Capitulo 1: Estela
Recuerdo la Navidad en que mi abuela me dio aquel juguete tan poco atractivo, sus ojos brillando con una ilusión que no entendía. Era un regalo de cuando la magia de Santa Claus aún engañaba las navidades. Ya no lo tengo completo, pero guardo una de sus piezas en un tablero de ajedrez para que nadie la pierda.
Ayer fue Nochebuena. Estuvimos mi hermana, mi mamá, mi papá y yo. Sólo nosotros cuatro, aferrados a la idea de la cena. La familia de mamá celebró por su cuenta de nuevo. Nadie dijo por qué no fuimos con la familia de papá, pero todos sabíamos por qué.
Mi mamá y mi hermana estaban en la cocina, preparando la cena con canciones navideñas de fondo. «Otra vez esa canción, qué bien», dijo mi papá mientras pasaba a mi lado, su voz con ese filo que apenas disimulaba la burla. Lo miré, pero no dije nada. Las luces y los regalos parecían arañarle la piel. La Navidad nunca le ha entusiasmado, pero esta vez estuvo más ausente que nunca. Mi hermana no se quedaba atrás. «¿Por qué está tan arreglada mi mamá si solo somos nosotros cuatro?», le preguntó a mi papá en la tarde. «Pregúntale a ella», contestó él.
Yo empecé a poner la mesa, buscando algo que hacer. Mantel largo, cuatro individuales, platos, cubiertos de plata. Doblé las servilletas como la abuela me enseñó una vez. Puse un jarrón de flores en el centro. “Silent Night, holy night…” decía la canción. Mi papá subió a su cuarto después de pasar por la sala, mirando el árbol como si fuera algo extraño. Bajó poco después, apenas cambiado: una chamarra vieja sobre su playera, el mismo pantalón de mezclilla y zapatos deportivos. Me dio rabia verlo tan desaliñado, mientras mi mamá llevaba ese vestido que gritaba un esfuerzo que nadie más hacía. Ella traía el pavo. Él se pasó por la cocina para bajar el volumen de la música. Después se sentó en la mesa a picar aceitunas. Yo tomé el asiento al otro extremo, lejos de él. Mi hermana llegó con la ensalada y la sopa, mi mamá con bacalao y vino. «¿Por qué le bajaste a la música?», le preguntó a mi papá. No respondió.
Comenzamos a comer. Mi mamá miraba los regalos bajo el árbol. Se movía el cabello cada cierto tiempo, apartándolo de su rostro. El reloj en la pared marcaba el tiempo con su tik-tak, un sonido que se metía entre el masticar de mi papá y el choque de los cubiertos. Mi hermana tosió fuertemente, un ruido que hizo eco. «¿Es necesario hacer esto?», dijo de pronto a mi papá con una mirada de hastío. Él solo rió, levantando las manos como si se rindiera a algo que no valía la pena explicar.
Mi mamá apartó la mirada de ellos, y me miró a mí. «Cuéntanos de tu trabajo, Santiago. ¿Sí te gusta?», me preguntó, intentando algo. «Sí…», murmuré, inútil, ¿por qué no dije nada más siendo tan consciente de todo? Mi hermana cortó el aire: «Te quedó seco el pavo». Vi cómo mi mamá apretó los labios. Suspiró, pero no dijo nada. Mi papá tomó otra aceituna. Mi hermana jugaba con su cuchara. El aire era denso. «¿Se acuerdan de las navidades con su abuela? –dijo de pronto mi mamá–. Siempre cantábamos villancicos, y aquella vez que juró que vimos el trineo de Santa y…». Mi papá la interrumpió dejando el tenedor en la mesa con un golpe seco. El sonido resonó. Me controlé con un suspiro, pero sentí un nudo en el pecho, como si la Navidad misma se estuviera deshaciendo. El silencio volvió, más pesado que antes. Vi el tablero de ajedrez en la esquina. Me perdí por un momento.
Me quedé con las palabras de mi madre. Recordé como la abuela llenaba la mesa con platos que nadie pedía, cómo reía fuerte mientras servía más de lo que podíamos comer. Su voz resonaba por la casa, mandándonos a buscar las servilletas o a abrir las ventanas para que entrara el aire fresco. Todo tenía un orden entonces, un ruido que no pesaba. Recordé sus regalos. «¡Es justo lo que quería!», le dije, con una sonrisa que escondía mi confusión por ese juguete tan raro. Es curioso como ahora, su fealdad hace brillar el recuerdo con más cariño.
