella desvía su atención de mí y me imita en el lado opuesto de la habitación.

                Cuando mis ojos se encuentran con la foto boca abajo sobre el suelo, disimuladamente la piso con mi zapatilla y la arrastro hasta dejarla bajo la cama. No quiero volver a verla, no quiero que esos recuerdos me arruinen este momento.

                Una vez que colocamos todo en su lugar y tiramos lo que teníamos que tirar (que básicamente era la mayor parte de las cosas), yo sostengo la bolsa repleta de basura mientras que Evelyn posa una mano sobre el picaporte de la puerta. Antes de abrirla, se voltea hacia mí por unos segundos.

                –¿Prometes que se lo dirás?

                Titubeo pero finalmente asiento con la cabeza. Ella me sonríe en agradecimiento y ambas salimos de allí.

                Al descender las escaleras, pasamos por la sala de estar y visualizo a mi prima sentada en uno de los sofás. Se encontraba hablando por teléfono con alguien en un volumen apenas audible. En cuanto se percató de nuestra presencia, se despidió rápidamente de la persona que se encontraba al otro lado de la línea y se acercó a nosotras con sus ojos fijos en mí, observándome de arriba abajo varias veces con una expresión cargada de preocupación que no hizo más que estrujar mi corazón.

                –Qué alivio volver a verte –pronuncia con voz suave.

                –Lo siento –es lo único que se me ocurre decir. Después de todo, era la verdad.

                –No tienes por qué sentirlo –se apresura a decir. –Solo… cuéntame qué sucedió. Por favor.

                Asiento mientras dejo salir un suspiro algo tembloroso. El hecho de tener que volver a decirlo todo en voz alta hacía que los sentimientos negativos regresaran, pero ella se merecía saberlo, así como mis tíos. Ellos también eran la familia de mi padre. Debía recordar eso.

                –Las dejaré conversar tranquilas –dice de repente Evelyn, sonriéndonos a ambas.

                –Gracias por haber venido –le dice Amy con honestidad. –No quise alterarte al llamarte, pero-

                –No te preocupes, fue totalmente entendible –le asegura la morena, dándole un apretón amistoso en el hombro. –Será mejor que me vaya. Tengo que entrar al trabajo en un par de minutos –agrega, chequeando rápidamente su teléfono para luego volver a guardarlo en el bolsillo de su chaqueta de cuero. –Escríbanme si necesitan algo.

                –Gracias, Evelyn –le digo al tiempo en que ella comienza a dirigirse hacia la salida. Se voltea en mi dirección y me guiña un ojo.

                –Espero verte pronto, Chica Disculpas.

                Una vez a solas, Amy y yo nos quedamos mirándonos por unos largos segundos, analizándonos la una a la otra en completo silencio. La primera en romperlo con cautela es ella:

                –¿Qué pasa, Cassie?

                Tragando las lágrimas que amenazaban con volver a salir, me desplomé sobre el sofá con ella a mi lado y le conté todo.

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