Volví a la mesa con ese brillo en la mente, pero el rostro de todos era un hueco sin rastro de él. El tragar, los suspiros, la jarra rozando el vaso. Todo era ruido y nada a la vez. Mi papá tamborileó los dedos contra la mesa. Estaba terminando mi sopa cuando él mismo dejó el vaso con demasiada fuerza en la mesa, después murmuró algo que no logré escuchar. Lo miré fijamente, le sostuve la mirada cuando me volteó a ver. Su desinterés me aplastó. Me levanté de un impulso y subí el volumen de la música hasta que las paredes vibraron. «¿Por qué haces eso, Santiago?», dijo mi mamá, sus manos aferrando el borde de la mesa. Mi papá me clavó una mirada dura, sus ojos fríos y opacos, pero no dijo nada. Mi hermana se paró arrastrando la silla, arrancó la bocina de un tirón y salió a su cuarto, el cable azotando el suelo. El silencio cayó como plomo, cortando más que el ruido. Vi a mi mamá, sus dedos rozaban el vestido, un gesto lento, como si quisiera asegurarse de que seguía ahí, de que algo en esa noche aún era real. Era una pena silenciosa, un vacío que dolía.
Mi papá volvió a su plato ignorando todo. Tomó el tenedor y cortó un pedazo de pavo con lentitud, el metal raspando el plato. El tenedor chocó contra sus dientes, un chirrido que me atravesó, un filo que encendió algo en mi pecho. Sentí un calor subiendo, una rabia que ya no podía contener. De pronto, no pude más. Me lancé sobre la mesa, le arranqué el tenedor de la mano y lo estrellé contra el suelo. Los platos temblaron, el jarrón de flores se volcó. «¿Qué te pasa?», me gritó mi papá, poniéndose de pie tan rápido que su silla cayó hacia atrás. Me encaró, su rostro a centímetros del mío, los ojos encendidos, la respiración pesada. Levantó la mano, los dedos crispados, y yo apreté los ojos, esperando el golpe, el impacto que rompería todo. El tiempo se detuvo, un segundo que duró una eternidad.
Pero no hubo golpe. Su mano se posó en mi hombro. Su voz se quebró. Entonces lo vi: mi papá, rendido al llanto. Lágrimas gruesas rodaban por su rostro, algunas cayendo sobre el mantel. Mi mamá se tapó la boca con la mano, sus ojos brillando con lágrimas que luchaban por no escapar. Las paredes de la casa se cerraron sobre mí, el aire denso, insoportable, como si la Navidad misma se hubiera convertido en un puño apretado.
Salí al jardín, huyendo del peso de todo, de la cena, de los regalos que nadie abriría. Afuera, las casas vecinas estaban vivas: risas, copas chocando, niños gritando. En la nuestra vi el árbol, las luces centelleantes, pero todo era silencio. Vi a mi papá, hundido, llorando con la cabeza entre las manos. Quizás tenía razón en actuar así. La abuela se llevó algo de él, algo que estas cenas nunca van a traer de vuelta. No era capricho; su enojo era lo único que le quedaba para no ahogarse en lo que no hablaba.
Mi mamá salió al jardín poco después. Se puso a mi lado. Encendió un cigarrillo, y seguí con la mirada el humo que subía al cielo. Miré las nubes, las estrellas. Nos quedamos ahí, callados, mientras el frío se colaba entre los árboles y el eco de las risas vecinas se apagaba poco a poco. Pensé en cómo la abuela habría llenado ese silencio con una de sus historias, en cómo habría señalado al cielo buscando figuras en las nubes. «¿Recuerdas cuándo vimos el trineo de Santa?», dijo mi mamá de pronto, su voz rota. «¿Qué habrá sido en realidad?» «¿Cómo qué habrá sido? ¡Era Santa Claus…!», contestó, limpiándose una lágrima con el dorso de la mano. Sonreí, pero no dije nada más.
Al entrar, busqué la pieza del juguete en el tablero, y mientras la sostenía, pensé en aquella forma que dejaba su rastro de luz. Todavía podía verla, cruzando el cielo nocturno con la abuela riendo a mi lado.
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Muy bueno. Buena narración.